El Chapo (Primera Temporada)

Nadie está más identificado como “el villano del momento” en la conciencia colectiva que El Chapo Guzmán.

por Cuauhtémoc Ruelas

(El Chapo, Silvana Aguirre y Carlos Contreras, 2017)

A pesar de que estás últimas décadas han estado plagadas de brutalidad gubernamental y un recrudecimiento del crimen organizado en todas sus vertientes, nadie está más identificado como “el villano del momento” en la conciencia colectiva que El Chapo Guzmán. No obstante, el tiempo ha contribuido a la caricaturización de este individuo, representándolo como la imagen misma del mafioso carismático listo para ser venerado u odiado por igual. La realidad, como podemos ver en la fascinante serie El Chapo, es mucho más compleja, y su estudio puede arrojar cierto entendimiento sobre las motivaciones de Joaquín Guzmán Loera, no como carismático líder criminal, sino como individuo de contrastes, al mismo tiempo astuto y violento, asediado simultáneamente por la arrogancia y la inseguridad.

El Chapo muestra con esmero los primeros años en su vida criminal (interpretado por Marco de la O), los cuáles comenzaron a mediados de los ochenta, esto tras el arresto de Rafael Caro Quintero uno de los cabecillas del cartel de Guadalajara, situación que provocó el inicio de una fuerte pugna entre capos de la mafia para extender sus redes alrededor de la república. Mientras el país sufría un fuerte cambio político tras el triunfo de Carlos Salinas de Gortari, Guzmán Loera comienza a escalar peldaños, forjando alianza e incluso creando enemistades mortales con diferentes líderes del crimen organizado en nuestro país, provocando al mismo tiempo una ola de violencia incontrolable. Todo ello sucede hasta llegar a la primera de sus capturas, en 1994, donde fue recluido en el penal de máxima seguridad en Puente Grande.

Así, vemos los contrastes de Guzmán Loera: su afecto por sus aliados como el Güero Palma, su cortesía con el personal que estaba a su mando y su astucia para tomar decisiones. Pero también vemos su instantánea furia contra quienes lo contradicen, sus arranques de soberbia, y su claro oportunismo dentro del mundo criminal (algunos dirían gandallismo) a los que se aferraba ferozmente para convencer a los demás de que él era el indicado para convertirse en el máximo líder del crimen organizado en México, aunque es evidente para todos que la situación es exactamente lo contrario y el país comienza a sumirse en un caos que hasta hoy día no acabamos de comprender.

Igualmente interesantes son las personas alrededor de El Chapo, principalmente los representantes del poder gubernamental; desde el presidente Carlos Salinas de Gortari, cuya relación con el narco rebasaba toda racionalidad, hasta el enigmático Licenciado Conrado Sol (personaje ficticio que conjuga distintas personalidades de la política nacional), un arribista dispuesto a todo, ignorando la violencia desatada a su alrededor.

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Tengo que aclarar que el propósito de El Chapo no es de ninguna manera sembrar simpatía por sus famosos protagonistas. Simplemente pretende humanizar al monstruo y mostrarnos que debajo del célebre criminal hay una persona, evidentemente desequilibrada, pero con abundantes rasgos de humanidad que todos compartimos. Esta es una línea muy delgada (y muy arriesgada) para balancearse, pero los responsables de esta producción entre los que se encuentran los cineastas Jose Manuel Cravioto y Ernesto Contreras cumplen con gran aplomo (y éxito) una misión que muchos otros rechazarían.

En el plano histriónico, sin duda es Marco De La O quien llevará muy merecida aclamación por su interpretación de El Chapo, pero el resto del elenco es igualmente sólido, destacando particularmente Humberto Busto como el siniestro Conrado Sol, así como un irreconocible Rodrigo Abed como Amado Carrillo (El Señor de los cielos). Todos ellos realmente efectivos en sus respectivos papeles, impulsando de manera orgánica y creíble los hilos de la trama.

Una pequeña falla (que quizás sea únicamente culpa mía) puede ser la abundancia de personajes y la poca claridad con la que se presentan. Creo que sólo un riguroso historiador podrá seguir fluidamente el desfile de generales, capos y ayudantes que constantemente visitan la pantalla. Por otro lado, el deseo de entender mejor la serie me llevó a leer y profundizar en esos temas, de modo que quizás la ambigüedad de esta producción sirva como motivador para elevar el conocimiento de la audiencia.

Cualquiera de esas tenues quejas tienen que ser ignoradas frente al tremendo logro que representa El Chapo. Supuestamente realizada con puntillosa atención al detalle y a la realidad histórica, pero aún no fuera así, presenta un retrato fascinante de una de las figuras más polémicas en la actualidad, cuya influencia (para bien o para mal) sigue muy presente. No queda más que esperar que nuestra sociedad no continúe en este camino de vanagloriar figuras criminales, aunque hoy en día parece muy complicado. —CR

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