¡Madre mía! Aquí vamos de nuez

Hay gente bonita que le va tan bien en la vida que sus únicas preocupaciones son organizar buenas fiestas, caer perdidamente dentro y fuera del amor y cantar canciones, coreografiadas a la perfección, de la mejor agrupación pop en la historia: ABBA.

por Mickey J. Brijandez

(Mamma Mia! Here We Go Again!, Ol Parker, 2018)

Hay gente bonita que le va tan bien en la vida que sus únicas preocupaciones son organizar buenas fiestas, caer perdidamente dentro y fuera del amor y cantar canciones, coreografiadas a la perfección, de la mejor agrupación pop en la historia, ABBA. Desde la primera entrada, atrás en el 2008, el universo de Mamma Mia! planteaba una vida de lujos y ocio, donde el conflicto principal se pudo haber resuelto con una visita al show de Maury Povich. ¿Quién es el padre?

No se me perdió el suelo. Desde la película original (adaptada de la obra de 1999, escrita por Catherine Johnson; avalada por Anni-Frid Lyngstad, Benny Andersson, Björn Ulvaeus y Agnetha Fältskog) estoy consciente que su intención es ser musicales de rockola para que nos sentemos a tragar palomitas, sorber nuestra Coca y cantar al compás de la proyección en los pequeños intervalos que se pueda; pero un elemento esencial en el drama, y podemos interpretar “drama” tan griego o tan telenovelero como quieran, es el conflicto. El planteamiento de los deseos y necesidades del personaje principal, y la serie de eventos que se atraviesan en su camino para volvérselo una misión casi imposible, o de plano, impedírselo.

Mamma Mia!: Here We Go Again no tiene ningún elemento de ésto pero al mismo tiempo si. ¿Como es posible?, se preguntan. Vayamos por partes:

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Meryl Streep está muerta (solo en la película, no se asusten) y su hija Amanda Seyfried se auto-asigna la misión de mantener vivo el hotel Bella Donna en la isla Kalokairi en su honor. Lo re-modela para una inauguración y organiza una fiesta masiva que está a punto de ser arruinada por una tormenta que amenaza con azotar la costa. Pero ese no es el “conflicto” de la película. Una mitad de su duración es Seyfried interactuando con Tanya y Rosie (Christine Baranski y Julie Walters) o, más creepy aún, con sus “tres papás”; Pierce Brosnan, Colin Firth y Stellan Skarsgård, reminiscentes de sus primeros encuentros emocionales y sexuales con la madre, Donna (Streep en el presente, Lily James en el pasado). La otra mitad de película son las peripecias que se dieron en el pasado; corazones que se engancharon, se rompieron o enmendaron; y tal vez así posiblemente ayudar a resolver el misterio que quedó inconcluso desde el episodio previo:

¿Quién chingados es el padre de Sophie?

Casi cuatro horas divididas entre dos largometrajes nos ha tomado tratar de responder un dilema que fácil pudo ser explicado con ciencia moderna y pruebas de ADN. La insistencia es mía por tratar de aferrarme a cualquier dejo de trama, ya que en éste “universo” (tan fantástico como la siguiente película de Marvel) todos los personajes son ricos, pueden tomarse vacaciones a una isla remota cuando les plazca y no tienen complicaciones que vayan más de lo inmediato.

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Y a pesar de todo lo anterior, la película no es una experiencia vacía pues se esmera todo el tiempo en dibujar paralelos entre madres e hijas, la Donna de Lily James durante los 80’s y Seyfried en la actualidad. Aunque las dos mujeres llevan, o llevaron, vidas muy distintas, muchas de las mismas personas han estado involucradas en el camino de ambas. Eso da la sensación de tener una familia extendida y muy a pesar de que sus personalidades tienden a la solitud (literalmente, viven apartadas del mundo, en su propia isla), los personajes aledaños vuelven realidad ese adagio inglés que asegura: no man is an island. O en éste caso, no woman.

Mujer siendo la palabra clave aquí, porque en los dos volúmenes, los hombres nunca dejan de sentirse como meros accesorios en las exploraciones de identidad de sus protagonistas. Sophie acepta tener tres padres porque, mas allá de alimentar un chiste permanente, tener un trio o tener ninguno a la larga le viene igual, la relación íntima es con la mamá y de pronto con sus amigas. La expresión misma que titula todas estas obras es ¡Mamma Mia!, un efusivo ¡Madre Mia! en italiano. La importancia de la progenitora por delante, los padres ausentes al final.

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De igual manera, en ésta nueva edición, Lily James re-visita sus escapadas sexuales con tres niños bonitos sin personalidad porque al final eso no es interesante ni lo importante. Es un musical de nostalgia pop y los enlaces emocionales inexplicables entre familia, la de sangre y la agregada. Los patrones de vida que se repiten por inherencia o por crianza. El cinema muchas veces son analogías y del mismo modo en que uno se aprende o canta (o Muriel-y-Rhonda bailan*) las canciones de ABBA; la música sirve para demostrar como las influencias de una generación se le transmiten a la que sigue y a la que sigue y a la que falta. Ante todo, la idea de que el destino de una isla en Grecia sea mayoritariamente decidido por el ritmo de las mujeres –¿cualquier parecido con Themyscira y las Amazonas es pura coincidencia?– hacen de ésta ahora franquicia única entre sus contemporáneas. —MJB

*Escena sin relación de Muriel’s Wedding:

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  1. […] les platicaba sobre Mamma Mia! y mi extraña fascinación por el cine de gente rica, la que vive en las montañas del confort y […]

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