Alien: Covenant (2017)

En Alien: Covenant, el director Ridley Scott encuentra nuevas formas de matar un desdichado grupo de viajeros del espacio.

por Alberto Villaescusa R.

(Alien: Covenant, Ridley Scott, 2017)

En Alien: Covenant, el director Ridley Scott encuentra nuevas formas de matar un desdichado grupo de viajeros del espacio, así como la buena voluntad que todavía le quedaba a la franquicia de Alien. Desde Aliens, estrenada en 1986, ninguna película de la serie ha sido verdaderamente bien recibida, pero esto no impidió que Scott y compañía (dígase James Cameron, David Fincher y Jean-Pierre Jeunet, quizá la más impresionante lista de directores jamás reunida en una misma franquicia) insistieran en seguir enviando equipos dispares de astronautas, mercenarios y científicos a planetas extraños para sufrir muertes horribles a manos de seres extraterrestres cada vez más barrocos. La serie es una bestia curiosa porque se encuentra a medio camino entre la fórmula de las películas slahser y el universo cada vez más complicado de una saga como Star Wars. El que Alien haya nacido dentro de las convenciones del cine de terror (Los guionistas Dan O’Bannon y Ronald Shusett supuestamente plantearon la película original como “Tiburón en el espacio” y Ridley Scott la describió como “la masacre en cadena de la ciencia ficción”) de alguna manera hace que lo repetitivo de su segunda precuela y sexta entrega en general sea perdonable. Pero el problema de Covenant no es el planteamiento sino la ejecución. «Life: Vida inteligente», estrenada anteriormente este año, demostró que todavía había una manera de mantener al público en suspenso y temor con una historia similar a la que la serie tiene casi cuarenta años contando. La serie bien podría aprender algo de una película a la que claramente inspiró.

Su mayor problema es la básica incapacidad de construir un vínculo con sus personajes que nos haga temer por sus muertes (es una película de terror, no creo que decir que algunos de sus personajes mueren pueda ser considerado spoiler). La tripulación del Covenant apenas le llega a los talones a los camioneros espaciales del Nostromo o a los marines coloniales del Sulaco en lo que a simpatía se refiere, y el que se muestren menos capaces de lidiar con un peligro no ayuda. Diez años después de los eventos de Prometheus y veinte años antes de los de Alien, la nave colonizadora Covenant busca establecer un asentamiento en un planeta distante. Su tripulación es una certificable colección de estrellas, Katherine Waterston, Billy Crudup, Danny McBride en un raro papel no cómico, Demián Bichir, Carmen Ejogo, Amy Seimetz, James Franco y Michael Fassbender como Walter, un androide encargado de asistir a los demás mientras se encuentran en hibernación, son los rostros más conocidos de la película. Una oleada de energía los despierta siete años antes de llegar a su destino original. Mientras realizan las reparaciones necesarias, se encuentran con una transmisión perdida que proviene de un planeta cercano que parece ser un mejor candidato para establecerse.

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¿Por qué decide la tripulación de la Covenant aterrizar en este nuevo planeta en lugar de en su destino programado? El desviarse les ahorraría años de viaje y a primera vista ofrece un mejor prospecto de supervivencia. Es rápidamente evidente que Oram (Crudup), el capitán provisional, es algo prepotente, inseguro y carece de cierta capacidad de liderazgo, por lo que tomar el camino fácil no es inconcebible de su parte, pero esto no explica por qué Daniels (Waterston) y el resto del equipo parecen ansiosos por aventurarse a un planeta extraño, especialmente cuando en sus manos se encuentran las vidas de dos mil colonizadores sin voz en el asunto. Ésta es la primera de muchas decisiones imprudentes o estúpidas que motivan la trama de la película. Entre los tripulantes no falta quien se separe de los demás con una explicación trivial, se acerque a una pieza de fauna extraterrestre como si estuviera en una excursión escolar, o ponga en la más imprudente cuarentena a alguien que claramente se encuentra infectado con un virus desconocido. La medalla de plata en estupidez va para el tripulante que, en su intento de contener una amenaza, sufre más accidentes que el Coyote de los Looney Tunes. La de oro para el miembro clave que, siguiendo el consejo de alguien en quien al parecer nunca confió, se acerca a mirar al interior de un extraño organismo que, quienes vieron Alien, saben no le puede traer nada bueno.

Es justificable que los personajes no conozcan las convenciones del género al que la película pertenece, pero al mismo tiempo es imposible sacudir la impresión de que estos personajes buscan su propia muerte de manera voluntaria. Esto no disminuye el placer inmediato que provocan las horripilantes, a veces ingeniosas muertes de sus miembros menos desafortunados. De alguna manera, lo aumenta, como si su cruel final fuera el remate de un chiste. La re-interpretación de la muerte en la regadera de Psicosis, con una pareja teniendo sexo en el papel de Marion Crane y un xenomorfo en el de la señora Bates, es ingeniosa, pero su audacia provoca alegría cuando debería contribuir al suspenso. No todos los personajes humanos son detestables. El nerviosismo inicial del capitán inexperto de Crudup lo hace casi humano, mientras que Waterston y McBride resultan verdaderamente simpáticos, en parte por sus actuaciones, en parte porque se les dio la tarea de interpretar a los dos personajes menos propensos a la idiotez. Si Alien: Covenant no es muestra del genio del que Ridley Scott es capaz, por lo menos es muestra de su versatilidad. Dos años después de entregarnos The Martian, una optimista carta de amor a la capacidad del ingenio humano para superar la adversidad, regresa con un cruel y cínico argumento a favor de extinguir a la raza humana para remplazarla con robots y extraterrestres. Quizá ellos sean mejores al momento de procurar su supervivencia.

Después de un capítulo especialmente decepcionante, uno se pregunta qué camino le queda a la serie. Una dirección posible es expandir su universo y construir una historia alrededor de algo más que un equipo de desafortunados viajeros siendo hecho pedazos uno por uno. Otra sería adaptarse totalmente al concepto de terror y que cada entrega nos entregue un sabor diferente. Covenant da un paso en la dirección de Frankenstein y Drácula, con un villano humanoide que tiene toques de científico loco y ermitaño refinado. Tiene una que otra buena idea. Ideas que podrían funcionar mejor con personajes en los que uno de verdad pueda interesarse y un giro en la trama que no se vea venir a kilómetros. De otra forma, quizá sea necesario expulsar a la franquicia por una esclusa de aire con la esperanza de no volver a verla nunca más. —AVR

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