Sicario: Day of the Soldado (2018)

Parece diseñada en parte para inspirar temor y cinismo hacia la frontera y todo lo que viene de ahí. Pero ese temor y cinismo no es diferente al que inspiran los hechos reales que se ven en las noticias aquí en México.

por Alberto Villaescusa R.

(Sicario: Day of the Soldado; Stefano Sollima, 2018)

Sicario: Day of del Soldado tiene mucho de fantasía paranoica. En su primera escena, un grupo de migrantes indocumentados cruza el desierto del sur de Estados Unidos antes de ser capturado por agentes de la patrulla fronteriza. Uno de ellos se separa del grupo, se detiene y empieza a rezar. Pero no lo hace en inglés ni español. Alcanzamos a escucharlo decir allahu akbar antes de que sea consumido por una explosión que él mismo detona. Así es, en cuestión de segundos, la película se ha convertido en el sueño húmedo de los comentaristas de la ultraderecha estadounidense. ¿Qué podría ser más escandaloso–y bueno para los ratings–que inmigrantes ilegales que además son terroristas islámicos?

El resto de Day of the Soldado no ofrece muchos más matices de los que este primer momento sugiere. Críticos latinos de Estados Unidos, no sin razón, la han descrito como xenofóbica. Parece diseñada en parte para inspirar temor y cinismo hacia la frontera sur del país y todo lo que viene de ahí. Pero ese temor y cinismo no es diferente al que inspiran los hechos reales que se ven en las noticias aquí al sur de la frontera. No es realista ni intenta serlo, pero algunas de sus observaciones se sienten ciertas, por lo menos en un nivel abstracto. Es, para bien y para mal, una película en la que ni sus supuestos héroes inspiran confianza. La violencia parece no tener fin y cada intento de combatir el fuego con más fuego sólo empeora las cosas.

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Aunque se desarrolla principalmente en México, son los agentes de Estados Unidos quienes están (más o menos) en control de la situación. Cuando el ataque suicida en un mercado de Kansas City cobra las vidas de varios civiles, el agente de la CIA Matt Graver (Josh Brolin) no tarda en encontrar una conexión entre eso y el incidente que inaugura la trama. Para frenar y prevenir estas actividades, el secretario de defensa de Estados Unidos (Matthew Modine) le da autorización para llevar a cabo el descabellado plan de iniciar una guerra entre los cárteles mexicanos para que éstos se extingan entre sí mismos. Para hacerlo, Graver recurre al sicario Alejandro Gillick (Benicio del Toro) para que mate al abogado de uno de los carteles y secuestre a Isabel Reyes (Isabela Moner), la hija de su rival.

El director Stefano Sollima, encargado de hacer una secuela para la original de Denis Villeneuve de 2015, hace una buena mímica de su estilo. El director de fotografía Darius Wolski y el compositor Hildur Guðnadóttir hacen algo similar con Roger Deakins y el fallecido Jóhann Jóhannsson. La acción es presentada en planos abiertos y acompañada de graves y ominosos sonidos de sintetizador, creando una atmósfera de distancia y frialdad. Las numerosas secuencias que se desarrollan adentro de un auto hacen eco al memorable plano secuencia de Children of Men de Alfonso Cuarón, aumentando la tensión y la desconexión con sus personajes.

Pero es la misma trama de la que mejor comunica la desesperación e impotencia que se encuentra al centro de ella. Sus incidentes pueden ser absurdos, pero se basan en miedos reales. El tiroteo sobre el abogado del narco, entre los rascacielos del Paseo de Reforma en la Ciudad de México, recuerdan la extensión a la que el crimen organizado se ha infiltrado en las altas esferas del poder –y como una violenta refutación a los generosísimos incentivos que el gobierno de la capital le dio a la filmación de 007: Spectre. Y el que Alejandro, Matt y su equipo en un momento sean traicionados y emboscados por policías mexicanos hace eco a la desenfrenada corrupción que hay en tantas de las policías locales y estatales aquí.

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A pesar de que mucha de su acción se desarrolla en México, el gobierno mexicano apenas y figura. ¿Cómo no relacionarlo con la presidencia actual, infame por su corrupción, inflación y aumento en la violencia? ¿Una que, entre otras cosas, no ha sabido responder a crisis tan obvias como la separación de familias en la frontera? Este vacío de poder es lo que, en la película, permite que el gobierno de Estados Unidos sea quien tome acción, sólo sirviendo sus intereses. El intervencionismo y el abaratamiento de la vida de los no-estadounidenses son temas recurrentes. Este comportamiento nunca es castigado, como rara vez es castigado en la vida real.

Hay partes que recuerdan menos a una cinta de acción jingoísta que a películas mexicanas sobre la violencia en México como Heli de Amat Escalante o hasta el desgarrador documental Tempestad de Tatiana Huezo. Ideas como el aparente sinsentido de la violencia o la corrupción de las autoridades se introducen orgánicamente a la trama. Una trama secundaria, sobre un joven mexico-americano (Elijah Rodriguez) que se involucra en un cartel por invitación de un primo, complica la moralidad de la historia –es lo más que se acerca a humanizar a aquellos del lado contrario de las autoridades– y recuerda también cómo Las Elegidas de David Pablos trata el lugar que el dinero y la violencia contribuyen a la construcción de ciertas ideas de masculinidad. Las escenas que muestran a los coyotes y a los migrantes indocumentados recuerdan a La Jaula de Oro de Diego Quemada-Díez, aunque sea superficialmente.

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Su violencia ciertamente es impresionante y el tono en que se retrata al antihéroe es algo romántico–una escena en que Alejandro habla en lenguaje de señas con un hombre que vive en el desierto se siente hasta tierna–la película sigue siendo moralmente ambigua. Tanto, al punto de la incomprensión. Los puntos que se quieren hacer sobre la violencia quedan claros desde muy temprano y mucho se siente redundante. Lo que debería hacer a Alejandro, el protagonista, un personaje misterioso (su trato de pocas palabras, su trágica historia de fondo) termina haciéndolo aburrido solamente. Se supone que es complicado, pero dado que su moralidad es vaga, nunca nos engancha tanto como al personaje de Emily Blunt en la película anterior.

Estoy seguro, será interpretada de muchas maneras diferentes en ambos lados de la frontera. Una no tiene que ser más válida que otra, pues las situaciones políticas de México y Estados Unidos son muy diferentes; lo mismo es cierto para las experiencias de quienes viven en ellos. Se retrata a México como una tierra sin ley, aterrorizada por la violencia. Su visión tiene un poco de caricatura racista, pero ésta surreal imagen ocasionalmente captura la inseguridad que se siente aquí. Si deja una lección, espero que esa no sea que México sólo es capaz de exportar violencia, sino que una mano dura de los Estados Unidos no es la forma de acabar con ésta. —AVR

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