Death Wish (2018)

Como paranoica fantasía de poder es algo curiosa. Una ventana a la mentalidad que lleva a muchos a pensar que la respuesta a problemas como la violencia es que no hay suficientes armas. Todos queremos pensar que somos ese tipo bueno con la pistola.

por Alberto Villaescusa R.

(Desdeo de Matar, Eli Roth, 2018)

La única forma de detener a un tipo malo con una pistola, es con un tipo bueno con una pistola” es algo que se repite mucho en el debate sobre la ética y la legalidad de las armas de fuego en Estados Unidos, y una frase que sería reconfortante si la moralidad fuera tan simple como en películas como Death Wish. El estreno de la última película de Eli Roth es por supuesto inoportuno, ésta llega a cartelera tan sólo un par de semanas después del tiroteo en Parkland, Florida que acabó con la vida de diecisiete personas. Como un drama de acción centrado en un hombre que busca venganza, es algo inconsistente, tediosa y simplista. Pero como una paranoica fantasía de poder es algo curiosa, una ventana a la mentalidad que lleva a muchos a pensar que la respuesta a problemas como éste es que no hay suficientes armas. Todos queremos pensar que somos ese tipo bueno con una pistola.

Se desarrolla en Chicago, pero las transmisiones de radio con las que abre hacen que la ésta parezca menos una metrópolis del primer mundo y más una zona de guerra. Voces sobresaltadas nos llenan la mente de asesinatos y tiroteos. El héroe es Paul Kersey (Bruce Willis), quien como cirujano de emergencias está acostumbrado a lidiar directamente con esta clase de violencia. Paul vive en un lindo vecindario con su esposa Lucy (Elisabeth Shue) y su hija Jordan (Camila Morrone), quien está por irse a estudiar a la universidad en Nueva York. La película nos muestra a la familia a lo largo de un día prácticamente perfecto. Después del partido de futbol de Jordan, los tres comen en un restaurante acompañados del hermano de Paul, Frank (Vincent D’Onofrio). Los actores comparten una química y espontaneidad que nos hace creer que de verdad se la están pasando genial. No hay felicidad como la de una familia que está por ser brutalmente asesinada al inicio de una película.

Para el mérito de Roth, el ataque que deja a Lucy y a Jordan fuera de escena ocurre en pantalla y nos da oportunidad de conocer un poco más a personajes que básicamente sirven como carne de cañón. La secuencia en que madre e hija enfrentan a un grupo de hombres que se mete a la casa con la intención de robar es un pequeño y efectivo thriller de invasión doméstica. Las dos tienen miedo pero no están totalmente indefensas, encuentran formas ingeniosas de sortear a sus atacantes. Al final, por supuesto, no son rivales para unos disparos certeros; Lucy fallece mientras Jordan entra en un conveniente coma.

El caso queda en manos de los detectives Raines (Dean Norris) y Jackson (Kimberly Elise), a quienes la película muestra como competentes y determinados, pero abrumados por la enorme cantidad de casos que tienen en sus manos. Frustrado por su falta de progreso, Paul toma una decisión audaz y alquila tres anuncios cerca de su casa para denunciar a la policía. Me equivoco, su solución es mucho menos creativa. Consigue una pistola y empieza a desquitarse con personas que encuentra cometiendo crímenes, con la vaga esperanza de llegar a los hombres que le arrebataron a su familia.

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Basada en Death Wish de 1974, ésta versión actualiza el vigilantismo callejero de Charles Bronson para la era digital. Un transeúnte graba las hazañas de Paul con su teléfono celular y pronto todos los medios empiezan a hablar de él bajo el sensacional nombre de “El Ángel de la Muerte”. Con el tiempo, hasta se convierte en un meme. No es que esto haga mucha diferencia. Toda discusión de la moralidad del vigilantismo se limita a comentaristas anónimos que nunca interactúan con la historia y la celebridad de Paul pronto se vuelve irrelevante.

Más tiempo se le dedica a Paul lamentando la muerte de su esposa y el coma de su hija y puliendo sus habilidades con las armas mientras suena “Back In Black”; como resultado, la película se mueve a un ritmo lento e incierto y Paul empieza a parecerse menos a Travis Bickle y más a un papá suburbano en su crisis de la mediana edad. Hay una simpática escena en la que Paul se acerca a una tienda armas: él pregunta por el seguramente complicado procedimiento para adquirir un arma y la alegre muchacha que lo atiende se ríe. Pero tomando en cuenta el desarrollo de la película, ésta se convierte menos en un comentario satírico y más en un cruel recordatorio de las pocas trabas que previenen que cualquiera cometa un crimen violento.

Eli Roth, una de las figuras más visibles del cine gore y protegido de Quentin Tarantino, crea violencia que impacta y ocasionales momentos de divertida comedia negra. La escena en que Paul tortura a uno de los ladrones con líquido para frenos, otra que lo ve defendiéndose de agresores con objetos varios en una casa de empeño, son ejemplo de ello. Hay también una escena tensa en la que Kersey se encuentra con un hombre en el elevador del hospital y poco a poco se da cuenta de que es uno de los asesinos de su esposa. Pero Roth es menos hábil a la hora de navegar el tono de la película. A ratos trata de ser una seria exploración del duelo y la impotencia. Las escenas en que Paul trata de explicar lo que siente están presentadas con solemnidad, la película de verdad quiere que sintamos algo por él. Pero en otros momentos se convierte en un mero héroe de acción y toda su humanidad se sale por la ventana. En menos de dos horas pasa de ser John McClane en Die Hard a John McClane en Die Hard 4.0.

Al igual que quienes perpetran la violencia en la vida real, no existe en un vacío, sino producto de su entorno. Para que la búsqueda de Paul esté justificada, él mundo tiene que estar lleno de gente malvada y la policía tiene que estar con las manos atadas. No importa si esto es real, basta que se sienta real. No hay que escarbar mucho para ver de qué miedos la película se aprovecha; aunque sus villanos son hombres blancos, cada vez que tiene que mostrar a Chicago como una tierra sin ley, la película corta a pandilleros negros o latinos. Pero al mismo tiempo que su punto de vista es horripilante, casi podemos entender lo que su protagonista siente. Su fracaso al proteger a su familia y su herido orgullo masculino. Death Wish es, en el mejor de los casos, una película aburrida y superficial. En el peor de los casos es deplorable e insultante. Pero sin duda existe y lo mejor que podemos hacer es aprender de sus errores y de los nuestros. —AVR

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