How to Talk to Girls at Parties (2017)

En muchas películas sobre subculturas y tribus urbanas existe la tendencia a reducir estos grupos a su vestimenta o a unas pocas características superficiales. El guion de Mitchell y Goslett las imagina como una comunidad dinámica con sus propias jerarquías y reglas implícitas.

por Alberto Villaescusa R.

(Cómo enamorar a una chica punk; John Cameron Mitchell, 2017)

Cuándo se es un varón adolescente, especialmente uno tímido y no muy sociable, es fácil ver al sexo opuesto como algo extraterrestre: misterioso, incomprensible y fuera del alcance de uno; nunca seres humanos tan complejos como uno mismo. How to Talk to Girls at Parties, de John Cameron Mitchell, se pregunta ¿qué si aquel objeto deseado que parece ser de otro planeta en realidad fuera de otro planeta? Su protagonista es Enn (Alex Sharp) quien, como tantos jóvenes de los suburbios de Londres de finales de los setentas, encuentra un escape de la monotonía y la alienación en la escena punk local. A Enn lo acompañan sus dos mejores amigos, el simpático John (Ethan Lawrence) y el asertivo Vic (A.J. Lewis), de fiesta en fiesta, tratando de conquistar chicas sin mucho éxito. A pesar de su vestimenta y su genuina adoración por la música, los tres amigos no encajan. Cuando Enn se acerca a una compañera de la escuela en una tocada, ella lo deja en ridículo haciéndolo cantar una pieza de una obra escolar en medio de un montón de jóvenes indiferentes.

En muchas películas sobre subculturas y tribus urbanas existe la tendencia a reducir estos grupos a su vestimenta o a unas pocas características superficiales. Pero el guion de Mitchell y Philippa Goslett imagina las escenas no como un conjunto monolítico en el que todos sus miembros se comportan y piensan igual, sino como una comunidad dinámica con sus propias jerarquías y reglas implícitas (de las cuales no pueden escapar, por mucho que vistan el símbolo de la anarquía). En la cima de esta pirámide se encuentra Boadicea (Nicole Kidman), una escultora con conexiones a algunas de las mayores estrellas del género (aunque sólo hayan dormido en su sofá) y dicta lo que está bien y mal dentro de esta comunidad. Para hacerse de un lugar dentro de ésta es preciso estar a la altura de los ideales del punk, siendo escandaloso y auténtico –un cantante, por ejemplo, usa un vestido rojo en el escenario y besa al representante de una disquera contra su voluntad.

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Enn y sus amigos, quienes no tocan instrumentos y sólo pueden presumir una pequeña fanzine en la que publican, se encuentran en el escalón más bajo de la pirámide. Mientras buscan una fiesta a la que les dieron la dirección equivocada (no por accidente, sospechan) los tres se encuentran con una peculiar reunión. Los asistentes visten trajes extravagantes de distintos colores y bailan lo que parece ser música electrónica alemana, hablan en términos crípticos como los que usaría una secta religiosa y decoran la casa como una exhibición de arte contemporáneo. La película no tarda en revelarnos que son extraterrestres de algún tipo.

Este segmento podría haberse convertido en un chiste flojo (¡los artistas contemporáneos parecen extraterrestres!), pero la película trata este ambiente con la misma complejidad y curiosidad que al punk. Una vez más estamos ante un sistema cerrado con sus propias reglas y jerarquías, ahora orientadas a la mera supervivencia de lo que parecen ser un conjunto de especies aliadas que visten disfraces humanos. Se contrasta ésta sociedad con la sociedad humana general y la cultura punk y se encuentran más cosas en común de las que uno esperaría. Se interesa más en cómo se sostienen a largo plazo en un mundo finito, cómo mantienen sus ideales ante las limitaciones de la realidad.

Los muchachos no se fijan en esto al principio. Lo que les llama la atención es que entre este montón de excéntricos hay muchachas bonitas. Enn en particular se fija en Zan (Elle Fanning), quien está cansada de lo hermético de su colonia y está intrigada por el mundo exterior. Cuando Enn le cuenta del punk y sus ideales de rebeldía y anarquía, ella de inmediato quiere saber más. Para él, Zan es una fantasía muy particular. Delgada, rubia y de ojos grandes (es decir, se apega a estándares de belleza tradicionales) y está totalmente fascinada por él. Finalmente encuentra a alguien para quien él es la única ventana al mundo. Ella no sólo satisface su deseo de ser querido, pero también de poder y control. Y aunque Enn viste con algo de orgullo la etiqueta de marginado social, el que su transición a la madurez sea provocada por el amor de una chica bonita es más convencional que rebelde.

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Como la encarnación del deseo y la soledad adolescente, Alex Sharp da una acertada actuación. Su presencia es dulce e inocente, pero a medida que Zan se empieza a desenvolver en su propio mundo y “ya no le pertenece”, hace una efectiva transición hacia lo celoso y posesivo. Llama la atención la forma en que Sharp interpreta las emociones. Hay dos escenas clave en la que lo vemos llorar y tanto como la emoción lo abruma, se nota incómodo, como si sintiera temor a ser juzgado. Como Robert Smith alguna vez dijo, los muchachos no lloran.

El romance es el núcleo de la película, pero sólo un componente de su universo. Es finalmente una extraña mezcla de ideas y tonos: un romance tierno con una historia de pez fuera del agua y una alucinógena comedia con absurdos elementos de ciencia ficción. Una conmovedora y melancólica despedida choca con la secuencia en que Boadicea y sus seguidores invaden la mansión de los extraterrestres como en una comedia de los ochentas. Igual de ambiciosas y desordenadas son sus ideas: al mismo tiempo trata de explorar la adolescencia y la paternidad, y celebrar la cultura punk a la vez que sugiere que no es tan radical como se piensa. Pero lo que How to Talk to Girls at Parties sacrifica en coherencia lo compensa en personalidad: como una buena canción punk, es desordenada, juvenil y finalmente sincera. —AVR

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