Sobreviviendo la existencia

En el cine de horror, es fácil entender por qué es necesario sobrevivir al monstruo; un narrador de historias con pericia básica puede transmitirnos eso. Lo que considero más difícil es la complejidad de sobrevivir a uno mismo. Al monstruo de adentro.

por Mickey J. Brijandez

Al cine de fantasía le gusta ponernos en momentos mágicos. Instantes en la vida de un personaje, o grupo de ellos, donde nunca podríamos estar en la realidad porque los elementos más fantásticos del cinema son inexistentes. La única manera que tiene de emocionarnos, de verdad, es mediante la conexión humana. Manipular nuestra habilidad natural de sentir cariño o empatía. Cuando entendemos las debilidades de sus deseos y la virtud en sus necesidades, si vamos a querer que nuestro protagonista derrote al villano hasta el final, tiene que revelarse la vitalidad de su supervivencia. Por más redundante que suene.

Realmente es fácil entender por qué es necesario sobrevivir al monstruo; un narrador de historias con pericia básica puede transmitirnos eso si nos agarra con el humor de buenas o receptivos. Lo que considero más difícil, y resultó más notorio después de ver tantas películas recientes con sugerencias similares, es la complejidad de sobrevivir a uno mismo. Al monstruo de adentro.

Spoilers para, no una, sino TRES películas a continuación. Proceder con precaución:

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La Noche Devoró al Mundo,  Dominique Rocher, 2018

En The Night Eats The World (La Nuit a Dévoré le Monde) de Dominique Rocher, es claro que hay zombies deambulando afuera del edificio, pero, para subsistir, el reto más grande de Sam (Anders Danielsen Lie) es no devorarse a sí mismo. No hablo en el modo literal -en el cine de muertos vivientes el zombi rara vez, cuando engulle, comienza con su propio cuerpo- sino como no sucumbir ante la soledad. Al parecer, una epidemia mortal se desató durante la noche (nunca se explica) y Sam se quedó, por fortuna, dormido en una sala vacía. La película explora como el hombre hace del edificio infestado su nuevo hogar, limpiando habitación por habitación la plaga, subsistiendo de las despensas que encuentra, resultándole imposible abandonar el recinto por que la situación está mucho peor en la calle. La demencia surge con el tiempo. El no tener a nadie y/o la incertidumbre total de quién podríamos tener vivo todavía allá afuera. Después de periodos largos, cualquier cadáver reanimado comienza a parecer un mejor amigo en potencia.

¿Y qué pasa cuando son dos? ¿Se puede estar solo estando acompañado?

L'actor David Oakes a 'La pell freda' (horitzontal).

La Piel Fria,  Xavier Gens, 2017

Eso parece plantear Xavier Gens en Cold Skin, su segunda película del 2017 –The Crucifixion la otra– y sus primeros trabajos en largometraje desde el 2011 (sin contar televisión y la antología The ABCs of Death). Acá nuestro protagonista es Friend (David Oakes), quién acepta el puesto de observador climatológico en una remota isla en el círculo polar antártico. Nos remite un poco al personaje de Michael Fassbender en The Light Between Oceans, como ejemplo de estos hombres solitarios, con empleos de una época muy específica –la rudimentaria transición al siglo XX– y la labor desesperanzadora de vivir con uno mismo, en la punta de un faro, a la orilla del mar, por turnos que parecen años. Fassbender al menos se encontró con Alicia Vikander (tanto en la peli como en la vida real) pero Friend debe compartir el hogar con una criatura marina humanoide azul que nombra Aneris, un mash-up visual entre los pearls de Valerian, draags de Fantastic Planet y el hombre anfibio en The Shape of Water. Noche tras noche, un masivo grupo de criaturas feroces similares a Aneris (Aura Garrido) atacan el faro y queda en manos de Friend, junto a una visión imaginaria de sí mismo, Gruner (Ray Stevenson), para combatirlos desde el crepúsculo hasta el alba. Friend es una versión joven de Gruner (o éste último una versión vieja) diseñada por su psique (¿Se acuerdan de Tully?) para ayudarle a mitigar el aislamiento existencial de su condena. Después de todo, Friend –que se traduce como amigo– es un seudónimo tan poco sutil como nombrar a tu esclava marina con un anagrama de sirena (Aneris-sirenA).

Ambas películas indagan en el significado de vivir, y si vale la pena la existencia si no tenemos con quien compartirla en absoluto. En La Nuit a Dévoré le Monde, tras meses de nulo contacto humano, Sam dispara contra la primer persona viva que se topa, confundiéndole con un zombie. Sarah (Golshifteh Farahani) resiste un escopetazo al torso para convertirse en la acompañante de aventuras de Sam. Esto es, claro, hasta que la película decide revelarnos que la muchacha nunca sobrevivió el impacto y todo un tercio de la historia ha ocurrido en la imaginación de su protagonista torturado.

adrift still

A La Deriva, Baltasar Kormákur, 2018

Adrift de Baltasar Kormákur es en la superficie cine de romance, pero al igual que Titanic en su momento o The Mountain Between Us del 2017, el horror surge del desastre natural. Se cuenta la historia de Tami y Richard (Shailene Woodley y Sam Claflin, respectivamente), una pareja de recién casados que, tras un accidente devastador de yate por cruzarse en la ruta del huracán Raymond, terminan abandonados a la deriva, en el medio del océano. Richard resulta herido de gravedad, quedando fuera de combate. La situación dependerá de las habilidades náuticas de Tami para sobrevivir la catástrofe y encontrar cualquier pasaje seguro, si alguno, hacia tierra firme. En ese sentido, menos los zombies y los monstruos acuáticos (solo el agua), tiene bastante en común con las películas mencionadas arriba. La idea de subsistir con recursos escasos y manutención limitada, contra un medio ambiente hostil que se esfuerza cada segundo en matarte.

Pasan los días, semanas, un mes completo y el peor enemigo deja de ser como llegar a la costa sino como no sucumbir en el trayecto, ante el hambre, la sobre-exposición al sol, el mareo, y en general, la demencia o las alucinaciones. Cuando Tami es rescatada al fin por la guardia costera en Hawaii, nos damos cuenta que fue ella sola y su impulso primario de sobrevivir lo que la puso a salvo. Richard falleció en el accidente original y durante toda la experiencia (y tiempo total de la película, casi) fue un producto de la fantasía para ayudar a enfrentar el reto y el aislamiento.

Constante tengo la preocupación, sobre si en la era de mayor comunicación en la historia de la humanidad, es posible que vivamos también en una donde nos sentimos más solos. Si las conexiones personales todavía siguen ocurriendo con los seres vivos que tenemos a la mano y las que no, -las digitales, por ejemplo- son nuestra versión de “imaginarias”. Realmente solo estamos hablando o texteandole a un monitor o una pantalla, pero nos reconforta la idea del ente que “imaginamos” atrás, ese que posiblemente nos escucha y habla de vuelta. Apenas hace falta un ligero spin hacia la filosofía Black Mirror para poder extraer una película de terror con ese escenario. Del mismo modo, no me resulta difícil creer que realizadores como Rocher, Gens y Kormákur, sin ponerse de acuerdo, absorbiendo del zeitgeist, están filtrando en su arte dichas preocupaciones, esa posibilidad cinemática de inventarnos acompañantes y diálogos en tiempos de extrema necesidad. —MJB

wilson (2)

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