Jurassic World: Fallen Kingdom (2018)

Fallen Kingdom funciona tan bien como una película individual, que uno quisiera olvidar está relacionada con una pasada, y sienta las bases para una película que todavía está por venir.

por Alberto Villaescusa R.

(Jurassic World: El reino caído, J.A. Bayona, 2018)

Así como sucede con las de Alien, es difícil hacer una secuela de Jurassic Park que se sienta fresca. Para la segunda o tercera vez que se intenta revivir o rescatar criaturas asesinas, sus personajes se sientan como idiotas que nunca aprenden. Esto fue especialmente cierto para Jurassic World de 2015 que, en un intento de criticar el cínico comercialismo y la explotación de la nostalgia se terminó convirtiendo en un ejemplo de lo mismo que decía criticar. Dirigida con mínima competencia por Colin Trevorrow y con protagonistas que desafortunadamente no terminaron como comida para dinosaurios, fue muy probablemente el peor blockbuster estadounidense del 2015. Sobra decir que no estaba muy emocionado por su eventual secuela, ni siquiera cuando Trevorrow dejó la dirección y esta quedó en manos del español J.A. Bayona, quien hizo la visualmente impresionante pero fría A Monster Calls.

Las bajas expectativas pueden haber ayudado mucho, pues Fallen Kingdom me atrapó desde el principio con una secuencia en la que un grupo de salvamento regresa a lo que queda del parque de diversiones Mundo Jurásico para recuperar los restos del Indominus rex, el absurdamente superpoderoso dinosaurio mutante de la primera película. Es la técnica cinematográfica lo que hace la diferencia. Bayona mantiene por mucho tiempo en las sombras a los dinosaurios que vagan por la jungla y las aguas de Isla Nublar, sólo mostrándonos su silueta o una parte de ellos con destellos de luz. La película corta entre los dos grupos de mercenarios (uno en un helicóptero, otro en un submarino) en los momentos indicados para aumentar la tensión.

Un noticiero recuenta los eventos de la película anterior y de inmediato estamos de regreso con Claire Dearing (Bryce Dallas Howard), la anterior encargada del parque y ahora una abogada por los derechos de los dinosaurios que busca rescatarlos de la erupción volcánica que está por devastar el parque. Claire trata inútilmente de convencer a políticos estadounidenses cuando recibe una llamada de Eli Mills (Rafe Spall), encargado de la fortuna del científico Benjamin Lockwood (James Cromwell), quien está igualmente interesado en extraer a los dinosaurios de la isla. Pero para rescatar a algunos de los especímenes más escurridizos, Claire necesitará del entrenador de dinosaurios –y su incómodo ex-amante– Owen Grady (Chris Pratt).

Tan pronto como Claire, Owen y su equipo llegan a la isla, se convierte en una muy enfocada película de acción. Poco tiempo se le dedica a tratar de ahondar en sus personajes, y esto de verdad no hace falta. Nunca intenta capturar la maravilla y la sensación de descubrimiento de Jurassic Park. La partitura de Michael Giacchino apenas utiliza el tema de la original. Sus villanos, un millonario y avaricioso empresario y un cazador mercenario son prácticamente caricatura, pero les dan a sus héroes objetivos claros y fáciles de entender. La historia es prácticamente inexistente. El guion de Trevorrow y su colaborador Derek  Connolly parece nacer de la pregunta ¿qué es lo más absurdo y emocionante que podemos hacer con estos personajes y estos dinosaurios?. Está lleno de momentos geniales, como Owen huyendo de una ola de lava mientras se encuentra sedado o él y Claire practicándole una transfusión de sangre a un tiranosaurio.

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El hilo conductor entre estas escenas es débil, pero cada una de ellas está llena de suspenso y claustrofobia. En Fallen Kingdom, entre más encerrado sea el espacio, más tensión se siente. El mejor ejemplo es quizá la escena en que Claire y uno de sus colegas caen al océano en uno de los vehículos del parque –básicamente una rueda de hámster con vidrio reforzado– y un extenso plano secuencia nos muestra como Owen trata de rescatarlos. Cuando tantas secuelas se esfuerzan por superar en tamaño a sus predecesores, ésta entiende el valor de lo pequeño. El clímax de la película lleva la acción de la jungla a la mansión de Lockwood, haciéndola básicamente una casa embrujada con dinosaurios. En la secuencia más ingeniosa y terrorífica de la película, uno de los dinosaurios se introduce a la habitación de Maisie (Isabella Sermon), la nieta del científico, y la aterroriza como el asesino de una película de terror.

Llena de tomas preciosas y chistes visuales, cortesía de Óscar Faura, quien ha sido director de fotografía en todas las películas de Bayona. Los obligatorios paisajes de la selva y las tomas de efectos especiales (una tan efectiva que por un instante me preocupé por la seguridad del camarógrafo que tuvo que tuvo que grabar a uno de los dinosaurios) cumplen su propósito, pero sus imágenes más memorables son pequeños detalles como un dinosaurio bebé que se esconde entre los muñecos del parque abandonado, o la sombra de otro que se disfraza con la de un caballo de madera. La imagen de un braquiosáurio lentamente consumido por las cenizas del volcán es verdaderamente conmovedora; por un momento vemos a estos animales, no como los monstruos que por cuatro películas han tratado de matar a los humanos, sino como vulnerables criaturas vivas que vale la pena preservar.

La técnica nos engancha más que cualquiera de sus personajes. Pero si la película es mucho más simpática que su predecesora es en parte porque el guion de Trevorrow y Connolly ha mejorado la dinámica entre ellos, especialmente la de Owen y Claire. En la anterior, los intentos de hacer de Owen Grady una especie de Indiana Jones sólo lo convirtieron en sexista y arrogante. Aquí su relación con Claire es mucho más equilibrada y colaborativa; los dos son igualmente útiles para esta misión. Hay momentos chocantes; en su primer reencuentro él la presiona por detalles de su vida romántica, y hay un beso que no tiene razón de ser. Pero también hay otros muy dulces, como cuando Owen se da cuenta de que Claire se ha quedado dormida en sus hombros o cuando los dos se ayudan para engañar al dinosaurio artificial creado por los villanos. Los hermanos que Ty Simpkins y Nick Robinson interpretaron en la película anterior se encuentran afortunadamente ausentes; los acompañantes de Claire y Owen son ahora Franklin Webb (Justice Smith), un técnico en informática, y Zia Rodriguez (Daniella Pineda), una paleoveterinaria; ambos capaces y verdaderamente divertidos.

Fallen Kingdom funciona tan bien como una película individual, que uno quisiera olvidar está relacionada con la pasada y sienta las bases para una película que todavía está por venir. La frenética acción de se detiene ocasionalmente para plantear algo que de seguro será importante en la secuela. En el aire quedan los diferentes problemas éticos de la mutación genética y los derechos de los seres vivos artificiales. Nunca es esto más claro que en la participación de Jeff Goldblum, quien regresa como el doctor Ian Malcolm de la original para inyectarle algo ominoso a la montaña rusa de destrucción sin sentido que acabamos de ver. Nada es tan inteligente como su florido monólogo sugiere. Es una película tonta, sí; pero está dirigida magistralmente. —AVR

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