Star Wars: The Last Jedi (2017)

Fue una audaz decisión por parte de los altos mandos de Lucasfilm y Disney llamar al autor detrás de Looper y The Brothers Broom.

por Alberto Villaescusa R.

(Star Wars: Los últimos Jedi, Rian Johnson, 2017)

Hubo mucho regocijo cuando se anunció que Rian Johnson sería el encargado de escribir y dirigir el octavo episodio de Star Wars. Fue una audaz decisión por parte de los altos mandos de Lucasfilm (quizá la única de la que no se retractaron) y Disney llamar al autor detrás de Looper y The Brothers Broom para encargarse del capítulo de en medio de su multimillonaria saga. Las películas de Johnson siempre se caracterizaron por laberínticas tramas y un irreverente sentido del humor; pero estas características superficiales en el fondo escondían una riqueza temática y personajes de moralidad complicada. Frecuentemente saturadas de ideas, nunca se volvían tediosas o infladas de más. Después de que el episodio siete, The Force Awakens, optara por irse a lo seguro, es con mucho placer que les informo que The Last Jedi es quizá la más audaz, madura y coherente película de Star Wars jamás hecha. Y es totalmente una película de Rian Johnson.

Abre inmediatamente después de los eventos de la anterior. La Resistencia, el debilitado cuerpo militar liderado por la general Leia Organa (Carrie Fisher, en su último papel antes de su trágica muerte al final de 2016) y lo único que se encuentra entre la galaxia y el totalitarismo, escapa de la tiránica Primera Orden. Rey (Daisy Ridley), una joven chatarrera con una afinidad innata con la Fuerza, el campo de energía que une a todos los seres y objetos de la galaxia, ha sido enviada a entrenar con Luke Skywalker (Mark Hamill), el último caballero Jedi sobrevivente, quien se exilió al primer templo después de su fallido intento de educar una nueva generación. Pero nada es tan fácil como parece. Las pocas naves de la Resistencia no bastan contra la enorme flota de la Primera Orden. Y Luke, quien ha cortado todos sus lazos con la Fuerza, no tiene el más mínimo interés en tomar un nuevo aprendiz.

La situación es desesperada, exactamente lo que la película necesita para sacar lo mejor y lo peor de sus nuevos héroes. Rey y los nuevos personajes que The Force Awakens introdujo a una galaxia muy, muy lejana fueron simpáticos desde el principio, pero nunca tan complejos y humanos como pudieron ser. The Last Jedi cambia todo esto. Poe Dameron (Oscar Isaac), el piloto as de la Resistencia que acabó con la tercera Estrella de la Muerte –perdón, la Base Starkiller- sigue siendo tan hábil detrás de un caza estelar, pero sus temerarias maniobras sólo comprometen más a una fuerza tan limitada como la Resistencia. Y Finn (John Boyega), un soldado que escapó de la Primera Orden y se convirtió en un héroe de la Resistencia, se revierte a su primer instinto, el de correr para salvar su vida sin importar a quienes deje atrás.

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En cuanto a Rey, finalmente se ahonda en el obsceno talento que la joven mostró en su primera aventura. De manera inteligente, Johnson la hace falible, no a pesar de su lazo con la Fuerza, sino como consecuencia de él. Su potencial para el bien es tan fuerte como su potencial para el mal y la película de verdad lo hace a uno dudar de qué lado de la Fuerza caerá finalmente. Le da la oportunidad de ser egoísta, insegura y arrogante, pero Ridley mantiene la calidez y sinceridad que le dio al personaje desde el principio. El deseo de Rey por ayudar a la Resistencia se entrelaza con su deseo por saber quién es y sus humildes orígenes la llevan a cuestionar cómo encaja en una guerra por el destino de la galaxia. Su confianza en sí misma y en la mitología de los Jedi la convence sobremanera de que puede salvar a Kylo Ren (Adam Driver), hijo de Leia y Han Solo y aprendiz de Luke, del lado oscuro de la Fuerza y de las manos de Snoke (Andy Serkis, a través de captura de movimiento), el líder supremo de la Primera Orden. Ren, por su parte, fue planteado desde el principio como uno de los personajes más complicados de la saga, una criatura de ira y capricho siempre tratando de demostrar su poder destructivo. Lo llevan en una dirección que es a la vez inesperada y totalmente acorde al personaje que conocimos desde el principio.

No es descabellado decir que las películas de Star Wars inspiran en sus aficionados un fervor casi religioso y que son lo más cercano que tenemos a una mitología moderna. Y el guion de Johnson ordena sus distintos elementos y multitudinario elenco de personajes para construir un mensaje complicado pero claro sobre cómo nos relacionamos con los mitos. En sus manos, la saga no sólo mira hacia el más allá, sino también dentro de sí misma. El cinismo de Luke y su decepción con el legado de los Jedi no es muy diferente del amoral instinto de supervivencia del personaje de Benicio del Toro, un sospechoso hacker con la idea de que es mejor no involucrarse y hasta cierto punto tiene razón. Se coloca a Finn y Rose (Kelly Marie Tran, todo un descubrimiento), una mecánica de bajo rango, en una sub-trama que parece no llevar a ningún lado pero refuerza la idea de que no siempre se puede ganar, un tema recurrente en una película sobre el saber cuándo persistir y cuándo ceder. Los mitos son a la vez un desesperado consuelo ante aquello que no nos atrevemos a enfrentar, pero también aquello de dónde extraemos la esperanza para salir adelante. Su final, tan poco característico para esta serie pero extrañamente apropiado, hace un fuerte argumento a favor de la creación de nuevos mitos en lugar de la repetición de los viejos.

Me encantó y salí de verla totalmente convencido de su grandeza. La película me divirtió en exceso, pero también me drenó emocionalmente. Sentí un vínculo inmediato con sus personajes pero también sentimientos complicados hacia ellos. La película cuestiona lo que personajes como Luke y Leia representan sólo para permitirles brillar con más fuerza, pero sus referencias al pasado nunca me conmovieron tanto como sus nuevos momentos destinados a volverse icónicos (estén atentos al momento en que la vicealmirante de Laura Dern toma control de un crucero estelar). Al mismo tiempo que la amé, entiendo a todo aficionado que se tarde en aceptar esta entrega o simplemente nunca lo haga. Antes de The Last Jedi, el sentido del humor de la serie nunca había sido tan irreverente y la Fuerza nunca se había parecido tanto a los absurdos poderes de los comics y el anime. Su estructura nunca había sido tan novelística, tan cercana a lo épico de Lord of the Rings.

Se parece tan poco al mundo que George Lucas imaginó hace cuarenta años con A New Hope. Pero al mismo tiempo, me hizo darme cuenta de que lo que extrañaba de la película original y de Empire Strikes Back, su primera y mejor secuela, no eran los efectos prácticos, el sutil misticismo y el tono semi-realista. Era el saber que detrás de ellas había una visión clara y una creencia absoluta en el potencial narrativo de este universo. Rian Johnson demuestra tener esta visión y fe, y la decisión de Lucasfilm de entregarle las riendas de una nueva trilogía es la mejor y más emocionante noticia que la franquicia ha tenido en mucho tiempo. The Force Awakens fue la película de Star Wars que yo pensé que quería: pulcra y bien actuada, pero familiar y reconfortante en el fondo. The Last Jedi es la película que no sabía que tan desesperadamente necesitaba. —AVR

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