Murder on the Orient Express (2017)

¿Qué hace a una buena historia de misterio? ¿Una solución que no se puede anticipar? ¿O el que pueda emocionarnos aun cuando podemos saber el final?

por Alberto Villaescusa R.

(Asesinato en el Expreso de Oriente, Kenneth Branagh, 2017)

¿Qué hace a una buena historia de misterio? ¿Una solución que no se puede anticipar? ¿O el que pueda emocionarnos aun cuando podemos saber el final? Si es lo primero, entonces juzgar con objetividad los méritos de la más reciente versión de Murder on the Orient Express será difícil para los muchos que conocen el final de una de las más populares novelas de la autora de ficción más vendida del mundo (la familia de Agatha Christie afirma que sólo Shakespeare y la Biblia han vendido más que ella). Si es lo segundo, entonces ésta adaptación dirigida y protagonizada por Kenneth Branagh muy probablemente no es una buena historia de misterio; lo más emocionante de ella es la potencial sorpresa de cómo resuelve el desconcertante asesinato que le da su nombre.

Es una película definitivamente anticuada, pero al principio eso funciona a su favor. Es de época, pero también parece un producto de una época pasada (aunque quizá no de 1934, el año en que se sitúa): una en que el cine comercial tendía a moverse a un ritmo más pausado, en que el diálogo y los personajes eran los que movían la historia y en que un Jerusalén recreado con trucos visuales era fuente suficiente de exotismo. La película de Branagh parece consciente de lo mucho que no encaja en el panorama cinematográfico contemporáneo: su secuencia de apertura se siente como una pequeña broma dirigida a los públicos acostumbrados a altas dosis de acción. En ella, música emocionante y una cámara ágil siguen a un niño que corre a toda prisa por las calles de Jerusalén como si su vida dependiera de que llegue a tiempo con… una canasta de huevos para el desayuno del detective belga Hercule Poirot.

Este Poirot, interpretado por el mismo Branagh, como muchos otros detectives de la literatura y la pantalla, posee un conjunto de distintivas peculiaridades (Poirot apareció por primera vez en 1920, por lo que es probable que esta versión termine siendo comparada injustamente con personajes que no existirían sin el héroe de Christie). Sus rasgos físicos distintivos: viste un bastón y un absurdo bigote como el de un canoso Emiliano Zapata. Sus fijaciones obsesivo-compulsivas: siempre insiste en examinar la forma de sus huevos cocidos antes del desayuno y cuando pisa excremento, lo que le molesta no es haber manchado sus zapatos, sino la asimetría creada por tener un zapato manchado y el otro no. Poirot también tiene un don para lo llamativo y lo dramático: su resolución de un crimen al inicio de la película se convierte en una función callejera que convoca a un absurdo número de gente.

Poirot, se nos dice, es probablemente el mejor detective del mundo. Esto sale no sólo de su boca, sino también de varios personajes que se encuentra a lo largo de su viaje; hasta en el mundo de la película Poirot es un ícono. Su celebridad lo lleva a recibir una propuesta por demás extraña mientras viaja de regreso a casa a bordo del Expreso de Oriente, el famoso tren que alguna vez conectó a Estambul, Turquía con París, Francia.

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Ratchett (Johnny Depp), un sospechoso vendedor de arte (léase estafador), se le acerca pidiéndole protección. Notas le llegan constantemente, amenazándolo de muerte; “seguramente son los italianos,” dice refiriéndose a la mafia. Comentarios como éste (dirigidos también a un doctor de piel negra o un pasajero hispánico), por cierto, son otra razón por la que Murder on the Orient Express se siente como una rareza en el panorama cinematográfico de hoy. Las películas de ahora suelen tratar el racismo de una o dos maneras: como el tema principal de la película o como algo que no existe en su universo y que por lo tanto no es mencionado ni una sola vez. Es refrescante ver una película que lo aborda con la casualidad con que aparece en la vida diaria.

Poirot ignora la petición del estafador vagamente italofóbico, pero pronto descubre que sus sospechas no eran del todo injustificadas. Después de que el tren se descarrila durante una avalancha, los pasajeros encuentran a Ratchett asesinado en su cuarto con numerosas puñaladas en el pecho. El carro dormitorio estaba cerrado al resto del tren, por lo que el asesino muy probablemente se encuentra entre los viajeros de primera clase. Poirot, quien pensaba en tomarse el viaje en tren como una muy merecidas vacaciones, reúne a los pasajeros, interpretados por un elenco estelar. Penélope Cruz es una misionera española, Willem Dafoe un profesor austriaco, Judi Dench es una princesa y Olivia Colman su criada, Josh Gad y Derek Jacobi son empleados de Ratchett, Leslie Odom Jr. un doctor, Michelle Pfeiffer una rica mujer estadounidense, Daisy Ridley una institutriz, Sergei Polunin y Lucy Boynton un conde y su esposa y Manuel Garcia-Rulfo un empresario. Todos son sospechosos de homicidio.

El resto de la película encuentra a Poirot interrogando a los pasajeros y reconstruyendo los eventos en su cabeza. El guion de Michael Green trata de crear un Poirot matizado, mostrándolo llorar la muerte de un viejo amor y contemplando las diversas ramificaciones filosóficas y éticas de lo que acaba de pasar (él es de la idea de que el bien y el mal se pueden distinguir claramente y se equilibran o algo así). Quizá por temor a la respuesta del público contemporáneo a una película que se sitúa mayormente dentro de un tren, se sazona el trabajo investigativo de Poirot con vastos paisajes de Estambul y montañas nevadas (muchos de los cuales lucen muy claramente generados por computadora) y elaborados movimientos de cámara. Estos intentos por darle un sabor artificial y lo extravagante, así como su fotografía en celuloide de 65 milímetros (ella y Dunkirk son de las pocas películas recientes en usar este formato), la hacen una película a veces visualmente impresionante, aunque disminuyen el impacto que su claustrofóbica ambientación podría tener.

A pesar de sus efectos visuales y elenco, Murder on the Orient Express todavía se siente como una cápsula del tiempo. Es una mezcla no siempre exitosa pero igualmente inusual de lo nuevo y lo viejo. Ésta es la mejor razón para verla. Pero la novedad se disipa pronto y lo que queda al final es una historia con la que es difícil conectar y sentirse involucrado. Ya sea porque Ratchett es una víctima tan antipática (la vida personal y carrera reciente del actor quizá sólo hagan más difícil sentir algo por la muerte de su personaje), porque éste Poirot le debe más a una tierna caricatura que un hábil sabueso o figura trágica, o porque las vidas interiores de los sospechosos son casi inexistentes. Se siente más como un complicado acertijo que como una película. Y esos son aburridos cuando uno se sabe la respuesta. —AVR

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