A ti te quería encontrar (2018)

A ti te quería encontrar repite un conflicto que ha sido central para la comedia mexicana desde su nacimiento: las diferencias de clase. Sobra decir que numerosas películas lo han explorado mucho mejor.

por Alberto Villaescusa R.

(A ti te quería encontrar, Javier Colinas, 2018)

Uno de los sellos de la comedia romántica es que, por mucho de su duración, sus dos protagonistas no quieren estar el uno con el otro. Sí, a lo largo de la historia se dan cuenta de que disfrutan pasar el tiempo juntos y finalmente que se quieren, pero la mayoría del tiempo, sólo una circunstancia extrema puede obligarlos a estar en el mismo lugar. Esta fricción genera las chispas que al final hace tan satisfactorio verlos terminar juntos. La importancia de esta dinámica se vuelve evidente viendo una película como A ti te quería encontrar, en la que este periodo de desagrado dura apenas un instante. Se salta todo lo que hace que valga la pena ver este tipo de relaciones en la pantalla grande. Se apura por tachar de la lista todos los clichés del género antes de quedarse sin oxígeno y desesperadamente buscar complicaciones para llenar poco menos de una hora y media de tiempo en pantalla.

Erick Elías interpreta a Diego, un ingeniero que sueña con ser arquitecto y está a punto de casarse con Julia (Paulette Hernández), quien ha sido su novia por diez años. Apenas y los conocemos a él y Julia cuando, en su despedida de soltero, jugando con fuegos artificiales, provoca un incendio en el patio del hotel en el que se lleva a cabo su celebración. Este incidente no nos dice mucho de Diego –aunque es el hijo de un empresario rico, nunca más se vuelve a comportar como el mirrey egoísta e imprudente que haría algo así– pero el guion necesita que haga algo así para que haya una película.

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Para arreglar los daños y evitar una escandalosa demanda de la que su padre no se puede dar el lujo, Diego se ofrece pro bono a utilizar sus conocimientos de arquitectura para remodelar el patio. Pero hacerlo requerirá trabajar de cerca con la amargada encargada del hotel Lu (Eréndira Ibarra), quien está especialmente enojada porque tuvo que rechazar un trabajo en China para quedarse a supervisar la obra. Las piezas están finalmente en su lugar para que estas dos personas jóvenes y atractivas lentamente venzan su resistencia hacia el otro. Pero eso nunca pasa como debería. Diego y Lu no pasan ni cinco minutos de tiempo en pantalla peleados cuando ya están empezando a compartir comida china o visitando el patio de la Cineteca Nacional como buenos pretendientes. Diego le dice a su colega y mejor amigo Jerónimo (Luis Arrieta) que sólo sale con ella para “alivianarla” y hacer más fácil el trabajo en la obra. Pero por la forma en que él y Lu actúan, uno de inmediato se da cuenta de que hay algo más. El guion de Tamara Argamasilla es tan inverosímil que ni sus propios personajes se lo creen.

La comedia romántica no tiene que ser realista para funcionar, pero por lo menos tiene que ser creíble y congruente con sus propias reglas. Ésta se contradice a sí misma en más de una ocasión. Uno esperaría que los diez años que Diego y Julia llevan juntos hayan dado lugar a una relación de cariño o por lo menos de respeto; que a Diego de verdad le cueste decidir entre las dos mujeres que son parte de su vida. Pero cuando Julia se va por unas semanas a Nueva York para estudiar un curso de gastronomía molecular, él prácticamente no piensa en ella. Ella le llama constantemente por teléfono y él no contesta o dice que va a llamar más tarde.

Julia, cabe mencionar, es un tanto más complicada de lo que uno esperaría. Como el rival romántico de los protagonistas, ella tiene que terminar sola para que la pareja principal termine junta. Pero las escenas que nos la muestran en Nueva York nos hacen simpatizar con ella, resaltando que está lejos de casa, sola y aprendiendo una disciplina muy demandante. Esto, en lugar de hacer que los personajes se sientan más de carne y hueso, hace que Diego parezca más desconsiderado y desagradable por coquetear con otra mujer mientras su prometida pasa por un momento tan difícil.

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Julia no es el único personaje secundario que es más interesante que sus protagonistas. Concepción Márquez interpreta a Maca, la abuela de Diego, una anciana cuyo espíritu libre contrasta con lo apretado del resto de su familia: sus escenas la encuentran pintando, fumando o bebiendo de una pachita. Márquez es de los pocos miembros del elenco que habla con soltura y espontaneidad, pero la película hace de su personaje poco más que una guía espiritual para Diego, nada más ahí para que en el momento dado escoja a la mujer indicada. Es tan obviamente un accesorio, que se nos dice en un principio que está enferma de cáncer y esto no tiene ninguna resolución.

A ti te quería encontrar repite un conflicto que ha sido central para la comedia mexicana desde su nacimiento: las diferencias de clase. Sobra decir que numerosas películas lo han explorado mucho mejor. La cocina molecular de Julia contrasta con la fonda de la mamá de Lu. Tomas de los puentes y edificios de Nueva York contrastan con las atracciones de la ciudad de México en que Diego y Lu llevan a cabo su coqueteo (me faltan dedos para contar las tomas que hacen gala de la Torre Latinoamericana). Como en la reciente La boda de Valentina, las imágenes de la cultura mexicana son asociadas con integridad e identidad de sus protagonistas.

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Los problemas aquí se ven amplificados por la dirección de Javier Colinas, quien trata de imponerle un toque serio y dramático a un material que no lo amerita. Planos secuencia y una paleta de colores deslavada hacen que parezca más un drama que una comedia. Hay poca seriedad, pero ésta película de verdad quiere ser tomada en serio. La música es tan animada que no se desvanece en la atmósfera, pero les otorga a tantas escenas la textura incorrecta. En una en particular, la música es tan ominosa que parece anunciar el asesinato de uno de sus personajes –esto no sucede, por supuesto.

No hay un solo gran problema que la hunda. Es más apropiado decir que son una serie de pequeños detalles lo que le roban el potencial de convertirse en una convencional pero efectiva comedia romántica. Un tono más ligero, un mayor enfoque en sus personajes y un final mucho más emocionante, pudieron haber creado un mejor vehículo estelar para Erick Elías y Eréndira Ibarra, quienes hacen un buen trabajo. Ibarra en particular salta hábilmente entre el lado amargado y simpático de su personaje. Hay escenas en las que de verdad se nota que se divierte con el papel. Y si la película nos hubiera contado un poco más de Diego, quizá podríamos habernos identificado más con su lado enfadoso e inmaduro, que Elías interpreta sin caer en la caricatura. Esperemos que en sus próximos proyectos, ambos actores logren encontrar material que les haga justicia. —AVR

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