Cuando el cine asesina: Terror (1978)

Hay un misticismo que estamos dispuestos a comprar cuando vemos un film de terror, donde las cosas pueden suceder sobrenaturales. Es una especie de hipnosis concedida entre nosotros y la pantalla. Terror (1978) comenta sobre ese trance.

por Mickey J. Brijandez

(Terror, Norman J. Warren, 1978)

El término slasher se arroja muchas veces a la ligera en el cine con conteo de muertos. Cuando cuerpos caen a diestra y siniestra a manos de un homicida, maniático serial o entidad con poderes sobrenaturales. Pero, ¿qué sucede cuando el asesino es el cine mismo?

Se puede argumentar éste tipo de movies son una evolución del giallo, un sub-género originalmente italiano que se define por cualidades narrativas o estéticas muy particulares, inspiradas por sus propias noveletas de crimen, real o fantástico. Las mejores de ellas son una escuela de atmosfera y misterio. En la era post-Bava; Blood and Black Lace del ’64 como un pico del género; Suspiria de Dario Argento puede considerarse la obra más influencial de los psicotrónicos setenta (relevante hasta hoy, recién restaurada en 4K y con un remake próximo a estrenarse). Otro sub-género necesario a resaltar antes de comentar la movie de hoy, y uno que particularmente me gusta mucho, es el “cine dentro del cine”. La Nuit Américaine (1973) de François Truffaut, aunque no de horror, es una de mis favoritas con ese sujeto. Una película que ficciona la realización de películas.

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No se metan con la bruja.

El director Norman J. Warren cuenta en una entrevista que vio una proyección de Suspiria en salas de la época y salió inspirado para narrar su propia versión de ésta nueva oleada en psicosis. Él había iniciado una carrera en el sexploitation (Loving Feeling y Her Private Hell, ambas del ‘68) como muchos realizadores que buscaban trabajar en lo que se pudiera. Tuvo que esperar casi diez años para poder financiar su trilogía de horror de los setentas: Satan’s Slave (1976), Prey (1977) y la pieza final en 1978. J. Warren hace su “homenaje” a Argento con Terror (un título para referenciar todo un género) sobre un realizador de cine perseguido por el apellido familiar.

Los Garrick han sido condenados desde hace décadas a la muerte de toda descendencia. Una bruja en la hoguera maldice a la Lady original de la mansión Garrick y a toda su posible herencia. En el presente, los únicos sobrevivientes con los días contados son, James, el director en cuestión y Ann Garrick, su prima recién llegada a Londres. Todo esto es planteado en un prólogo bien manufacturado, que de algún modo homenajea al cine Hammer, con una ambientación clásica, forestal y gótica. No tardamos mucho en darnos cuenta que lo que estamos viendo se trata de una película misma que James Garrick dirigió, sobre la maldición familiar, y se la termina proyectando a amigos y conocidos cercanos. Un recurso similar usa Brian De Palma tres años después en Blow Out (1981), al comenzar haciéndonos creer que estamos dentro de un slasher. Es tan solo un screening. El cine dentro del cine.

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Carolyn Courage como Ann Garrick.

Es a partir de esa proyección que Ann Garrick es consumida por la idea de que, tarde o temprano, va a cumplirse la profecía. Entre el escepticismo de todos alrededor, nosotros como audiencia nos sumergimos a experimentar la historia de horror que ahora corre por la cabeza de la chica. Aquí es donde J. Warren puede permitirse usar los elementos más fantásticos que adornan su Terror, pues no sabemos qué cosas están sucediendo por accidente, la mera sugestión de Ann o una verdadera maldición desatada a partir de que la mujer regresó a la mansión en Londres.

Cuerpos comienzan a azotar el asfalto en los círculos sociales de la prima. Ella vive consternada. James tampoco tarda en llegar a las mismas conclusiones que nosotros: El maleficio es real. Que él se desenvuelva en el mundo de las filmaciones sirve como excusa para orquestar secuencias de violencia en escenarios meta-ficcionales. Un director de películas de sexo softcore (como el que alguna vez hizo J. Warren) es machacado por las lámparas de su propio set. Es como si en la vida real, Warren estuviera aplastando su propio pasado. Hay un póster pegado en una de las paredes del estudio de su película previa, Satan’s Slave, en un double feature con la salvaje Thriller: A Cruel Picture (obra fundacional de Bo Arne Vibenius, 1973). En otra instancia, un personaje es asfixiado por metros y metros de cinta celuloide flotante que sale volando directo de las latas, atacado y rebanado por equipo de utilería cinemática.

Hay un misticismo que estamos dispuestos a comprar cuando vemos un film de terror, donde las cosas pueden suceder sobrenaturales. Es una especie de hipnosis concedida entre nosotros y la pantalla. Terror comenta sobre ese trance, al sugerir que fue una película la que desató en Ann una sed homicida subconsciente, dirigida hacia la humanidad que en el pasado cazó brujas. Y desde esa proyección inicial, sabemos la familia Garrick será víctima de un destino inescapable.

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El barandal estaba flojo.

Las situaciones y escenarios aumentan en locura conforme el plot avanza. Ahí podemos ver la influencia de Suspiria. Hay una secuencia que aprovecha con maestría la lánguida complexión de Peter Mayhew (actor que un año antes venia de interpretar a Chewbacca) mostrándolo deambular entre sombras y atravesando pasillos largos, con el siniestro ruido de la tormenta golpeando las ventanas. Personajes dando sus últimos alientos, salpicados de su propia sangre, rodando por las escaleras, mientras vidrios rotos se clavan como trampas mortales. Espadas del medievo removidas de su vaina con telequinesis para rebanar a su víctima a la mitad del aire. Un automóvil suspendido entre arboles del bosque, luces con los colores del caleidoscopio alrededor, provocándole al conductor un completo ataque de pánico. Podría seguir describiendo escenas demenciales por horas.

Hay un último gag que quiero mencionar y es donde, intencionalmente o no, radica el principal brochazo de genialidad de Norman J. Warren. Un extraño liquido rojo escurre del segundo piso de un edificio sobre el primero. Los personajes se asustan inicialmente, tras la ola de muertes es fácil pensar que se trata de sangre. Cuando uno de ellos sube a revisar, resulta ser únicamente pintura roja, regada por todo el suelo, fuera de su cubeta. La sangre “real” en la película y la pintura tienen el mismo tono (ese clásico roji-naranja radiante de los setentas). Como si nos estuvieran confirmando: Ya sabes que todo esto es falso, la sangre es pintura, y aun así provoca terror. No lo sé. Como si todo fuera solo una película. —MJB

Ésta publicación es la primera en una serie de reseñas de los lanzamientos recientes en DVD y Blu-ray de Vinegar Syndrome, compañía de restauración y distribución de cine. Pueden adquirir Terror (1978) en Blu-ray y DVD directo en su sitio web (hay envíos internacionales) o en Amazon México.

  1. […] probable The Terror es la mejor película que he reseñado en esta sección, o sin duda a nivel personal mi favorita; pero Bloodsuckers indiscutiblemente debe ser el mejor […]

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  2. […] mi reseña pasada del blu-ray de Terror (1978), lanzado en abril del presente año por Vinegar Syndrome, les hablaba un poco sobre el concepto del […]

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