Ghost in the Shell (2017)

Tanto Ghost in the Shell: Vigilante del Futuro como el anime y el manga en que la película se basa son un misterio para mí.

por Alberto Villaescusa R.

(Ghost in the Shell: Vigilante del Futuro, Rupert Sanders, 2017)

Tanto Ghost in the Shell: Vigilante del Futuro como el anime y el manga en que la película se basa son un misterio para mí. El manga porque no lo he leído, el anime porque no lo he visto y la nueva película de Rupert Sanders porque es un desastre narrativo con una protagonista con la que es difícil simpatizar y una trama en la que es indescifrable quién quiere qué y por qué. Todo indicio de historia coherente se pierde entre crípticas discusiones del totalitarismo, la memoria, la metafísica del alma humana y la ética de la inteligencia artificial. Esto es territorio que muchas películas de su categoría pocas veces se atreven a abordar por separado, mucho menos en conjunto. ¿Será que Ghost in the Shell es en realidad una película ambiciosa? ¿El trabajo de mentes inquietas con ideas que no caben en 106 minutos de película? Sería más fácil darle el beneficio de la duda a la película si ésta no estuviera repleta de repetitivas escenas de acción o hiciera tanto énfasis en el traje de gimnasia computarizado que viste Scarlett Johansson.

Una lástima, porque una de las virtudes de la película se encuentra en cómo ésta nos introduce a su mundo futurista. Los primeros minutos de Ghost in the Shell son concisos y evitan mucha de la explicación excesiva a la que sucumben otras películas de alto presupuesto. Un mínimo texto nos cuenta de un futuro cercano en el que las mejoras cibernéticas al cuerpo humano son cosa de todos los días, y un rentable negocio para la monopolista corporación Hanka. Una deslumbrante secuencia de créditos iniciales que combina colores fluorescentes con impecables efectos visuales y una sugerencia del diseño de producción de la película nos muestra el más reciente avance en esta tecnología. La consciencia de una joven moribunda, rescatada de un terrible ataque terrorista, es transferida con éxito a un nuevo cuerpo totalmente cibernético. Un año después, esta joven se ha convertido en Major (Johansson), una agente de la Sección 9, una fuerza dedicada a perseguir hackers que, gracias a la creciente integración entre seres humanos y máquinas, pueden literalmente introducirse dentro de las mentes de sus víctimas. Los últimos esfuerzos de Major se concentran en capturar a un cibercriminal que busca la destrucción de Hanka y quien se encuentra detrás de los asesinatos de científicos involucrados en el misterioso Proyecto 2571.

ghost in the shell red poster

Paralelo a su trama policíaca, Ghost in the Shell plantea preguntas pertinentes sin una respuesta fácil. Como una mujer humana reencarnada en un cuerpo mecánico, ¿es Major más máquina que humana? Si todos sus recuerdos son ahora parte de un programa de computadora, ¿es posible que algunos de ellos hayan sido modificados para hacerla seguir las órdenes de sus jefes? ¿Son los criminales que Major persigue terroristas de verdad, o simplemente insurgentes en un gobierno totalitario y corrupto? ¿Son las acciones de una persona o su alma, su mente, lo que la definen?  Y si la mente o el alma de uno definen sus acciones, ¿hay verdadera diferencia? El guion de Jamie Moss, William Wheeler y Ehren Kruger aborda esta fértil tierra de adivinanzas filosóficas con su propia pregunta: ¿a quién le importa?

Ghost in the Shell se distingue por una casi total falta de curiosidad. Cuando una herida que Major recibe durante una redada le hace ver la maquinaria debajo de su piel sintética y a preguntarse por su pasado, no lo creemos. Ella tiene más en común con un frío e insensible Terminator que con la vulnerable determinación del protagonista de I.A. Inteligencia artificial de Steven Spielberg. Major es casi invulnerable en combate y no se interesa en nadie más que ella misma (Batou, compañero suyo interpretado por Pilou Asbæk, es una rara excepción) hace difícil que la película cree la mínima sensación de peligro. La actuación estática, apropiadamente robótica de Johansson no ayuda a convertir a Major en un personaje más simpático, ni siquiera a distinguirla del resto del reparto humano de la película. El director Rupert Sanders, aunque un competente estilista visual, reduce a Juliette Binoche, Takeshi Kitano y a Michael Carmen Pitt a inexpresivos maniquíes andantes, cuyas actuaciones se limitan a dar miradas solemnes, vomitar diálogos trillados como “¿Qué quieres de mí?” y “Eres un asesino,” así como complicadas explicaciones de la tecnología de este mundo.

Los mayores placeres de Ghost in the Shell son pasajeros y superficiales. La partitura de sintetizador de Clint Mansell y Lorne Balfe es un bienvenido contraste al golpeteo orquestal que suele dominar a las películas de alto presupuesto contemporáneas. El diseño de producción de Jan Roelfs crea un futuro con una vibra ochentera; una combinación de minimalista arquitectura japonesa con asombrosas entradas de luz. Pero tanto la música como la estética recuerdan demasiado a otras y mejores películas, particularmente el clásico de Ridley Scott Blade Runner, y no se sienten originales a la película de Sanders. Su uso de la ciencia ficción para crear un comentario social es mucho menos coherente y novedoso. ¿Dónde encaja Ghost in the Shell en el panorama contemporáneo del cine? El anime original fue una de las mayores influencias para el exitazo de las hermanas Wachowski Matrix, quizá el blockbuster más importante de los noventa y uno no puede ver esta pulcra pero explosiva e inepta re-interpretación como una copia de algo mejor. Ghost in the Shell son las viejas ideas del cine de ciencia ficción reencarnadas en un cuerpo brillante y nuevo. —AVR

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