You Were Never Really Here (2017)

Joaquin Phoenix es uno de los mejores actores de su generación. Su trabajo aquí es monumental, una combinación de brutal violencia y un irresistible rastro de dulzura. Luce cansado constantemente, pero su presencia nunca se deja que percibir. Cuando sentimos que “no está ahí,” nosotros desaparecemos con él.

por Alberto Villaescusa R.

(Nunca estarás a salvo, Lynne Ramsay, 2017)

You Were Never Really Here es la crónica de un estado mental. A través de imágenes y con mínimas explicaciones (como toda película debería), no sólo de una vida de trauma y aislamiento muy particulares, sino cómo se sienten en el fondo. Es una película difícil e incómoda, pero también una liberadora. Movió algo dentro de mí. Es sobre un veterano de la guerra convertido en un justiciero solitario, comparte mucho de su ADN con la obra maestra de Martin Scorsese Taxi Driver. La influencia se nota en elementos de la trama –hay un político de alto nivel y una niña que es víctima de tráfico sexual– pero también en la mirada perdida de su protagonista Joe (Joaquin Phoenix), cuando éste voltea a las calles de Nueva York mientras maneja solitario.

Joe es lo que pasaría si el protagonista de Taxi Driver hubiera convertido ese incidente aislado de violencia en una carrera más o menos regular. Joe lleva una vida rutinaria. Vive con su madre anciana, quien constantemente lo necesita y, la película sugiere, tiene que lidiar con sus propios traumas. De vez en cuando, a través de un complicado sistema de intermediarios, se pone en contacto con McCleary (John Doman), quien le deja un trabajo como asesino a sueldo. El más reciente involucra a un político que quiere recuperar a su hija, secuestrada para tráfico sexual. Joe debe rescatarla y hacer que los responsables “paguen por ello”.

Joe es una de las más brillantes actuaciones en una filmografía donde éstas abundan. Con papeles centrales en obras maestras como The Master y Her, y casi obras maestras como The Immigrant e Inherent Vice, no es exagerado decir que Joaquin Phoenix es uno de los mejores actores de su generación. Su trabajo aquí es monumental, una combinación de brutal violencia y un irresistible rastro de dulzura. Luce cansado constantemente, pero su presencia nunca se deja que percibir. Cuando sentimos que “no está ahí,” nosotros desaparecemos con él.

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El crédito le pertenece también a la directora y guionista Lynne Ramsay. Si la actuación de Phoenix nos introduce a un perturbado estado mental, Ramsay nos lleva todavía más adentro. La música de Jonny Greenwood –de los compositores de cine contemporáneos, uno de los que mejor exploran los sonidos disonantes– en conjunto con el resto del diseño sonoro, hacen de su mundo uno de constante ruido y sinsentido. Ramsay de vez en cuando corta hacia imágenes de la niñez de Joe, o su servicio militar en el Medio Oriente. Son tomas de la cara de un niño, de un pie en la arena. Lo que las provoca muchas veces es una mera sensación, algo tan simple como el pisar una alfombra. Éstos flashbacks no buscan explicarnos algo. Al principio ni siquiera podemos contextualizarlos o darles forma. Pero poco a poco revelan un trauma complejo. A nosotros los espectadores, estas imágenes nos confunden y nos sacan de la historia. Para Joe, son paralizantes.

Y es poco a poco que nos damos cuenta de que para él, hacer tolerables los días requiere de un esfuerzo casi sobrehumano. Es un sufrimiento constante, pero tampoco es fácil ponerle fin. Él contempla tirarse a las vías del tren elevado y más de una vez trata de asfixiarse con una bolsa de plástico. Pero por más que lo intenta, siempre hay algo, algo muy primitivo, que lo hace regresar. Y no sólo es regresar a una vida miserable en la que todo es ruido, la gente parece existir en otro mundo y ninguna entiendo qué es lo que siente. Es regresar con el conocimiento de que pudiste ponerle fin a todo y en el último momento te acobardaste.

Pero Joe no está solo. Nina, la niña que tiene que rescatar, ha vivido su propio infierno y su forma de lidiar con él no es tan diferente. Apenas se mueve o habla, y su mirada está tan perdida como la de Joe. Cómo él, parece pensar que entumecer todo sentimiento es mejor que revivir aquello por lo que ha pasado. Ekaterina Samsonov, la joven actriz que la interpreta, logra una sutil profundidad que está al nivel de Phoenix. Sus acciones son mínimas, pero llenas de impacto y humanidad. Hay algo sobre su primer encuentro con Joe, en el que no reacciona hasta lo que parecen varios minutos después, que se siente tan real.

Al mismo tiempo que hace a Nina humana y complicada, la película está consciente de lo fácil que hubiera sido reducirla a un objeto. Nótese la decoración de la mansión de uno de los hombres que está por abusar de ella, decorada con estatuas y pinturas de cuerpos femeninos jóvenes. Nina parece una extensión de ésta; un objeto de belleza, pero finalmente un objeto. You Were Never Really Here ve a una persona completa, una colección de experiencias, capaz de entender y ser entendida. Y ese entendimiento, ese simple vínculo humano, es lo que finalmente, por lo menos por un momento, convierte una miserable existencia en un bello día. —AVR

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