Mentadas de Madre: The Nun (2018)

En lugar de apelar a un estilo directoral propio, o al menos tratar de definirlo, Corin Hardy se fue por la ruta de imitar a sus cineastas o películas favoritos. Tiene algunos picos en sus secuencias de mayor locura donde homenajea pesadillas góticas desenfrenadas de los 70’s y 80’s, pero es lo unico que se nota: Influencias.

por Mickey J. Brijandez

(La Monja, Corin Hardy, 2018)

El cine y sus madres

El nunsploitation es una cosa real – lo aclaro porque, a veces, cuando redacto estos textos se me olvida que no me dirijo solo a weirdos como yo – se trataba (o trata) de un sub-género dentro del sub-género dedicado a la explotación de la figura religiosa conocida como “la monja”, para colocarla en situaciones que por mero contexto no debería estarlo; inmiscuida en adoraciones demoniacas o de brujería negra, en encuentros sexuales fuera del celibato, algunas veces con hombres, sí, pero con el afán de titilación gratuita, de preferencia con mujeres u otras monjas; llenas de abusos, castigos y torturas como parte esencial también de los relatos.

Al ser películas realizadas primordialmente en países como Italia, España, México, Estados Unidos, o poblaciones con mayor influencia del cristianismo, y durante una época de liberación global llamada “los setentas”, fuera de resultar en excitación barata para el espectador (el tabú vende tickets), redituable para los productores, no pueden dejar de leerse como una manifestación colectiva de rechazo. La introducción de erotismo a un escenario donde históricamente no debería haberlo es una declaración de anarquía; critica a la imposición moralista y las expectativas forzadas encima de la feminidad que, a través de las eras, y por mandatos que le esquivan, debe entregar su vida a un Todopoderoso.

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Es común que se presente la vida monástica casi como una estructura militar para la mujer, sobre todo en cine de época desenvuelto durante la Edad Media, las Cruzadas o la Inquisición. Cuando el hombre no tenía manera de subsistir por su propia cuenta, siempre ha sido una opción viable la de enlistarse en su armada local. Por su parte la mujer, cuando en vidas pasadas había sido azotada por la tragedia o solitud, la opción de internarse en el convento de la esquina era la vía “más sencilla” de poner un techo sobre su espalda. Aunque lo anterior implicase someterse a duros regímenes de disciplina bordeando en el sacrificio físico, mental y, desde luego, espiritual.

Y en el rechazo de ese orden establecido es donde se cuentan las mejores historias. Porque si en tu plot introduces fuerzas del bien, es más interesante para la narrativa que exista una seductora contraparte. Para un amante del cine de explotación, pocas cosas hay tan cinemáticas como una guerrera de Dios gradualmente tentada para servir a las tropas del infierno. Incluso si somos religiosos o no, o nos situamos agnósticos en algún lugar del centro, hemos crecido con la imaginería y sabemos lo que implica desafiarla. Ver una película como The Nun en un salón lleno, en México, guadalupanos por excelencia, tiene su nivel de transgresión, por mínimo que sea. Mis matemáticas básicas dictan que debe haber un porcentaje amplio de la audiencia que se va a tomar en serio el cuento.

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Mucho desmadre, pocas nueces

A cuarenta años y sumando removidos de los 70’s, la película de Corin Hardy mantiene poco (pero muy poco) de esa vieja tradición. Comparte la premisa de extraer centavos de taquilla en base al símbolo de la monja, en su modalidad menos “–sploitation” y más estéril, eyecta de cualquier sexualidad (eso es más sintomático del nuevo puritanismo en el cine comercial discusión para otro momento) pero hasta ahí. Inclusive en la violencia, para ser una película de horror, oculta más de lo que muestra.

Y no es que una movie de género esté obligada a contener sexo o violencia para ser disfrutable, cada visión debe medirse por su propia vara, pero la de Hardy no termina de decidir hacia donde quiere inclinarse. No se compromete al cien con su historia de detectives, donde Demián Bichir y Taissa Farmiga son Sherlock y Watson, Vatican edition. Tampoco con el pseudo-slasher que pretende ocurrir en la abadía, donde las madres comienzan a azotar el mármol como moscas. Incluso falla en la promesa básica – si se acuerdan, o por si no sabían, se trata de una precuela para el universo extendido de James Wan y The Conjuring – porque tampoco explica el origen de la poderosa entidad demoniaca conocida como Valak, la monja del título, y al comienzo de éste film es un ser pre-existente en la misma forma física que lo conocimos en The Conjuring 2.

¿Entonces cuál fue el pedo de viajar al pasado? Hay una especie de flashback donde se le pretende vincular con un origen Templario en Las Cruzadas, pero no es un plot point que vuelva a explorarse, ni relevante a la trama de algún modo significante. De hecho, no me sorprendería si fue una escena que añadieron en un draft tardío del guion, cuando se dieron cuenta que no había un momento que explicara la búsqueda “à la Indiana Jones” por la sangre de Cristo (ya lo entenderán cuando la vean).

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Madre solo hay una

Hace un par de meses grabamos una conversación con Fernanda Solórzano donde, en el último tercio del programa, se platicó un poco sobre la naturaleza del cine de horror y el concepto erróneo, muy a pesar del nombre – por eso muchos prefieren llamarle cine de género o fantástico – a que éste debe llenar de miedo, o infundirlo como una prioridad. Muchas veces lo interesante en dicho cinema es la habilidad de explorar ideas o realidades, que no cruzan la frontera hasta la ciencia ficción, pero sin duda nos extraen de cualquier escenario viable. El único punto a favor que se me ocurre para The Nun es que da tanto miedo como el que nosotros mismos metamos a la sala.

Los sensibles a la iconografía podrán tener pesadillas por semanas; es innegable el creepyness natural en el diseño de Valak, y la interpretación debajo hecha por la actriz Bonnie Aarons. Igualmente, para los que una noche en “las películas de espanto” implica pasar por un festival de jumpscares (justificados o lo contrario) podrán satisfacer sus necesidades básicas. Tiene algunos picos en sus secuencias de mayor locura donde, explotando el pasado videoclipero del director, homenajea las pesadillas góticas desenfrenadas de Lucio Fulci, Amando de Ossorio o Lamberto Bava; en cadáveres reanimados que surgen de oscuros portales en el suelo para arrastrarte de las patas hacia las profundidades del infierno. En una pequeña entrevista para EW, Corin asegura haber sido influenciado por Evil Dead 2 de Sam Raimi y eso también se nota. Pero es lo único, influencias.

En el mismo texto cita Temple of Doom, The Exorcist III, Bram Stoker’s Dracula, The Name of The Rose, y eso nos ayuda a entender de donde viene como director y porque su entrada en la expansiva saga de Warner Brothers no encaja. En lugar de apelar a un estilo directoral propio, o al menos tratar de definirlo (se vale, es su segundo film apenas, The Hallow el primero) se fue por la ruta de imitar a sus cineastas o películas favoritos. No se trata de exigirle que sea como James Wan, quien ha pulido su lugar a través de los años como veterano de la compañía, hasta que se graduó al cine de superhéroes con Aquaman; más bien el tiempo dirá si seguirá el camino de su homologo David F. Sandberg, quien también solo contaba con una ópera prima (Lights Out) cuando realizó Annabelle: Creation y, curiosamente, igual lo ascendieron a las capas y leotardos con Shazam!. El tiempo lo dirá. —MJB

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