The Meg (2018)

Películas como Skyscraper, y ahora The Meg, no son necesariamente buenas pero representan un cambio importante en la forma en que el cine estadounidense se vende alrededor del mundo. El increíble crecimiento del mercado en China ha hecho que los productores de Hollywood se esfuercen a sobremanera por complacerlo.

por Alberto Villaescusa R.

(Megalodón, Jon Turteltaub, 2018)

Recientemente he empezado a desarrollar un gusto particular, o por lo menos una curiosidad, por los blockbusters estadounidenses que tan descaradamente apelan al mercado chino. Películas como The Great Wall, Skyscraper y ahora The Meg, no son necesariamente buenas, pero representan un cambio importante en la forma en que el cine estadounidense se hace y se vende alrededor del mundo. Podemos ir al cine y pensar que estamos viendo a una estrella de cine establecida enfrentándose a efectos especiales y una premisa que hemos visto ya decenas de veces pero, por extraño que parezca, estamos viendo la inauguración de un nuevo capítulo de la historia del cine.

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A medida que la taquilla declina en Estados Unidos y crece alrededor del mundo, las películas de alto presupuesto que quieran seguir compitiendo deben cambiar la realidad de su producción. El increíble crecimiento económico de China se ha visto reflejado en su consumo cinematográfico: éste es ya el segundo mercado a nivel mundial y los productores de Hollywood ahora se esfuerzan a sobremanera por complacerlo. El blockbuster estadounidense de exportación no sólo tiene que apelar a los gustos de la población china, sino también a los gustos de un rígido Partido Comunista que finalmente decide qué películas se pueden exhibir dentro de su territorio.

Y esto se nota en pantalla, sobre todo cuando la película en cuestión es una co-producción entre ambos países. En el blockbuster para China, la acción y la violencia, a veces mezclada de manera chocante con la comedia, toman aún más protagonismo sobre la trama y los personajes (si creían que las grandes películas estadounidenses eran ya demasiado simplistas, imaginen hacerlas ahora para un público que no necesariamente habla el idioma). Elementos de ciencia ficción aparecen aun cuando la premisa no necesariamente lo demande (cómo sucede en Skyscrapper y The Meg, que son básicamente Die Hard y Jaws en un futuro cercano fantástico). Lo sobrenatural y lo sexual deben procurar evitarse, pues no es del gusto del gobierno local. Y por supuesto, una mayor participación para actores y estrellas chinas (entre más halagador sea su papel, mejor) es una gran ayuda.

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La estrella, sin embargo, tiene que ser conocida en Hollywood (hay que tener en cuenta al resto del mundo). Como Jason Statham, quien interpreta a Jonas Taylor, un experto en rescates submarinos. En el trágico prólogo de la película lo vemos tratando de extraer a la tripulación de un submarino hundido. Cuando éste es atacado y sacudido por algo misterioso, Taylor debe tomar una dolorosa decisión: salvar a la mitad de la tripulación, o regresar al hundimiento por los miembros restantes, arriesgando su vida y la de los que ya rescató. Taylor escoge lo primero, pero esto le pesa en la conciencia y lo lleva a retirarse a Tailandia, donde se convierte en un borracho desahuciado (que nunca deja de lucir o actuar como un héroe de acción en la cima de sus capacidades).

Cinco años después de su retiro, una estación de investigación submarina financiada por el multimillonario Jack Morris (Rainn Wilson) acaba de descubrir todo un ecosistema previamente desconocido en el fondo de la Fosa de las Marianas. La inmersión, pilotada por la exesposa de Jason, Lori (Jessica McNamee), es atacada en el fondo del mar y queda estancada. Zhang (Winston Chao), el líder de la misión, y Mac (Cliff Curtis), un viejo amigo, viajan a Tailandia para reclutar a Jonas, quien se rehúsa rotundamente hasta que se da cuenta de que lo que hundió el submarino de Lori es lo mismo que provocó el fatídico desenlace de su misión años atrás.

Aquellos que vimos el trailer, o investigamos lo mínimo indispensable sobre el título, podemos decir con seguridad que lo que atacó a Jason y a Lori es nada más y nada menos que un tiburón prehistórico de veinte metros de longitud. Pero como Jaws, la mayor referencia en películas sobre depredadores marinos, se muestra poco a la criatura, ya sea limitándonos a su punto de vista, escondiéndola en la oscuridad del fondo del mar; mostrando nada más que su aleta dorsal cuando sube a la superficie, o sus fauces cuando ataca. Si la película provoca uno que otro susto es quizá porque se aprovecha del miedo a los tiburones que la película de Spielberg despertó en el público cinéfilo desde su estreno en 1975.

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La primera parte se toma su tiempo. La segunda imagina constantes situaciones para mantener una saludable dosis de acción. El rescate al que Jonas es convocado sólo toma una fracción de sus 113 minutos de duración. El clímax involucra al tiburón amenazando las saturadas playas Sanya, en el sureste de China, y la película se divierte mostrando a todas las personas (y un perro) que podrían convertirse en carnada. Pero por mucho la mejor es la secuencia en que Jonas se introduce al agua sin nada más que un arpón para colocarle un rastreador al tiburón gigante. No sólo nos da justo lo que vinimos a ver –a Jason Statham enfrentarse cara a cara con un tiburón– pero escuchar su denso acento inglés burlarse de lo absurdo de la situación y citar Finding Nemo es una mina de oro de comedia.

Sin embargo, nunca se toma tan poco en serio como debería. Es una película de serie B que desafortunadamente cuenta con un alto presupuesto (alrededor de 150 millones de dolares). Su estética futurista disipa mucho de su peligro; en ella, la exploración submarina luce tan estéril y llena de pantallas como una tienda de Apple. El submarino de Jonas tiene monitores digitales en lugar de ventanas y la estación submarina en donde se desarrolla mucha de su acción nunca se siente como un lugar en el que personas viven de verdad. Nada en la película resulta tan inmediato, y por ende emocionante, como un minuto cualquiera de Mission: Impossible Fallout.

Un aspecto en donde sí se nota algo de personalidad es en su elenco. Rainn Wilson interpreta a Morris como todo un millonario hippie de Silicon Valley (viste chamarras y una barba descuidada). Puede ser genuinamente despiadado, más interesado en las ganancias que en las vidas humanas, pero tiene momentos aislados en los que, cual Mark Zuckerberg o Elon Musk, se esfuerza por emular a una persona de carne y hueso. DJ (Page Kennedy), uno de los técnicos de la estación, no tiene función adicional a la de entrar en pánico o ser la fuente de varios chistes; hay un momento tierno en el que nos recuerda que los personajes secundarios que previamente nos divertimos viendo morir eran, al final del día, sus amigos. Contrasta con Jaxx Herd (Ruby Rose), su compañera que apenas cambia de expresión pase lo que pase.

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Y no podría faltar Li Bingbing, una de las mayores estrellas de China, interpretando a Suyin Zhang, una oceanógrafa tan capaz como el mismo Jonas. Si estos tienen una relación romántica o platónica, no es del todo claro. Se nos dice que los dos son divorciados, pero no nos da señales de atracción, salvo lo que otros personajes dicen. Pueden no hacer una pareja convincente, pero sí un efectivo equipo al momento de enfrentarse al tiburón. Es refrescante ver una película de acción en la que el hombre y la mujer están tan bien equilibrados, quizá porque los actores son las caras de un romance que promete ser más duradero: el de China y Hollywood. —AVR

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