Lean on Pete (2018)

La película lidia con situaciones emotivas y en más de una ocasión casi me llevó a las lágrimas, pero en ella nunca se nota un intento deliberado de jugar con nuestras emociones. Esto se debe al trabajo del director Andrew Haigh y el fotógrafo Magnus Joenck, que más que realismo, buscan naturalidad.

por Alberto Villaescusa R.

(Apóyate en mi, Andrew Haigh, 2018)

Aunque técnicamente pertenece a uno de los géneros más sentimentales del cine –las películas sobre un niño o adolescente y su compañero animal– es decididamente poco sentimental. Claro, la película lidia con situaciones emotivas y en más de una ocasión casi me llevó a las lágrimas, pero en ella nunca se nota un intento deliberado de jugar con nuestras emociones. Esto se nota en el trabajo del director Andrew Haigh y el fotógrafo Magnus Joenck, que más que realismo, buscan naturalidad: en sus tomas alargadas, en la ausencia de primeros planos y en el uso de sonidos de ambiente y silencios.

Pero más que nada, se nota el animal al centro de ella. La película nunca trata de darle una personalidad a lo que en verdad no lo tiene. Los animales no funcionan como nosotros; si parecen tener una personalidad es porque nosotros la proyectamos en ellos. Cuando su protagonista se empieza a encariñar con su caballo, estamos más inclinados a darle la razón a los adultos que lo miran con desaprobación que a él. Lo que decía Werner Herzog de los osos en su documental Grizzly Man aplica aquí: “no descubro ninguna fraternidad, ningún entendimiento, ninguna piedad. Veo sólo la abrumadora indiferencia de la naturaleza”.

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Y a pesar de todo, extrañamente, podemos entender por qué su joven héroe no ve lo mismo. Charley Thompson (Charlie Plummer) y su padre Ray (Travis Fimmel) viven en una pequeña casa en las afueras de Portland, Oregon. Ray tiene un trabajo, pero pasa la mayoría de su tiempo en casa, manteniendo un romance con Lynn (Amy Seimetz), su compañera de trabajo casada. Ray es relajado y bromista, pero no desatento. Él y Charley se llevan más como hermanos que como padre e hijo.

El joven no asiste a la escuela. Por las mañanas sale a correr por el vecindario, a veces deteniéndose en la preparatoria cercana. Él solía jugar futbol americano y ahora no tiene mucho qué hacer. Una mañana se encuentra en una pista de caballos a Del Montgomery (Steve Buscemi), un entrenador que le ofrece diez dólares por ayudarle a cambiar una llanta a su camioneta. Del está viejo y apenas tiene la corporalidad y el dinero para continuar con este demandante trabajo; cuando Charley se ofrece a ayudarle por el resto del día, éste accede a darle veinticinco dólares como remuneración.

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Ambos continúan su asociación; el chico lo acompaña a ferias y carreras en ciudades aledañas, moviendo la camioneta, limpiando los establos y paseando a los caballos. Se les une Bonnie (Chloë Sevigny), una jinete alguna vez prometedora que ahora se basta con correr los caballos de Montgomery. Charley contrasta con estos dos porque es el único que de verdad disfruta estar con los animales, algo que tiene más que ver con su edad que con cualquier otra cosa. Se encariña en particular con uno de los caballos, un joven corredor llamado Lean On Pete. Los adultos alguna vez pensaron como él, pero para cuando se dieron cuenta de que ya no era divertido o rentable, fue demasiado tarde.

Una noche, el muchacho se despierta escuchando ruidos. El esposo de Lynn se aparece en su casa, golpea a Ray y lo arroja por la ventana. Charley se quiere quedar a cuidarlo en el hospital, pero pronto regresa con su jefe para cubrir los gastos ahora que su padre no puede trabajar. Con su estado delicado, Charley se vuelve más apegado a Lean On Pete y empieza a pensar en una tía de Wyoming con la que su padre se peleó hace mucho.

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Haigh, quien adaptó el guion de la novela de Willy Vlautin, no une estos puntos por nosotros. La música nunca sube de tono en los momentos dramáticos y la actuación de Plummer rara vez nos da obvias señales de su angustia. Pero la sentimos en sus pequeños gestos y en sus acciones. Mantiene la mirada baja, se encoge, huye, se aísla, actúa en impulso. Todo lo que hace parece un intento de protegerse de lo que siente. A ratos parece estar en un lugar diferente que los adultos y las figuras de autoridad que lo rodean: policías, paramédicos y la mesera de un restaurante, a contraluz en la noche, o dando la espalda a la cámara, casi parecen no tener rostro.

Por mucho de su duración desafía cualquier narrativa coherente y directa. Cada segmento lo lleva de un encuentro casual con pobladores del noroeste de Estados Unidos a otro. Lo vemos hacerse amigo de los dueños de un rancho, quedándose con un vagabundo que vive en una casa rodante. Como en Loveling: Amor de madre, escenas domésticas ofrecen una mirada a lo que es vivir constantemente preocupados por el dinero; la armadura que uno tiene que construir para sobrellevar una situación traumática. Lo que hace tan conmovedor el final es cómo finalmente le da a su protagonista la oportunidad de dejar de proyectar lo que siente hacia algo exterior, cómo sus emociones se vuelven suyas otra vez. —AVR

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