It (2017)

It, de Andy Muschietti, está camino a convertirse en una de las adaptaciones de King más aclamadas y gustadas por el público.

por Alberto Villaescusa R.

(It: Eso, Andrés Muschietti, 2017)

Dos de las mejores películas basadas en novelas de Stephen King, Carrie de Brian De Palma y The Shining de Stanley Kubrick, funcionan no sólo porque traducían efectivamente las palabras de King al formato y lenguaje cinematográfico, sino porque construían una atmósfera y ritmo de suspenso que anticipaba una conclusión especialmente escalofriante. De las mejores películas de terror solemos recordar los momentos que nos asustan, pero esos momentos no funcionan por sí solos, requieren de expectativas y una falsa sensación de seguridad que es construida a lo largo de las partes menos aterradoras. Para que una película de miedo, primero tiene que hacernos creer que no va a dar miedo. It, de Andy Muschietti, está camino a convertirse en una de las adaptaciones de King más aclamadas y gustadas por el público (aunque tiene el beneficio de aparecer poco tiempo de pues de la floja adaptación de The Dark Tower) pero está lejos de la lograr la delicadeza estructural de las películas de De Palma y Kubrick. It cuenta con un genial monstruo inquietante e amorfo, pero nos lo muestra mucho y desde muy temprano. No tememos a Eso como tememos la locura de Jack Torrance o los poderes de Carrie White. Ya sabemos de qué es capaz, lo vimos claramente en los primeros cinco minutos de la película.

Es afortunado que tenga tanto de drama infantil como de película de terror, pues se muestra especialmente carente en lo segundo. Como tantas obras de King, se sitúa en el estado de Maine, en el noroeste de Estados Unidos, específicamente la comunidad de Derry. Es el verano de 1989 y extrañas ocurrencias aterran al pueblo. Niños han empezado a desaparecer a una proporción alarmante; tanto que a todos sus residentes más pequeños se les ha prohibido permanecer en las calles después de las 7:00 de la tarde. El futuro es negro para niños como Georgie Denbrough. Sus padres perdieron toda esperanza de volver a verlo, no así su hermano mayor Bill (Jaeden Lieberher), quien planea usar las vacaciones para, con la ayuda de sus amigos de la escuela, encontrar a los niños desaparecidos de Derry.

El “Club de los Perdedores,” como los bravucones locales llaman a Bill Denbrough y a sus amigos, es una colección de simpáticos pero unidimensionales adolescentes. Los más atendidos por el guion son Bill, su tartamudo líder por defecto; Ben Hanscom (Jeremy Ray Taylor), un sensible e inteligente niño que sufre de sobrepeso; y Bevery Marsh (Sophia Lillis), la única niña del grupo y quizá su miembro más tenaz y hábil, así como el objeto de afecto de Bill y de Ben. Los complementan el bromista Richie Tozier (Finn Wolfhard), el escéptico Stanley Uris (Wyatt Oleff), el autodidacta Mike Hanlon (Chosen Jacobs) y el hipocondríaco Eddie Kaspbrak (Jack Dylan Glazer).

Hace un buen trabajo de capturar las dinámicas de un grupo de amigos a medio camino entre la infancia y la adolescencia. Dos de los principales temas de conversación de sus héroes son los pedos y el sexo; sus constantes bromas tratan de ocultar lo poco que en realidad saben de éste último. Cuando Beverly se une al grupo, es la primera vez que estos interactúan de verdad con una niña de su edad, y su nerviosismo es palpable. La miran como un objeto extraño, algo por lo que se sienten cautivados por razones que no comprenden del todo. Como lo harían los niños de su edad. Intercambian interminables bromas, a veces con un dejo de crueldad. El lenguaje y la presión de pares juegan papeles importantes. Está dirigida a un público mayor de 15 años en parte por su contenido violento, pero la clasificación B15 ayuda especialmente a darle cierta autenticidad a su vocabulario: los niños hablan con todas las vulgaridades que usaría alguien de su edad. Se convierten en personas diferentes al estar con sus iguales, buscando demostrar su lealtad y valía haciendo cosas que no se atreverían a hacer en otras circunstancias. Hay una cálida sensación de compañerismo y unidad entre este grupo de amigos, amplificada por el que todos y cada uno de ellos son marginados de una forma u otra (no se llaman el Club de los Perdedores por nada); nadie los quiere más que ellos mismos.

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En sus mejores momentos, captura también cómo los ojos jóvenes transforman las pocas calles de un vecindario en un intimidante y misterioso universo. El problema de la película no es que la magia de la imaginación infantil pronto dé lugar a una tétrica y sobrenatural historia de fondo, sino que esta tétrica y sobrenatural historia de fondo esté al servicio de una trillada y convencional película de terror. El payaso Pennywise (Bill Skarsgård) la forma más conocida de Eso, el ente sobrenatural que atormenta Derry y al que el Club de los Perdedores deben vencer, posee una inquietante sonrisa, pero los gestos y manierismos de Skarsgård hacen sus siniestras intenciones demasiado obvias; sua actuación carece del equilibrio entre lo amenazante y lo amigable que podría en verdad convertirlo en el material de las pesadillas. La dirección de Muschietti tiende similarmente a un rechazo de la ambigüedad. Cada aparición de Eso, en sus diversas formas, es mostrada con una fotografía grisácea y acompañada de un ruido estridente le roba protagonismo a sus imágenes ocasionalmente surreales y perturbadoras.

Ruidos de esta variedad se han convertido en un cliché del cine de terror, pero su uso aquí es especialmente frustrante por la manera en que diluye la potencia de Eso como villano. Usar “música de peligro” cada vez que Eso aparece difícilmente incrementa el suspenso, pues rara vez plantea un peligro físico. Su capacidad de matar es secundaria a su capacidad de convertirse en lo que sea que sus víctimas más temen. De poco a poco destruir el sentido de la realidad del Club de los Perdedores y así dejarlos sin opción más que rendirse a él. Creer en él lo hace más fuerte y creer en algo más lo hace más débil. La película ocasionalmente reconoce esto, pero mayormente ignora el horror trascendental que su monstruo representa y se contenta con tratarlo como poco más que un payaso asesino del espacio exterior.

Éste no es su único tropiezo. La película hubiera podido usar sus 135 minutos de manera más efectiva: su interminable primera mitad consiste en Eso asustando repetitivamente a los distintos Perdedores, sin crear consecuencias duraderas o incrementar la tensión. Su multitudinario elenco (apropiado quizá para un libro de más de mil páginas, no tanto para una película de poco más de dos horas) la hace desarrollarse sin un enfoque claro y no le permite explorar las personalidades de muchos de los niños, quienes tienden a sentirse redundantes. Dado que es sólo una adaptación parcial del libro de King (cubre sólo la mitad que sigue al Club de los Perdedores cuando niños), habrá que esperar uno o dos años para ver esta historia finalizar en la pantalla grande, para encontrar una explicación a qué pasa en realidad con los adultos de Derry. Pero con un primer capítulo como éste, apenas dan ganas de regresar. —AVR

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