Black Panther (2018)

Las historias de superhéroes siempre han sido fantasías para los más jóvenes, pero en un nivel más profundo, también han sido una forma indirecta de enfrentar problemas políticos y sociales.

por Alberto Villaescusa R.

(Pantera Negra, Ryan Coogler, 2018)

Es inteligente de Black Panther abrir con los niños. Su primera secuencia (la primera después del obligatorio prólogo narrado) es típica dentro del cine de superhéroes: una misteriosa conversación en la que se plantean el héroe, el villano y el McGuffin. Pero el director Ryan Coogler, a través de un plano secuencia virtuoso y enérgico, por un momento logra que se nos olvide que estamos viendo una película de Marvel, nos invita a identificarnos, no con los hombres que intercambian información relevante para la trama en un apartamento de un barrio afroamericano de Oakland, California, sino con un grupo de niños jugando basquetbol varios pisos abajo.

Las historias de superhéroes siempre han sido fantasías para los más jóvenes, pero en un nivel más profundo, también han sido una forma indirecta de enfrentar problemas políticos y sociales. La discriminación fue un tema recurrente en las numerosas iteraciones de los X-Men. Hulk fue una reacción al peligro postulado por la maquinaria de guerra nuclear. El vecindario al inicio nos recuerda las varias formas de desigualdad que la población afroamericana de Estados Unidos enfrenta hasta hoy (ni siquiera tienen una canasta para jugar, así que hacen una con una tabla de madera y una caja de plástico). Pantera Negra no sólo es el héroe de la película, también podría ser el héroe de estos niños.

Que el término Black Panther se refiera tanto a un personaje de los cómics como a los miembros de una organización militante y activista es casi seguramente una coincidencia: ambos aparecieron por primera vez en 1966 y los cómics brevemente jugaron con cambiarle el nombre al personaje, algo que no duró. Pero la conexión parece no haber pasado desapercibida por el director Ryan Coogler y su co-guionista Joe Robert Cole (¿adivinen en qué ciudad aparecieron los Panteras Negras por primera vez?), quienes llenan su película de referencias a problemáticas del pasado y el presente. La acción se sitúa principalmente en el país ficticio de Wakanda, una nación africana construida sobre una masiva mina de vibranio, el valiosísimo metal del que está hecho el escudo del Capitán América. Una rica y próspera nación disfrazada de un país del tercer mundo, organizada mediante tribus pacíficas con imponentes ejércitos, Wakanda es una imagen de lo que la África rica en recursos pudo haber sido si la colonización europea nunca hubiera ocurrido.

A su héroe ya lo conocimos en Civil War. T’Challa (Chadwick Boseman), el príncipe de la nación y superhéroe, está listo para ascender al trono de Wakanda tras la muerte de su padre en la otra película. En caso de que ser el rico rey de una próspera nación no bastara para ser el superhéroe más envidiable de la historia, la película lo muestra también como una especie de James Bond. La primera parte ve a T’Challa infiltrarse a un lujoso casino en Busan, Corea del Sur para atrapar a Ulysses Klaue (Andy Serkis), un traficante de armas y uno de los enemigos más grandes de Wakanda, quien se acaba de hacer de un cargamento de vibranio. La escena en que Shuri (Letitia Wright), la hermana de T’Challa y una experta en tecnología, le muestra su nuevo traje hasta hace eco a los juguetones momentos en que icónico espía británico recibe sus ridículos gadgets.

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Klaue está aliado con Erik “Killmonger” Stevens (Michael B. Jordan), un feroz soldado criado en Estados Unidos pero nacido en Wakanda que aspira a quitarle el trono a T’Challa. Killmonger es el villano más político del universo de Marvel, pero también quizá el mejor. Cómo los hijos de muchos presidiarios estadounidenses, Erik es un joven negro obligado a crecer sin un padre. Motivado parcialmente por una sed de venganza, Erik se ha radicalizado y busca que la población afrodescendiente del mundo se rebele contra sus opresores. No sólo quiere ser el nuevo rey de Wakanda, quiere consolidarla dentro de un imperio que se extienda por el resto del mundo. Él es un complemento ideal para el personaje de T’Challa, quien defiende la idea de una nación aislada de los problemas del mundo, y Jordan lo interpreta con una juvenil prepotencia y carisma; Killmonger es la clase de villano que no se detiene ante nada para obtener lo que quiere, pero que también uno capaz de reírse cuando su enemigo le da un golpe bien acertado.

El elenco es en general excelente, ocupado por actores negros tanto establecidos como emergentes. Además de Boseman y Jordan, la película tiene papeles sustanciales para Lupita Nyong’o, Danai Gurira, Forest Whitaker, Daniel Kaluuya y Angela Bassett. Letitia Wright, quien tiene una burlona y desafiante química con Boseman, es una revelación y la principal fuente de humor (el cual es poco para los estándares de una película de Marvel). Andy Serkis (en el raro papel que no lo esconde detrás de efectos especiales) y Martin Freeman tienen divertidas participaciones como un trastornado villano y un serio pero bien intencionado agente de la CIA, respectivamente. Hay elementos técnicos de la película que son ocasionalmente impresionantes. Texturas de madera, piedra y murales enriquecen los típicos ambientes creados por computadora. Sus edificios futuristas conservan una influencia de arquitectura tradicional africana. Los coloridos vestuarios y la partitura de Ludwig Göransson parten de pautas similares; si bien a primera vista recuerdan el exotismo con el que Hollywood típicamente retrata al continente, Coogler aborda estos elementos con reverencia, como una extensión natural de una cultura de verdad.

Está hecha con más cuidado y energía que la típica película de Marvel. El problema es que sigue siendo una película Marvel y por lo mismo repite los pecados de una franquicia cinematográfica con poco interés en lo cinematográfico. Coogler crea una que otra genial imagen: hay paisajes que son ocasionalmente asombrosos y bien coreografiados planos secuencia que nos desplazan de manera emocionante por el espacio. Pero los efectos especiales generados por computadora y la fotografía les roban el impacto a las secuencias de acción. Los personajes rara vez parecen existir en el mismo plano que sus entornos digitales y escenas como las peleas ceremoniales que tienen lugar en el borde de una cascada, parecen ensambladas de material insuficiente, filmado muy de cerca y con una cámara que se movía demasiado. Es difícil creer que la misma persona que dirigió Creed tuvo algo que ver con esto.

Black Panther a la vez representa lo que el cine de superhéroes debería y no debería ser. Por un lado, es la más reciente película multimillonaria que confunde efectos visuales con ingenio visual y que culmina en un momento con un clímax olvidable en el que muchas cosas explotan en una locación anónima. Por otra parte, tiene un guion inteligente con un drama conmovedor, está llena de buenas actuaciones y personajes carismáticos; provee escapismo al mismo tiempo que es una inyección de esperanza y una invitación para enfrentar los problemas del mundo real. La escena a la mitad de los créditos es apenas más sutil que el monólogo de Chaplin al final de The Great Dictator, pero no puedo discutir que la película se la había ganado. Creí su mensaje a pesar de sus muchas carencias. —AVR

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