William, el nuevo maestro del Judo (2017)

Mientras veía “William, el nuevo maestro del Judo”, trataba de dilucidar la eterna pregunta de ¿qué es arte y qué es una tomada de pelo?

por Cuauhtémoc Ruelas

(William, el nuevo maestro del Judo, Ricardo Silva, Omar Guzmán, 2017)

Para bien o para mal, Navajazo (Silva, 2014) fue una de esas películas que dividen al público; algunos la denunciaron como una atrocidad repugnante y ofensiva, mientras que otros la aclamaron, básicamente por las mismas razones. Yo me encontré en el segundo grupo, pues, definitivamente admiré la audacia de su premisa, y el perverso humor del director Ricardo Silva, quien de algún modo logró que el sórdido tono de su creación se filtrara lentamente por nuestras neuronas hasta llegar a los más recónditos sótanos del cerebro, donde el recuerdo de la película se quedó a vivir para siempre.

Por eso es natural que su siguiente proyecto —codirigido con Omar Guzmán—, provoque altas expectativas, donde incluso se vio envuelta en cierta polémica tras el sonado conflicto con el actor tijuanense Edward Coward quien forma parte fundamental de este proyecto. Lamentablemente, el resultado fue hasta cierto punto más de los mismo en comparación con su ópera prima: mucho humor negro e imágenes inconexas pero muy poca sustancia dramática y aún menos profundidad narrativa.

Fue así que me empezó a suceder algo mientras veía William, el nuevo maestro del Judo, donde trataba de dilucidar la eterna pregunta de ¿qué es arte y qué es una tomada de pelo?. Desde luego no pretendo contestarla (no creo que exista una respuesta contundente), pero pensé que me serviría para evaluar esta película con mayor objetividad. Llegó una escena en la que se nos muestra a una persona disfrazada como demonio sentado en un sillón, mientras dos personajes sostienen un espejo para generar un efecto frente a la cámara, al mismo tiempo que bromean sobre la película que estamos viendo. Fue en ese momento cuando tuve una epifanía:

Ricardo Silva se está riendo de nosotros.

judo poster

Mientras Navajazo mostraba cierto interés y curiosidad por sus personajes (por más desagradables que fueran), aquí se limita a ser un desfile de escenas, supuestamente mostrando la vida del artista William Clauson quien se refugió en Tijuana para vivir sus últimos días, todo ello intercalado con una supuesta ficción donde el mismo personaje es interpretado por Coward quien se dispone a festejar su cumpleaños con un grupo de prostitutos a quien les exige cariño verdadero. Todo ello, acompañado de imágenes que nos muestran, desde un barco chatarra siendo explotado hasta un grupo de motociclistas en calles de terracería.

Nada de esto ofrece contenido relevante. Sencillamente, se trata de un chiste de Silva, empujando los límites de lo permitido y viendo qué tanto puede hacer antes de que lo detengan. Afortunadamente, izando la bandera de “arte”, Silva puede mostrar sus chistes bajo el amparo de la misma sociedad que lo repudia y lo admira. ¿Genio o comediante? Sólo hay una respuesta: Exitoso.

Sobra decir que Silva está cumpliendo sus fantasías al filmar sus películas, como lo ha mostrado en su opera prima Navajazo. Puede hacer cosas genuinamente interesantes cuando tiene una estructura narrativa más dinámica, y una historia menos pretensiosa. Mientras siga haciendo producto de explotación y manipulación como William, el nuevo maestro del Judo está desperdiciando su talento. Estoy convencido de que este director tiene gran potencial, y que valdrá la pena esperar que lo explote, pero mientras eso ocurre (si es que ocurre), sólo queda reírnos con él, una vez que entendimos el chiste. Tal vez no será tan gracioso para algunos, pero es innegable que hay una malévola sonrisa tras las imágenes absurdas que vemos en la película. —CR

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