Segunda opinión: Tenemos La Carne (2016)

Tenemos La Carne, el primer largometraje de Emiliano Rocha Minter, es una de las películas más deliberadamente perturbadoras que jamás haya visto.

por Alberto Villaescusa R.

(We Are The Flesh, Emiliano Rocha Minter, 2016)

Mariano (Noé Hernández) vive como ermitaño en el edificio. De la calle llega con una bolsa de desperdicios que vierte dentro de un tanque de plástico y mezcla con un líquido hasta obtener una sustancia parecida al vómito. Su único contacto con alguien más ocurre a través de una pared con un orificio por el cual periódicamente le llega comida. Los únicos muebles en su habitación los hace pedazos con un hacha para alimentar el horno que lo mantiene caliente y para algo más que luego descubriremos. Después, procede a golpear un tambor con una violencia y furia digna de una víctima de una posesión demoniaca. Todo esto parece ser cosa de todos los días hasta que una tarde, mientras Mariano duerme, la pareja de hermanos Fauna (María Evoli) y Lucio (Diego Gamaliel) llegan al edificio tras “varios días dando vueltas por la ciudad como mayates”. Es así como empieza Tenemos La Carne, el primer largometraje de Emiliano Rocha Minter y una de las películas más deliberadamente perturbadoras que jamás haya visto.

Es también alrededor de este momento cuando la película, cuya historia parecía por fin tomar forma, se vuelve prácticamente incoherente, aunque no de mala manera. Mariano recibe a Fauna y Lucio en sus aposentos y los pone a trabajar en una inusual estructura de madera que servirá como soporte para lo que parece una representación teatral de un cavernoso infierno (si alguien buscara demostrar que Mariano es el mismo diablo, ésta es la prueba A. La segunda sería la sonrisa de Noé Hernández, quizá la más siniestra y macabra que haya visto en alguien que no sea Willem Dafoe). A partir de este momento, Tenemos La Carne se convierte en un surreal, violento y primordial viaje al interior de los impulsos inconscientes de Fauna y Lucio. ¿Qué tan surreal, violenta y primordial es? Basta con decir que la necrofilia, el canibalismo, la violación, el incesto y la pedofilia implícita no sólo aparecen, sino que son casi lo único que la película ofrece.

Quizá sería más provocativa y ofensiva sino pareciera estar armada con el propósito explícito de provocar ésta reacción en el público. Desde temprano, Rocha Minter se apoya en diálogos mínimos, un diseño sonoro ominoso y abrumador, y fotografía estática y de colores apagados para construir un ambiente de incomodidad y desorientación. Nos prepara tan bien para lo que va a venir que cuando la barbarie y la perversión finalmente llegan, no nos impacta o sorprende como debería. Hace falta una transición gradual como la que vimos en Voraz. Después de su apagado prólogo, Tenemos La Carne no opera más que en una misma velocidad: escandalosa. Al mismo tiempo, Rocha Minter no parece interesado en crear una película narrativa tradicional como fue la de Ducournau. Por una parte, la “trama” de la película es casi inexistente y no se sujeta a una lógica plausible. ¿Qué hacen Fauna y Lucio en el edificio? ¿Por qué deciden quedarse con un Mariano, un hombre tan visiblemente perturbado y que los obliga a cometer atrocidad tras atrocidad? Éstas son algunas de las preguntas que surgen de un fútil intento de aplicar una lógica dramática básica a la película.

tenemos la carne poster

¿Y por qué aplicarle una lógica a la película, si como una casi experimental apropiación del gore y la pornografía funciona mucho mejor? El hilo conductor detrás de las imágenes es un sentimiento, una coincidencia visual y no las acciones de sus los personajes, las cuales están bañadas en una nube de incertidumbre que las sitúa más en el subconsciente que en el mundo real. Los colores neón de la fotografía de Yollótl Alvarado; lo artificial de la “caverna infernal” de Mariano, con ventanas que parecen hornos; la deliberadamente teatral actuación de Noé Hernández y los diálogos que combinan floridas y pretenciosas vueltas de frase con coloquialismos mexicanos (Las frases “Y recuerda que el azar es el criminal más grande de la tierra” y “¡A trabajar, culeros!” salen de la boca del mismo personaje, por ejemplo) se combinan para crear un ambiente en el que los pensamientos de los personajes pueden cobrar vida, pero siempre como frutos de lo más profundo y primitivo de su imaginación. Crea la sensación de que lo que vemos en pantalla es algo que sus personajes no se atreven a admitir, pero que desean con fervor. La escena en que, extorsionados por Mariano, Fauna y Lucio tienen relaciones sexuales frente a él, es capturada en imagen infrarroja y acompañada por una canción romántica; es un momento provocador, pero también uno extrañamente tierno. Tan obscenos y perturbadores como sean estos impulsos, no dejan de existir o de resultar atractivos para sus personajes.

Tenemos La Carne no es una gran película. No obstante, el atrevimiento visual de Rocha Minter logra el nada modesto propósito de hacernos ver estos actos atroces con una mirada comprensiva. A veces, es capaz de verdadero genio, como un apropiado par de acercamientos que muestran los genitales de Fauna y Lucio como dos figuras abstractas, quitándoles así el tabú cultural al que están sujetos. Son detalles como éste los que crean la atmósfera irreal, brumosa, los que le dan a la obra su atractivo y poder. La aparente limitación de que la película se desarrolle dentro de un mismo edificio funciona a su favor, pues con ésta Rocha Minter crea la sensación constante de claustrofobia que se rompe en la secuencia final. Es en ésta donde se intensifica nuestro sentimiento de identificación con sus personajes, sobre todo si la película se ve en una pantalla de cine. Al salir de la sala, nos ponemos en el lugar de ese hombre que deja los aposentos de Mariano para regresar a la normalidad, habiendo liberado sus pensamientos más grotescos atrás, por el momento. —AVR

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