Jackie (2016)

Jackie, de Pablo Larraín, es una cuidadosa e íntima mirada al proceso del luto.

por Alberto Villaescusa R.

(Jackie, Pablo Larraín, 2016)

El periodista (Billy Crudup) llega con la ex-primera dama y viuda Kennedy con la intención aparente de conocer la verdad. Ambos saben que ella difícilmente va a contar los detalles de la muerte de su esposo. Desde temprano deciden hacer a un lado los hechos y conformarse con una historia que tenga sentido. ¿Es esto en realidad más fácil? Las innumerables teorías de conspiración que surgieron alrededor del asesinato de John F. Kennedy son síntomas de que la muerte del trigésimo quinto presidente todavía no tiene sentido para el público estadounidense. Vista desde los ojos de su esposa, hijos demás familiares y amigos, la repentina muerte del joven y carismático John es una bofetada aún más cruel a la idea de que la vida real pueda acomodarse dentro de una narrativa coherente. El aparente azar del incidente contribuye. Pero también el que nuestros seres queridos son muchas veces aquellos alrededor de quien anclamos nuestras vidas, y los que decidimos dan sentido a ellas en primer lugar.

Jackie, de Pablo Larraín, es una cuidadosa e íntima mirada al proceso del luto. Como Manchester By The Sea, de Kenneth Lonergan, otra película a la que también le queda ésta descripción, es desordenada en su construcción, pero este desorden resalta el sentimiento de fragmentación y la pérdida de dirección creada por una ocurrencia tumultuosa. La película sigue a Jacqueline Kennedy Onassis (Natalie Portman) durante los días posteriores al asesinato de su esposo (Caspar Phillipson), ocurrido el 22 de noviembre de 1963 en Dallas, Texas. La trama de la película no es mucho más complicada que eso. Si hay algo que más o menos motiva los eventos en el guion de Noah Oppenheim son los preparativos del funeral, de los cuales Jackie tiene que hacerse cargo, pero éstos no definen lo que sucede dentro de su protagonista. El tamaño de la procesión fúnebre, las calles a recorrer camino al cementerio, difícilmente importan. El sigue muerto y ella debe enfrentar la ausencia de todas formas. Jackie ofrece una mirada al luto desde el punto de vista de alguien con todo a su disposición, sin presiones económicas, sin una vida “normal” a la que esté obligada a regresar de inmediato. Uno pensaría que esto hace las cosas más fáciles, pero la película nos muestra a alguien sin nada que la distraiga de lo que acaba de sufrir. Una Jackie dedicada de lleno a llorar a su esposo.

Kennedy fue una viuda privilegiada, pero también una viuda pública. En la película, es un personaje voluble, impredecible y caprichoso, pero su indecisión es comprensible y su moderación admirable. Sobre ella pesa no sólo una tragedia personal y nacional, sino también la presión de encontrar la manera correcta de honrar a su esposo, así como de ocultarle sus verdaderos sentimientos al público. El dudar de sí misma es inevitable. Por un momento, el emular la procesión fúnebre de Abraham Lincoln parece la forma correcta de resaltar la importancia de John; al siguiente parece imprudente invitar comparaciones con el presidente que decretó el fin de la esclavitud en el país. Su inclinación hacia los actos simbólicos, mejor representada por una visita guiada de la Casa Blanca que transmite por televisión antes del asesinato, contrasta con la personalidad más austera de John, quien en repetidas ocasiones le reprocha estos gestos frívolos. ¿Se extiende esta oposición personal a algo como un funeral, quizá el máximo acto simbólico que hay? ¿Hasta qué grado? ¿Cómo puede ella saberlo?

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A Natalie Portman, quien ha sido criticada anteriormente como una actriz poco natural, una que da la impresión de estar actuando en lugar de viviendo su personaje, se le acomoda perfectamente el personaje. El trabajo de Portman aquí es un caso en el que ésta aparente desventaja funciona a su favor; como figura pública, Jackie es una actriz constante. Quizá su momento más revelador ocurre cuando, después del asesinato, llega a una habitación de la Casa Blanca y se quita su traje Chanel rosa, todavía manchado de sangre. Éste es el primer momento en que la vemos verdaderamente sola. El primer momento en que no tiene que ajustar sus acciones a lo que piense alguien más. Un momento en que finalmente puede ser simplemente ella misma.

Ella es el eje alrededor del cual gira la película, pero el amplio elenco de ésta le permite mostrar su situación desde distintos ángulos. Sus mayores apoyos son su cuñado Robert F. Kennedy (Peter Sarsgaard), la secretaria de la Casa Blanca y después secretaria personal Nancy Tuckerman (Greta Gerwig), el sucesor a la presidencia Lyndon Johnson (John Carroll Lynch) y la esposa de éste Lady Bird (Beth Grant). En una escena particularmente conmovedora, Robert lamenta que los esfuerzos de Kennedy en materia de derechos civiles, el programa espacial, y la Guerra Fría se vieron súbitamente interrumpidos por su muerte. Que Johnson será quien tenga que enfrentarse a Vietnam. Su conclusión es monumental, llamando atención, no sólo a la muerte de una persona, sino a una diferente, quizá más optimista versión de la historia del mundo. John Hurt, en uno de sus últimos papeles, hace de un sacerdote que ofrece consuelo a Jackie y prácticamente enuncia lo que bien puede ser el tema de la película. En sus palabras de apoyo, no fue elegida para sufrir por sus pecados, o los pecados de alguien más; es a través de ella que se debe manifestar el trabajo de Dios. Está en sus manos el cómo enfrenta la conclusión de que la vida, por sí misma, no tiene sentido.

Como hizo en No, su película sobre el plebiscito que finalmente sacó al dictador Augusto Pinochet de la presidencia de Chile, Larraín sugiere la textura de la época desde su elección de formato. Esto quiere decir el uso de una estimulante textura granulosa y colores vibrantes creados por la película de 16 milímetros. En este formato, los flashbacks adquieren un aire incierto y borroso, como momentos que sólo existen ahora en la memoria de Jackie Kennedy. Presentada como respuestas a una entrevista, y contada mayormente desde su punto de vista, posee una carga subjetiva que es imposible ignorar, pero tampoco es sentimental. Es una película de emociones apagadas y uniformes, acomodadas dentro una visión general que sólo se vuelve evidente cerca del final. Con ayuda de la partitura musical de Mica Levi, inicialmente ominosa, cada vez un poco más optimista, navegan a través de la desesperanza provocada por la muerte de un ser querido al momento en que uno finalmente es capaz de aceptar su ausencia con un cálido reconocimiento del papel que éste cumplió en vida. —AVR

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