Eres Mi Pasión (2018)

A ratos recuerda una comedia clásica de Hollywood. Está presentada con colores chillantes, composiciones cuidadas y planos abiertos. No siempre funciona, pero se aprecia el esfuerzo por ampliar las posibilidades estéticas de una comedia romántica.

por Alberto Villaescusa R.

(Eres mi pasión, Anwar Safa, 2018)

Siempre he sido de la idea de que el cine comercial puede tratar temas tan serios como cualquier película independiente o de cine de arte. Aspirar a algo más que “sólo entretener” no tiene por qué enajenar al público, de hecho, es todo lo contrario. Es más fácil engancharse con personajes que enfrentan problemas humanos y no aquellos que hemos visto miles de veces en otras películas. Eres mi pasión puede no ser el mejor ejemplo, pero es lo que pasa cuando a una idea llamativa y fácil de explicar –una comedia romántica sobre un adicto al fútbol– se le inyecta un poco de realidad. Tanto como se apega a las reglas del género, la película también se compromete a la idea de que su protagonista es un adicto, y a ratos logra atinadas observaciones a cómo funciona esta mentalidad.

Hay detalles trillados y demasiado jocosos que, en un principio, sugieren una película mucho peor. Su protagonista, Pedro (Mauricio Isaac), es seguidor del futbol al punto de la exageración. No sólo no se pierde ni un partido en el estadio y en la tele, su afición ha cambiado hasta su habla diaria: dice “¿me puedes poner la repetición?” en lugar de “¿qué dijiste?” y se refiere a que lo corran de la casa como una “roja directa”. Momentos de su día son narrados por Christian Martinolli como si fueran jugadas en una transmisión de televisión. Detalles como éstos, más abundantes en el primer tiempo (¡yo puedo hacer chistes también!), son menos chistes que referencias, y se vuelven tediosos rápidamente, y la trama misma nace de la clase de engaño marital que sólo sucede en las malas comedias: sin antes consultarlo con su esposa Luly (Mariana Treviño), una talentosa repostera, Pedro saca un préstamo de más de 300 mil pesos y lo usa para comprar boletos del mundial en Rusia.

Pero por cada cliché y referencia sólo para aficionados, contiene detalles que sugieren que su historia, por más absurda que sea, tiene alguna base en la realidad. El departamento de la pareja, aunque llena de colores brillantes que no esconden que estamos viendo una comedia, capturan lo acogedor de un hogar de clase trabajadora. Hugo (Cosmo González), el hijo de ambos, que se vive pegado al celular y haciendo videoblogs, es poco más que un extra glorificado, pero tiene divertidos chistes –como cuando se le poncha una llanta al carro de Luly y él, en lugar de ayudarla, hace un video al respecto– y ayuda a sugerir una familia fragmentada, aislada en intereses individuales. El trabajo de Pedro, de instructor y administrador de una escuela de manejo, nos dice que no todo en su vida es futbol; él es un conductor hábil, aun si esto sólo le sirve para llegar a tiempo a los partidos. Pero el que la escuela se la haya heredado su padre también cuenta que no tiene ambición propia, que está cómodo con que las cosas sucedan siempre y cuando no intervengan con el último partido del Cruz Azul.

El verdadero corazón de la película aparece una vez que Luly se entera de los boletos, corre a Pedro de la casa y él, dándose cuenta por fin de que tiene un problema, decide dejar el futbol y se une a Alcohólicos Anónimos –esto después de hacer un test en internet sustituyendo el alcohol por el futbol y darse cuenta de que es un “futbólico”. Furia (Silverio Palacios), un compañero de AA quien se termina convirtiendo en su padrino, es quizá el personaje más conmovedor de la película. Palacios cautiva desde su primera escena, en la que relata su más reciente recaída, y su personaje más adelante se entrega de lleno a ayudar a Pedro porque entiende que tocar fondo es tan fácil como dejarse llevar por un instante de flaqueza emocional.

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Comedia romántica o no, la película entiende que es difícil separar aquello que nos hace sentir bien de aquello que nos hace mal cuando éstas dos son la misma cosa. La rehabilitación es algo que no se puede hacer a medias. Y es aún más difícil cuando esa misma cosa a la que uno está insanamente enganchado es la base de relaciones cercanas; tratar de dejar aquello a lo que uno es adicto significa entonces estar sólo y vulnerable.

Eres mi pasión pone todas estas ideas sobre la mesa sin dejar de ser divertida. Es más, los momentos que deberían ser los más serios son también los que contienen las mayores risas. La historia que cuenta Pedro en su primera sesión de AA, de cómo inició su adicción, introduce graciosas complicaciones. Como no se atreve a decir que no es alcohólico, pero igualmente quiere recibir el apoyo del grupo, sustituye al futbol por la bebida y dice que empezó a tomar diariamente desde los ocho años por una sirvienta de sus padres. Cuando éste le pide a la empleada de la limpieza de la escuela de manejo (Norma Angélica) para que se haga pasar dicha mujer –a quien el Furia ha llegado a odiar por enganchar a un niño de ocho años a la bebida– las cosas terminan tan bien como uno esperaría.

Hay elementos que pudieron aprovecharse mejor y Mariana Treviño es quizá el primero que viene a la mente. Considerando que es la esposa de un adicto, ella debería sufrir casi tanto como él. Pero la historia que la película le ofrece le sienta bien: Luly atrae la atención de uno de sus vecinos (Juan Pablo Medina), empresario restaurantero que, es claro, está interesado en algo más que sus pasteles. Ella reacciona, no tanto porque corresponde sus sentimientos, sino porque se deja llevar por alguien que le presta atención y valora su trabajo, algo que Pedro nunca hizo. Y aunque al principio la película no nos da una razón buena para que la pareja esté junta, las actuaciones de Isaac y Treviño revelan un palpable cariño entre los dos.

El director Anwar Safa y su cinefotógrafo Guillermo Granillo dan un brillo que a ratos recuerda una comedia clásica de Hollywood. La película está presentada con colores chillantes, composiciones cuidadas y planos abiertos. Hay un efectivo plano secuencia en el que Pedro, después de que decide no volver a ver el futbol, esquiva las pantallas transmitiendo un partido, mientras compra en un mercado. Transiciones ingeniosas, como una que nos lleva de, preguntar por la salud de un personaje secundario a un funeral, le inyectan dinamismo. Éstas no siempre funcionan, a veces distraen en lugar de complementar la historia, pero se aprecia el esfuerzo por ampliar las posibilidades estéticas de una comedia romántica.

Pudo haberse conformado con mucho menos. Técnicamente es la más reciente película mexicana en aprovecharse de la fiebre mundialista pero, aunque le hace promoción al mundial y al Cruz Azul (el logo del equipo aparece en más tomas que la mayoría de sus personajes), no deja que éstas marcas definan lo qué es. Como metáfora de las adicciones, no es perfecta (si se interpreta como tal, el final, me atrevo a decir, es algo horripilante), pero navega con habilidad esa fina línea entre la diversión escapista y la psicología de las adicciones. No es de esos que pasan a la historia, pero es a final de cuentas un gol. —AVR

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