Tiempo Compartido (2018)

El director Sebastían Hofmann nunca esconde lo sombrío de la situación: El trabajo de cámara da prioridad a planos abiertos y estáticos, la música nos evoca las tensas películas de suspense de Alfred Hitchcock; así como la iluminación fría y neón de la noche, o lo plano y soleado del día; nos cuenta de un mundo antiséptico y artificial.

por Alberto Villaescusa R.

(Time Share, Sebastián Hofmann, 2018)

A lo largo del siglo XX y en lo que va del XXI, el marketing ha evolucionado tanto que ya no basta con vender un producto o servicio como una solución a un problema inmediato; las marcas de hoy apuntan cada vez más arriba en la pirámide de necesidades y se identifican con emociones positivas y un sentimiento de autorrealización. No hay ejemplo más trillado que los comerciales de Coca-Cola. ¿Por qué vender aguas negras azucaradas cuando se puede vender la felicidad y el calor de la familia?

Las marcas hacen un buen trabajo de inspirar lealtad, confianza y hasta amor. Pero lo que sea que nosotros sintamos, éstas nunca, nunca, nunca podrán corresponderlo. Nuestra relación con ellas es, al final de todo, asimétrica. Su identidad está cuidadosamente construida alrededor de la promesa de satisfacción, pero su compromiso termina una vez que dejamos nuestra tarjeta de crédito o firmamos un contrato, y entonces la promesa original termina sin cumplirse. Terminamos más infelices que al principio y, por lo tanto, más vulnerables y necesitados de las promesas de las mismas compañías.

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Tiempo Compartido, el segundo largometraje de Sebastián Hofmann, logra articular estas ideas de manera perturbadora y emocionante. Sus protagonistas, Pedro (Luis Gerardo Méndez) y Andrés (Miguel Rodarte), son dos hombres profundamente infelices. Para ambos, el nuevo resort tropical de la compañía estadounidense Everfields ofrece una seductora promesa. Pedro y su esposa Eva (Cassandra Ciangherotti) llegan con su hijo a una de sus villas de lujo esperando pasar unas tranquilas y refrescantes vacaciones. Andrés es un empleado de la lavandería que aspira a dejar el sótano y convertirse en uno de los vendedores estrella de la compañía.

Pedro y Andrés han pasado por tiempos oscuros que se nos revelan poco a poco. Sus respectivas familias han sufrido tragedias que los han aislado, y miran al resort como una oportunidad para reparar el daño. Uno podría pensar que sus decisiones de vacacionar y trabajar ahí son totalmente libres; a Pedro no le importan los placeres superficiales del hotel tanto como su esposa e hijo, y la verdadera lealtad de Andrés no es hacia el hotel sino a su propia realización económica; pero a medida que la compañía domina cada vez más elementos de su realidad inmediata, su libertad de elección se convierte en una mera ilusión, pues la empresa tan elegantemente explota sus deseos e insatisfacciones.

La administración sabotea sus planes en un principio. La villa de Pedro fue sobrevendida y Pedro se ve obligado a compartirla con Abel (Andrés Almeida), un padre de familia que viene con su esposa y sus dos hijos –uno de los empleados distorsiona la realidad diciendo que no sobrevendieron la villa ilegalmente, meramente tuvieron una promoción demasiado exitosa. Y Andrés, a pesar de años de trabajo y ser el empleado del mes en catorce ocasiones, es ignorado por sufrir de alucinaciones y necesitar tratamiento médico. Su esposa Gloria (Montserrat Marañon) termina obteniendo el puesto que Andrés siente que merece.

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Hofmann nunca esconde lo sombría que es la situación desde el principio. El trabajo de cámara de Matias Penachino da prioridad a planos abiertos, estáticos. La iluminación, ya sean los fríos y atmosféricos neones de la noche, o lo plano y soleado de los días, nos cuenta de un mundo antiséptico y artificial. La música evoca las tensas películas de suspenso de Alfred Hitchcock aún cuando no sucede nada. Los lujos del hotel tratan de sugerir un ambiente festivo y hogareño y casi lo logran salvo que son demasiado perfectos para sentirse humanos. Lo mismo para sus empleados que actúan no como personas de carne y hueso sino como los villanos de Body Snatchers. Cada mirada al engranaje de la empresa, a los seminarios privados, a su vestimenta por colores, a sus complicados procesos de iniciación nos muestra una mentalidad de culto diseñado para poner a prueba la lealtad de sus empleados y ganarse la de sus clientes. Gradualmente, el lugar se convierte en un sustituto de la familia. Éste elusivo ideal, más que el resort, es lo que Everfields les está vendiendo. Las repercusiones son espeluznantes y distópicas.

Si tengo problemas con la película es con su lento ritmo y cómo parece compartir los prejuicios de sus dos protagonistas. La mayor parte se la dedica a sus personajes, especialmente Pedro y Andrés luciendo miserables y perturbados por la forma en que Abel y Gloria, respectivamente, vienen a dominar más sus vidas. Son escenas a veces espeluznantes, pero siempre una variación de la misma idea. Podrían organizarse de cualquier manera sin cambiar mucho, pues el peligro que sienten, ya sea real o imaginario, cambia muy poco. Tintes de clasismo se notan en el desprecio que Pedro siente hacia Abel, mientras que el resentimiento de Andrés hacia su esposa se nota como un sentimiento irracional de emasculación. La película nunca señala estos prejuicios y termina dándole la razón a los dos personajes que los sienten, lo que envía un mensaje confundido.

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Por otra parte, podría argumentarse que estos prejuicios son sólo una más de las herramientas de manipulación de la empresa. Al confundir los impulsos desagradables de sus personajes con críticas legítimas de sus prácticas depredadoras, el resort logra que Pedro y Andrés luzcan como los malos cuando se dan cuenta de se están aprovechando de ellos –nunca es esto más claro que en el final, cuando Pedro parece darse cuenta de la verdad por fin y todo mundo lo mira como loco. Porque a los ojos de los demás está atacando a Gloria, una mujer que heroicamente ha tratado de superar una horrible tragedia, y no a la compañía que la hizo incorporar esta historia a su discurso de ventas.

Quizá el elemento más perverso es el personaje de Tom, representante del cuartel general de la compañia en Tucson, Arizona. Espléndidamente interpretado por R.J. Mitte, quien sufre de parálisis cerebral y es uno de los actores con discapacidad más visibles de Hollywood al ser mejor conocido por su papel en la serie Breaking Bad. Lo que es aterrador, por supuesto, no es la discapacidad del actor, sino qué el personaje la use tan cínicamente como una herramienta para manipular a sus clientes. Él y Marañón comparten la mejor escena de la película, una perturbadora ceremonia de iniciación en la que él pone a prueba su habilidad para expresar cualquier emoción a la orden. La cámara salta entre en los ojos de Tom, que chocantemente reflejan las luces del edificio, y Gloria, gritando “¡Me gané la lotería!” en una convincente pero inhumana mímica de júbilo total. No se me ocurre mejor imagen para expresar los extremos a los que el marketing emocional puede llegar. —AVR

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