Dunkirk (2017)

Dunkirk es la obra de un director ambicioso, a veces frustrante, trabajando en la cima de sus capacidades.

por Alberto Villaescusa R.

(Dunkerque, Christopher Nolan, 2017)

Dunkirk es la obra de un director ambicioso, a veces frustrante, trabajando en la cima de sus capacidades. La más reciente película de Christopher Nolan nace de un material que se ajusta perfectamente a su estilo y que, en más de una forma, se siente como la culminación de su carrera. Combina la experimentación cronológica de Insomnia y The Prestige con el espectáculo visual y el ritmo pulsante de Inception, la complicada moralidad de The Dark Knight y el ocasionalmente cursi humanismo de Interstellar. Su toque impersonal y pesado se convierte en un punto a favor y no uno en contra en su narración de una historia en la que la supervivencia tiene tanto que ver con la valentía y la fortaleza como con estar en el lugar indicado en el momento indicado. Siendo también una película situada casi totalmente en un campo de batalla de la Segunda Guerra Mundial y una sucesión de secuencias de acción con una misma meta que es clara desde el principio, Dunkirk le permite a Nolan no tener que enfrentarse con dos obstáculos que frecuentemente han alejado a sus películas de la grandeza: personajes femeninos que son meramente puntos en la trama, así como una dependencia excesiva en diálogos expositivos. Nunca se detiene en planas discusiones de lo que está sucediendo en la trama (tan comunes en su trilogía de Batman), que quizá es la película más puramente visual que haya producido.

La primera toma de la película es particularmente poderosa y efectiva; al mismo tiempo nos introduce a la desesperada situación de sus personajes que utiliza los recursos a su disposición con una sutil poesía que anteriormente había estado fuera del alcance del director. Un grupo de soldados ingleses camina por las calles del puerto francés de Dunkerque mientras docenas de papeletas caen sobre ellos como copos de nieve. Las papeletas son propaganda alemana, un recordatorio de la derrota que sufrieron en Francia y de que las tropas del Eje no tardarán en acabar con ellos. Tommy (Fionn Whitehead), un soldado raso, es casi acribillado por tropas amigas antes de poder explicar que él mismo es inglés y ser admitido al muelle con el resto de los Aliados que esperan ser rescatados. Tommy es lo más cercano que la película tiene a un protagonista (Whitehead, en su primera actuación para cine, aparece en los créditos antes que actores veteranos como Kenneth Branagh, Mark Rylance y Tom Hardy), pero es apenas una pequeña parte de la multitudinaria narrativa. En la playa francesa, el comandante Bolton (Branagh) supervisa el muelle en el que sus tropas podrán abordar barcos amigos a Gran Bretaña. Tommy y sus compañeros (Aneurin Barnard y un total desconocido llamado Harry Styles), esperan subirse a uno de ellos. En Inglaterra, los civiles Dawson (Rylance), su hijo Peter (Tom Glynn-Carney) y el adolescente George zarpan a Dunkerque en su pequeño barco privado para rescatar a los soldados que puedan. En los cielos, dos pilotos de la Real Fuerza Aérea, Collins (Jack Lowden) y Farrier (Tom Hardy), sirven de apoyo a las tropas en tierra y mar.

De manera peculiar, Nolan (quien también escribió el guion) intercala estas tres historias de manera que sólo se intersectan cerca del final de la película. Al principio, ésta nos las presenta con un texto en pantalla que dice cuánto va a durar cada una. Sigue a los dos pilotos alrededor de una hora, a Dawson y los dos jóvenes que lo acompañan por un día, y a Tommy y los demás soldados en la playa por una semana. No obstante, la película salta entre estos eventos como si transcurrieran simultáneamente, sin llamar la atención a que en la hora que Farrier está en el aire, en tierra alcanza a anochecer y amanecer. Este poco convencional recurso permite que las diversas historias sean tratadas con la misma importancia a pesar de ser fundamentalmente distintas en la realidad (sería algo tedioso seguir a un caza aéreo que sólo puede mantenerse en el aire por poco más de una hora, o a un bote haciendo el recorrido de poco más de treinta kilómetros por el canal de la Mancha, durante poco más de una semana, tiempo que tardó la evacuación completa). Resulta algo confusa en un principio; el caos de la batalla y la descomunal cantidad de personajes, extras y vehículos por momentos hace difícil observar si el barco que vemos hundirse o el avión que vemos caer es un evento que mostrado por segunda vez desde otro punto de vista, o una baja más. Estos juegos temporales, sin embargo, sólo hacen la situación más desesperada. Los Aliados que vemos en los tres frentes tienen el mismo propósito, pero no pueden afectar lo que sucede en el otro, pues sus acciones ocurren en momentos totalmente diferentes.

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Los bombardeos y los barcos hundiéndose son en su mayoría recreaciones a escala real. Cómo ya es costumbre para Nolan, poco o nada de la película es llevada a la vida con efectos especiales por computadora. Pero lo que resulta más impresionante no es el tamaño de la destrucción sino sus más minúsculas repercusiones. Quizá la más poderosa toma de la película muestra a Tommy tirándose al suelo mientras bombas enemigas caen cada vez más cerca de él. Lo escalofriante no es el tamaño de las explosiones, sino cómo la arena levantada por los impactos llueve sobre él. Es la textura lo que en verdad nos hace sentir que estamos ahí. La partitura musical de Hans Zimmer sirve como el constante tictac de un reloj, poco a poco creando suspenso por los disparos y explosiones que sirven como violentos, a veces inesperados acentos. Es a través del sonido que los soldados alemanes, que nunca aparecen en pantalla, se sienten como una incontrolable fuerza de la naturaleza. No obstante, no es meramente ruido. Zimmer y el editor Lee Smith insertan momentos de tranquilidad, ya sea disminuyendo la música o saltando a una parte menos urgente de la historia, manteniendo siempre variado el ritmo de la película, y construyendo la tensión en lugar de disiparla.

Tanto triunfa como espectáculo visual y sonoro, es también una cruel mirada a la desesperación de la guerra, dispuesta a mostrarnos, aunque sea por un instante, el peor lado de sus héroes. El tener a la muerte pisándoles los talones los lleva incluso a ponerse el uno en contra del otro. Atrapados en un barco que se inunda poco a poco, un grupo de sobrevivientes contempla el dejar a uno de ellos a la merced del enemigo para que el barco pueda flotar. Un soldado (Cillian Murphy) rescatado por Dawson hace todo lo posible por arrebatarle el control de su bote una vez que se entera que éste se dirige a la costa francesa. Retira la máscara del heroísmo para mostrar la cara menos noble pero más humana del miedo; estos hombres sólo quieren ir a casa y harán todo lo posible para lograrlo. Esto no quiere decir que el aspirar al heroísmo sea más útil o altruista. Un personaje que decidió ir a la zona de guerra para “hacer algo de su vida” sufre la muerte más innecesaria y sin sentido de la película. El final de Dunkirk lo honra en una secuencia solemne y sincera, pero es muy conscientemente un gesto vacío.

Al final, Nolan está más interesado en celebrar los esfuerzos de los Aliados que en criticarlos. Es una película de guerra hecha y derecha, perfectamente acorde con un director cuya postura más audaz y revolucionaria ha sido la de defender los viejos medios de producción, la de ser un continuo abogado del celuloide en un Hollywood mayormente digital. En este aspecto, quizá es su obra más ambiciosa, fotografiada totalmente en película de 65 milímetros y en IMAX (ambos formatos análogos; el primer formato permite una imagen tres veces mayor a la de la película de 35 milímetros, el formato estándar de cine, mientras que el segundo una imagen diez veces mayor). Aunque concebida para proyectarse en IMAX de 70 mm, Dunkirk todavía luce espectacular en un DCP (Digital Cinema Package, el formato de proyección empleado por la mayoría de los cines comerciales actuales) cualquiera. Aunque los sucesos en pantalla son recreados con fidelidad y realismo y la cámara del cinefotógrafo Hoyte van Hoytema nunca deja de sacudirse, la película mantiene los colores intensos del cine y el brillo y encanto de una superproducción hollywoodense de antaño. El tamaño de sus producciones y la integridad que ha mantenido al colaborar con los grandes estudios le han ganado a Nolan comparaciones con el Stanley Kubrick de 2001: A Space Odyssey o A Clockwork Orange, pero siempre ha tenido más en común en común con el más clásico y tradicional Kubrick, aquel que hizo Spartacus o Paths of Glory. Y quizá porque Dunkirk nace del material más clásico en el que Nolan haya puesto sus manos, ésta es la película en la que sus temáticas y estilo finalmente dan lugar a una verdadera obra maestra. —AVR

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