A Ghost Story (2017)

por Alberto Villaescusa R.

(Historia de Fantasmas, David Lowery, 2017)

El título de A Ghost Story probablemente lleva a mucha gente a confundirla con una película de terror. No lo es, pero algo sobre la ella, tanto en su concepción como en su ejecución, es profundamente aterrador. A lo largo de nuestras vidas, el mundo que experimentamos siempre cambia, pero el hecho que estamos conscientes de que lo experimentamos, no. Historia de fantasmas es trata de ser una película sobre lo que se siente dejar de existir y experimentar el mundo.

El guion y la dirección son de David Lowery, una de las figuras más importantes y singulares del cine estadounidense reciente. La idea nació mientras trabajaba en la posproducción de Pete’s Dragon, una película modesta para Disney, pero la más grande en la que Lowery había trabajado hasta ese momento. A Ghost Story, hecha con un presupuesto de cien mil dólares, es una especie de regreso a sus raíces independientes. Se siente como un proyecto armado entre amigos (lo fue de alguna manera) con los recursos que tenían a la mano. Tiene la crudeza abstracta de un cortometraje estudiantil, pero la claridad de visión de un director consumado. Y por eso mismo, se siente como el vínculo más directo entre la personalidad del director y quien sea que la mire.

Casey Affleck y Rooney Mara interpretan a una pareja que vive en una pequeña casa en Texas. El planteamiento es simple. Sus personajes ni siquiera necesitan nombres propios (en los créditos, él aparece como “C”, ella como “M”). Ella se quiere mudar de ahí. Él no, pues se siente atraído a la historia del lugar. Una noche, un ruido los despierta. No lo pueden explicar, no parece ser nada. Los dos regresan a la cama, donde él la tranquiliza. La cámara se sostiene en cómo él coloca su mano sobre el corazón de ella y la besa. Pasan los días. Él choca su auto y fallece. Ella va a la morgue a identificar el cuerpo, que se encuentra cubierto por una sábana blanca. Cuando por fin queda sólo, él parece levantarse, arrastrando la sábana sobre su cuerpo. Dos orificios oscuros permiten asomarse hacia donde deberían estar sus ojos. Sí, luce exactamente como un fantasma en una caricatura de Scooby-Doo.

a ghost story poster

Él puede mirar a su alrededor, pero otros no lo pueden ver. Él regresa a su casa, donde su esposa trata de seguir adelante. Hay una muy larga toma estática en la que Rooney Mara come una tarta mientras trata de contener las lágrimas. La escena es tediosa, parece la clase de imagen que viene a la mente de los que odian el cine de arte cuando oyen hablar de cine de arte. Pero tiene un propósito. A medida que ella se muda fuera de la casa y una familia latina llega y construye su vida ahí, el tiempo empieza a moverse vertiginosamente. Los meses pasan tan rápido como él se mueve de una habitación a otra. Nos damos cuenta que empezamos a extrañar ese momento en que las cosas se movían lentamente, como lo hacen en tiempo real. Él está comprensiblemente frustrado. Él sigue igual pero el mundo sigue adelante y se le escapa de las manos. Se convierte en la clase de espíritu errante que sirve como villano en tantas películas de terror, pero sus acciones tienen sentido. El jugar con las luces, el dejar caer objetos, no es una expresión de maldad sino de impotencia.

El paso del tiempo es un tema central en A Ghost Story. También lo son los temas cercanos de la permanencia y la inmortalidad. Los siguientes ocupantes de la casa –después de que la familia latina la abandona, probablemente muerta de miedo– organizan una fiesta en la que uno de los asistentes (Will Oldham) da un monólogo sincero y fatalista de esos que sólo son capaces los borrachos. La música y la literatura, dice, son las formas en las que tratamos de durar para siempre dado que nos mantienen en la memoria de los demás. Pero al final, incluso si la humanidad sobrevive a un cataclismo climático o al colapso del sol, no vamos a poder sortear el encogimiento del universo. ¿Entonces para qué hacer cómo que nuestra existencia significa algo?

Es una película abstracta y surreal, pero también una directa y sincera. A ratos podemos pasar por alto el significado de un momento particular, pero la premisa simple (hombre muere, su espíritu se atora en la tierra) y el punto de vista único (vemos todo como lo ve él) la hacen extrañamente fácil de seguir. Más que las ideas, son las emociones lo que mueven. Aun cuando la estructura puede desorientar, el poder de las imágenes y la íntima escala conmueven. Quizá el momento individual más poderoso es aquel en que Rooney Mara se encuentra recostada en el suelo mientras escucha una canción que su esposo compuso para ella. El espíritu de él observa de cerca. Ella por supuesto no puede verlo, pero por un instante parece regresar al momento en que él le enseño la canción por primera vez.

Lo sobrenatural sobre siempre ha sido una forma de explicar o enfrentar aquello que está más allá de la lógica o la razón. David Lowery se enfrenta a preguntas poderosas. Interactuamos con el tiempo de forma lineal, pero ¿acaso no lo hacemos también a través de los recuerdos? ¿Qué es lo que nos hace sentir tan arraigados a ciertos lugares? Sus respuestas no son cómodas ni definitivas. Es igualmente un tributo a las sensaciones que experimentamos durante la vida, al milagro de la mera existencia y al poder del cine para expresar este júbilo. Hay algo triunfal sobre una película que puede tranquilizarnos al mismo tiempo que dice que nuestras vidas no duran más que el tiempo que las que experimentamos. Nuestras vidas no valen a pesar de lo poco que duran. Valen tanto precisamente porque duran tan poco. —AVR