Asiáticos Ricos y Locos

El director Jon M. Chu (que en mi opinión nunca había hecho nada bueno, salvo mi gusto culposo por la saga Step Up y Jem and the Holograms) junto a su DP Vanja Cernjul, llenan cada milímetro del cuadro con algún tipo de exceso. En sus visuales, vestuarios, locaciones y producción, el olor al dinero te cachetea desde atrás de la pantalla.

por Mickey J. Brijandez

(Crazy Rich Asians, Dir. Jon M. Cho, 2018)

Recién les platicaba sobre Mamma Mia! y mi extraña fascinación por el cine de gente rica, la que vive en las montañas del confort y que solo tiene tiempo para preocuparse por problemas superficiales o banales. Y de ningún modo lo anterior es un denueste a ese tipo de cine porque se puede argumentar lo mismo de su contraparte, como si las catástrofes de gente pobre o miserable fueran las únicas que vale la pena contarse. Cada historia, y su respectivo narrador, tiene sus propias preocupaciones y métodos para apelar a nuestra humanidad.

CRAZY RICH ASIANS

Crazy Rich Asians, –traducida solo como Locamente Millonarios en México, sustrayendo del título el importante asiáticos– cuenta la historia de la relación amorosa entre Rachel Chu (Constance Wu) una joven trabajadora, maestra de economía en la Universidad de Nueva York y Nick Young (Henry Golding), un empresario inglés cuyo background es un poco nebuloso pero asegura, durante un vuelo en primera clase hacia Singapur, que su familia vive de manera “confortable”.

El motivo principal del viaje es la boda del mejor amigo de Nick, Colin (Chris Pang) y su prometida Araminta (la siempre hermosa Sonoya Mizuno). El motivo secundario, pero mucho más acuciante, será la ocasión de Rachel para conocer a la suegra dura de roer Eleanor (Michelle Yeoh) y el resto del disparatado clan Young. Apenas ponen pie en Singapur, ella descubre que la familia de su novio, no son solamente ricos, viven en una casi asquerosa ofensiva-para-los-mortales opulencia. La realeza en un cuento de hadas palidece. Llevan vidas de fiestas caras, autos de lujo, mansiones descomunales, viajes privados en jets, helicópteros y cruceros. Es más, en algún punto del film, Araminta decide festejar su despedida de soltera RENTANDO UNA ISLA COMPLETA. No estoy exagerando.

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Es imposible describir la película sin ahondar en la fortuna de sus personajes, pues su director Jon M. Chu –que en mi opinión nunca había hecho nada bueno, salvo mi gusto culposo por la saga Step Up y Jem and the Holograms– junto al cinematógrafo Vanja Cernjul, llenan cada milímetro del cuadro con algún tipo de exceso. En sus visuales, vestuarios, locaciones y producción, el olor al dinero te cachetea desde atrás de la pantalla. Te hace cuestionar a cada instante, ¿qué diablos tiene que ir tan mal en la vida de estos atractivos millonarios para que sean infelices o desagradables? Y entonces la película te explica.

Nuestro vehículo en la trama es Rachel, que es lo más cercano a una clase, ya ni se diga media o baja, sino regular, criada por una madre soltera en la caótica ciudad de Nueva York. Sus constantes pies sobre la tierra nos introducen a este mundo de fantasía casi rayando en la ciencia ficción. Más allá de tener un título meramente humorístico, en Crazy Rich Asians se nos presenta, en efecto, a una sociedad de asiáticos multi-millonarios y locos. De cómo cuando la gente pierde cualquier contacto con el motor de la realidad, y sus necesidades básicas están cubiertas, los únicos problemas que quedan son la familia, celos, traiciones, envidias o romances.

Y ustedes me preguntarán: Pero nosotros los pobres también sufrimos por la familia, los celos, traiciones, envidias y romances, ¿Qué no?

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Así es, mis queridos. Y es por esa única razón que, a pesar de pintarse con muchos ABCs de la comedia romántica y/o el drama familiar, la historia logra engancharnos. No pretende ser nunca original –salvo el detalle de ser la primer movie americana de Warner Brothers con distribución trasnacional protagonizada por un elenco 99% asiático– que es sencillo conectar con las situaciones mundanas que provocan estrés o dolor a nuestros personajes. El plot no es tanto sobre el tropo de chico-conoce-chica, pues Rachel y Nick comienzan ya como un artefacto, sino más bien sobre cómo mantener a flote una relación cuando universos opuestos colisionan. Cómo la familia del príncipe, heredero al trono del rey, se pone de cabeza al momento que éste se enamora de la campesina y no una princesa. No solo suena a argumento de novela (porque lo es, una adaptación homónima del autor Kevin Kwan publicada en el 2013) sino de tele-novela.

Incluso para una sociedad como la nuestra, la mexicana, es fácil de comprender el peso que tienen las tradiciones y rituales del pasado en el destino de una familia singapurense o con alguna ascendencia en países orientales como China, Taiwán o Malasia. Por mucha de su duración, la película es un sube y baja en tratar de determinar si el desprecio que Eleanor Young proyecta hacia su nuera tiene que ver más con el estatus económico o simplemente con su americanidad. Es una xenofobia que no estamos acostumbrados a ver en pantalla. Los mexicanos no somos extraños a esa idea de sentirnos como pez fuera del agua cuando pisamos la nación del norte, mucho menos al concepto de ser percibidos o rechazados como tal. Más que una analogía, hay una escena literal, donde a Rachel la recibe un pescado, fuera del agua, eviscerado sobre las sabanas de su cama, con un mensaje escrito en sangre por toda la pared, acusándola de ser nada más que una perra interesada o vividora (gold digger).

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Y digamos que hasta ahí llega el nivel de complejidad en éste romance, un will they won’t they donde ella no tiene ninguna necesidad de ser degradada, ni por amor ni por dinero; y él, por las mismas razones, debe priorizar el futuro del negocio y/o la herencia familiar. Ambas caras de la moneda son presentadas con el mismo nivel de angustia. Inclusive vemos el problema arrastrar a personajes secundarios. El sub-plot de la prima Astrid (Gemma Chan), por ejemplo, también nos empaña con su suntuoso melodrama.

Lo más impredecible que sucedió con la narrativa de la movie fue la que se contó tras correr los créditos. Rompió records impresionantes de taquilla en los Estados Unidos, y en retrospectiva, es posible adjudicarlo a su naturaleza de ensueño o como aventura aspiracional. Raya bastante en el paisajismo o exalta una Singapur de manual para el viajero, para los que nunca la hemos visitado y muy probable nunca vamos a visitar. Entonces se nos recuerda ese es el poder del cinema, el de transportarnos, no solo a mundos alternos fantásticos, también a escenarios que para alguien en algún lugar del planeta deben ser realidades. Ventanas a la vida de los desconocidos. El voyerismo compartido. Aunque siempre que vamos y nos sentamos en una sala oscura estamos semi-conscientes de ello, se agradece un film que explícitamente nos arroja en la cara: Mira que vacío y suave se la está pasando el resto. —MJB

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