Upgrade (2018)

Es más que una pulida re-interpretación de Death Wish, con un robot psicópata como co-protagonista. Teje hábilmente sus ideas sobre la venganza y la tecnología. Nuestra relación con ambas, se sugiere, no es muy diferente. Creemos estar en control de nuestros aparatos, así como de nuestros impulsos primitivos, pero fácilmente podemos perder de vista cuándo éstos se apoderan de nosotros.

por Alberto Villaescusa R.

(Upgrade: Maquina Aesina, Leigh Whannell, 2018)

Upgrade es una brutal y muscular película de acción con una mente aguda. Es mitad violencia y sangre, mitad comentario de nuestra relación con la tecnología. La idea de que la innovación tecnológica es la solución a nuestros problemas es central a nuestra sociedad actual y el segundo largometraje de Leigh Whannell hace un buen trabajo de explorar los horrores que pueden resultar de ello. Cómo la promesa del empoderamiento humano a través de la computación y la automatización nos termina convirtiendo en esclavos de las tecnologías y aquellos que las crean y controlan.

El futuro cercano de Upgrade es destallado y vibrante. Rascacielos que se contorsionan y luces de neón son algunos de los clichés futuristas que reutiliza, pero el diseño de producción de Felicity Abbot le presta más atención a los interiores: fríos y estériles espacios de concreto matizados con plantas, piedras y madera; materiales orgánicos que parecen elegidos por sus habitantes para esconder el hecho de que el mundo táctil ha pasado a un segundo plano.

El protagonista es Grey (Logan Marshall-Green), un mecánico de autos clásicos, una profesión anticuada en un mundo en el que los carros son conducidos por inteligencia artificial. Cuando otros se asisten de comandos de voz, Grey prefiere usar y ensuciarse las manos. Los opuestos se atraen porque, su esposa Asha (Melanie Vallejo), es una empleada de alto rango en la corporación Cobolt, una de las compañías responsables del futuro en que los dos viven, y una firme creyente en su valor para el progreso humano.

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Después de entregar un vehículo al multimillonario Eron Keen (Harrison Gilbertson), el genio líder de la compañía rival Vessel, Grey y Asha sufren un horroroso percance. El piloto automático falla (o es saboteado), el vehículo se sale de su ruta, volcandose. Un grupo de hombres misteriosos se aparece y dispara a la pareja. Asha fallece al instante y Grey resulta tetrapléjico.

Whannell, como director y guionista, no esconde el sufrimiento de Grey, o la monumental crueldad del destino que lo llevó a estar atado a una silla de ruedas. No sólo acaba de perder a su esposa, también su movilidad, su forma de ganarse la vida y lo que lo mantenía aterrizado en un mundo cada vez más artificial. Hay pequeños momentos de humanidad y tragedia aquí y allá. Cuando un técnico de Cobolt le muestra los brazos robóticos que han instalado en su casa para que éste pueda alimentarse y realizar otras funciones básicas, la cámara se sostiene en un Grey vacío, mientras su madre Pamela (Linda Cropper) y el técnico se mantienen en el fondo, fuera de foco y sus rostros fuera de vista.

Otra escena dolorosa es cuando trata de suicidarse a través de una sobredosis, pero como la administración de su medicina queda a cargo de un brazo robótico, está a la merced de su programación, la cual por supuesto niega. Grey ni siquiera tiene el control de su propia vida. Estos momentos de humanidad son muy bienvenidos. Más adelante hay otro momento en el que habla con su madre y lo primero que ella hace es tomarle la mano. Es algo muy simple, pero pocas películas de su género se les ocurre hacerlo en primer lugar.

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El hombre está sin esperanzas hasta que hasta que Eron se aparece con una oferta. Servirá como conejillo de indias para su nuevo invento: un avanzado chip de inteligencia artificial llamado STEM que le permitirá recuperar sus brazos y piernas. Aquí es donde menciono lo mucho que disfruté la actuación de Gilbertson como Eron. Como muchos genios malévolos del cine, tiene una presencia fantasmagórica; la diferencia es que Gilbertson inserta una risa exagerada y fuera de lugar de vez en cuando, en un inquietante intento de parecer humano.

Pronto se descubre que, además de restaurar su movilidad, la inteligencia artificial de STEM puede comunicarse con él a través de su oído interno (su voz es proporcionada por el actor Simon Maiden) y es un mejor detective que los oficiales de policía encargados de encontrar a los asesinos. Con una mirada rápida al video de dron del incidente, STEM puede deducir la identidad de uno de los responsables y poner a Grey en el camino de la justicia (o la venganza).

Dado que la relación central de la película ocurre entre Grey y STEM, quien se manifiesta sólo como una voz en su cabeza, el peso de ella cae en los hombros de Marshall-Green. El actor responde al desafío con una interpretación intensamente física y ocasionales acentos cómicos. Como parte de su programa, el implante puede tomar control del cuerpo y convertirlo en una precisa y eficiente máquina de pelear. Con impresionantes movimientos de cámara Whannell resalta el componente mecánico, pero lo que al final los hace convincente son las expresiones de Marshall-Green, quien luce atónito y lleno de náuseas mientras que su cuerpo se somete a un enemigo con frialdad e indiferencia.

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Merece crédito por ser algo más que una pulida reinterpretación de Death Wish con un robot psicópata como co-protagonista. La película teje hábilmente sus ideas sobre la venganza con las ideas sobre la tecnología. Nuestra relación con ambas, sugiere, no es muy diferente. Creemos estar en control de nuestros aparatos, así como de nuestros impulsos más primitivos, pero fácilmente podemos perder de vista cuándo éstos se apoderan de nosotros. La idea está integrada orgánicamente a una trama de misterio llena de sorpresas en la que se tiene que descubrir a los verdaderos responsables de la muerte de Asha y a la vez que tiene que eludir a Cortez (Betty Gabriel) una astuta detective de la policía que empieza a interesarse por el caso cuando los sospechosos empiezan a morir de manera violenta y azarosa.

Disfruté la bien coreografiada acción de Upgrade, el laberinto que es su trama, sus atinadas actuaciones y la fotografía que placenteramente recuerda a Blade Runner, original y 2049. Lo que me maravilla de ella es cómo todos estos elementos comunican tan hábilmente la idea de que la tecnología no sólo no nos salvará, pero terminará volteándonos contra nosotros mismos. —AVR

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