Isle of Dogs (2018)

Ver una película de Wes Anderson es como hojear viejas revistas de National Geographic. Parece tener una genuina fascinación por las culturas, sus artefactos y la historia; sin embargo, también es propenso a la idea de tratarlas como algo exótico y diferente.

por Alberto Villaescusa R.

(Isla de Perros, Wes Anderson, 2018)

Vi Isle of Dogs en el cine en su idioma original y subtítulos al español. La película, una simpática fantasía protagonizada por humanos y perros parlantes, está hablada en inglés y japonés casi en igual medida. La copia que vi subtitulaba los diálogos en inglés, pero no los diálogos en japonés. Tiene sentido que se le dé prioridad al primer idioma, pues es una producción estadounidense, y la obra de un director norteamericano. En un nivel dramático, la decisión también tiene sentido, pues hace que nos identifiquemos más con los perros (cuyos ladridos son “traducidos” al inglés) que con los humanos (quienes en su mayoría hablan japonés). El uso de idiomas diferentes es deliberado; tiene la intención de crear barreras entre sus personajes, pero invita a una pregunta: ¿qué hay para las personas que hablan japonés y ven la película? Puede que entiendan lo que los personajes dicen, pero no necesariamente lo que el director trataba de decir. 

Situada en un Japón futurista, imaginado preciosamente con ayuda de animación stop-motion es un buen lugar para abordar el papel que la raza y la etnicidad juegan en el cine de Wes Anderson. En sus películas, basadas en elencos mayormente blancos, no es anormal que aparezca uno que otro personaje de extranjero, típicamente surasiático, más como decoración que como parte de la historia. Kumar Pallana, uno de sus colaboradores más cercanos, ocupó este rol en varias de sus películas. Darjeeling Limited, sobre tres hermanos estadounidenses que van a la India tras la muerte de su padre, fue una de sus películas más criticadas precisamente por esta razón. No hay necesidad de suponer que Anderson hace esto con mala intención, es meramente producto desafortunado de su enfoque. 

Su cine siempre se ha caracterizado por una mirada, tanto reverente como crítica del pasado. Varios de sus momentos más memorables vienen acompañados de la música de The Rolling Stones, The Kinks; canciones tanto o más viejas que el mismo director. Sus ambientes, como la casa de la familia Tenenbaum o el equipo submarino de Steve Zissou, parecen haber sido diseñados como reliquias de varias décadas. De ahí su encanto. Si bien cada una de sus películas está construida con atención artesanal, su mundo sugiere una profunda historia vivida.

Por mucho tiempo he comparado el sentimiento de ver una película de Wes Anderson con el de hojear viejas revistas de National Geographic. Como tal, Anderson parece tener una genuina fascinación por las culturas, sus artefactos y la historia contenida dentro de ellos; sin embargo, también es propenso a la idea de tratarlas como algo exótico y diferente. Lo que nos trae de regreso a Isle of Dogs, en la que la cultura japonesa es inescapable pero también totalmente secundaria; una vestimenta elegida porque sí para una historia que podría haberse contado en cualquier otra parte. Su imagen de Japón se limita a símbolos que una visión occidental instantáneamente puede casualmente reconocer: peleas de sumo, paredes de papel y cerezos.

Veinte años en el futuro, la metrópolis de Ciudad Megasaki se ve afectada por una epidemia de gripe en su población canina. El totalitario alcalde Kobayashi (voz de Kunichi Nomura) ordena el destierro de todos los perros, callejeros y domésticos por igual, a una isla basurero llamada apropiadamente Isla Basura. Kobayashi es el principal villano, pero también un patriarca distante y presuntuoso, una figura recurrente en las películas de Anderson. El alcalde es algo así como Bill Murray en The Life Aquatic of Steve Zissou o Gene Hackman en The Royal Tenenbaums para su sobrino Atari Kobayashi (Koyu Rankin), quien pasó a su cuidado después del accidente de trenes que lo dejo huérfano. En todo el tiempo que pasó en casa de su tío, Atari formó su única relación duradera con un perro guardián llamado Spots (Liev Schreiber).

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Pero Spots, por decreto del alcalde, fue el primer perro enviado contra su voluntad a la Isla Basura. Atari, desafiándolo, roba un avión y vuela a la isla queriendo recuperar a su perro. No será fácil: la isla es grande y llena de peligros y las autoridades están siempre un paso atrás, pero Atari pronto se hace de la ayuda de una tribu de perros liderada por el callejero Chief (Bryan Cranston) y completada por un cuarteto de perros domésticos con voces prestadas por los colaboradores frecuentes de Anderson: Edward Norton, Bob Balaban, Bill Murray y Jeff Goldblum.

La estética stop-motion ayuda a que se convierta en una de las películas más visualmente ricas que Anderson ha hecho (y eso es decir mucho). Su sentido del humor, muchas veces nacido de la idea de niños actuando como adultos, puede ir un poco más lejos (uno de sus mejores chistes involucra una adolescente en un bar pidiendo una leche con chocolate y lanzándolo a la pared como un ebrio enojado). Su tecnología es una mezcla de futurismo con aparatos del siglo XX. Hay máquinas voladoras y perros robots, pero sus diseños son pesados y robustos.

Al mismo tiempo que es una de las películas más fantásticas de Anderson, casi una obra de ciencia ficción, es también de las que más comenta sobre la realidad de su tiempo. Es una película con un mensaje político, sobre el abuso del poder, la xenofobia y la importancia de rebelarse contra un sistema opresor. No es mi intención hacer referencia a Donald Trump en cada reseña que escribo, pero Isle of Dogs parece de alguna forma alentar comparaciones. Es difícil no pensar en el actual presidente de EUA, conocido por atacar a la prensa e ignorar el consenso científico en lo que se refiere al cambio climático cuando dos de los personajes principales de la película son una tenaz periodista adolescente (Tracy de Greta Gerwig, una estudiante estadounidense de intercambio y uno de los pocos personajes humanos que habla inglés) y un científico (Akira Ito) a quién el villano se esfuerza por borrar del mapa.

Todo esto la hace una película contradictoria. Sí, su interpretación de Japón puede tomarse como apropiación cultural (un término que, contrario a lo que muchos piensan, no presupone una condena de la obra), pero también es la primera película de Anderson que trata de preguntarse qué se siente ser el “otro”. Sus perros son víctimas de un esfuerzo deliberado por robarles su individualidad y su dignidad. Chief, quizá lo más parecido a un protagonista que la película tiene, se ha empezado a ver desde hace tiempo únicamente como un callejero. Ha internalizado su situación casi por completo.

Qué siento por Isle of Dogs, y qué sentiré por ella en un tiempo, de eso no estoy seguro. Tiene menos que ver con su situación cultural o su política que con algo que he experimentado con casi todas las películas de Wes Anderson: nunca me gustan tanto cuando las veo por primera vez. Tiene que ver con la abundancia de detalles que contienen y lo superficiales que parecen a primera vista. Muchas veces me es necesario regresar más de una vez a sus chistes y juegos para ver si esconden algo más profundo. Casi siempre lo hacen. Tómese ésta crítica como un indicador de cómo me siento en un momento, y un recordatorio de que la apreciación del cine, como de cualquier arte, no es algo estático, sino una continua conversación. —AVR

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