Segunda opinión: Raw (2016)

El terror del reconocimiento en nuestra propia naturaleza.

por Joaquín Chávez E.

(Grave, Julia Ducourneau, 2016)

Crecer duele, y aunque todos tarde o temprano lo comprobamos con el paso de los años, pocos filmes muestran de manera tan literal ese dolor de brincar de un mundo adolescente al mundo adulto, aquel en donde no hay lugar para el perdón o el consentimiento. Justine, al entrar a la universidad a estudiar en la escuela veterinaria se enfrentará a conocerse a sí misma, a su propia naturaleza, a esa de la que nadie puede escapar y que no tiene caso negarla.

Esta multi-premiada cinta no sólo revindica al género, lo refresca al recordarnos que el terror es esa suerte de pieza trágica en donde ya no hay nada que hacer, en donde no hay otra opción mas que reconocerse, aceptar los hechos y esa naturaleza incómoda que no tiene lugar en la sociedad, en la moral ni en la razón. Lo más estremecedor del terror se llama aceptación. Justine tiene que aceptar su condición, su entorno, su naturaleza, su familia. En ese sentido no parece coincidencia el panorama de vicios y desafortunado destino que tiene con su personaje homologo y obra del mismo, Justine o los infortunios de la virtud del Marques de Sade.

La metáfora de entrar a estudiar médico zootecnista parece un acierto por la ironía que representa: animales que pretenden ser curados por otros entes en franca conducta animal cuando dan rienda suelta a sus instintos. Especialmente cuando sus signos característicos son la dominancia jerárquica, el desenfreno a manera de catarsis social, e incluso la relación sexual con compañeros del mismo sexo.

Si bien la directora, Julia Docourneau, hace un muy buen manejo de la narrativa y el montaje, tampoco deja fuera lo que parece un microcosmos del entorno social que Francia vive desde hace ya algunos años. El sector laboral, pero especialmente el educativo, donde los estudiantes han tomado en diversas ocasiones las calles en forma violenta, abrupta y casi anarquista. La autoridad en la universidad parece ausente, emula una sociedad salvaje en muchos momentos y donde finalmente descubrimos que los profesores son también parte de un desencanto y permiten prácticamente la ley de la selva en el campus, donde los más fuertes o más viejos dominan, tal cual como en los grupos de primates.

raw movie poster

Por otro lado, a pesar de un entorno salvaje, sale a relucir lo único que parece que pudiese salvar una sociedad resquebrajada que apenas se sostiene, y esto lo logra la célula de cualquier comunidad: La familia.

Alexia, la hermana mayor, es la testigo, guía y cómplice del mundo que Justine está a punto de conocer y que ayudará hasta donde su naturaleza se lo permita. Sus padres las dejan en el ambiente hostil que ya conocen, ellos ya estuvieron ahí, sabedores de que tendrán que encontrar su camino y su verdad, tal cual los lobos dejan a sus crías en el invierno adecuado para luego reencontrarse. Las hermanas se enfrentaran entre ellas sin piedad como Caín y Abel pero al final la sangre llama y reconcilia cuando la razón ya no existe. Esa sangre que juega un doble papel, como prueba inequívoca del dolor pero también la que une y sostiene a la familia. Esa hambre también carnal que despierta el deseo, el despertar a una vida sexual que surge tras la contemplación del cuerpo de su amigo y roomate sin importar la orientación sexual. Cuando el hambre es voraz, pocos miramientos hay sobre la lógica o la razón. La carne es capaz de saciar, ese reflejo, ese instinto del cual no hay escapatoria alguna.

Justine nos recuerda y devela sin pudor alguno el reconocimiento de esa parte animal que pretendemos ocultar la mayor parte del tiempo. Esa que sigue los instintos de su naturaleza inequívoca, tal como Hans Beckert, ese asesino serial de M, El Vampiro de Dusseldorf (Fritz Lang, 1931), de quien al final solo podemos tener cierta compasión por ser presas de su propia naturaleza y donde su albedrío pasa a segundo plano. Podríamos ubicar a Voraz también como parte del universo que en varias ocasiones nos ha presentado David Cronenberg, quien se obsesiona y quizás sea el único especialista del género del “terror orgánico”, de ese horror generado por el propio cuerpo (The Fly, Scanners, Crash) y donde en esta ocasión, el terror surge no propiamente del cuerpo pero sí de la información guardada a nivel celular. El filme es una mirada introspectiva que nos sugiere vernos en el espejo y atrevernos a ver a ese animal, a esa bestia que quizás no come carne pero que sí necesita nuestro reconocimiento y aceptación para buscar una tranquilidad al pretender saber quiénes somos, como seres humanos, seres no perfectos, como entes claroscuros. —JCE

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