Nuestro Tiempo (2018)

El hecho que Reygadas interprete a la figura central en su propia película sobre la masculinidad, seguramente lo hará blanco de críticas y acusaciones de egocentrismo, sobre todo considerando lo personal e íntimo de su contenido. Se juega con el cliché del autor masculino egolatra que se coloca al centro de sus historias y que asigna una escala cósmica a sus problemas personales.

por Alberto Villaescusa R.

(Our Time, Dir. Carlos Reygadas, 2018)

La primera parte de Nuestro Tiempo encuentra al director Carlos Reygadas trabajando a la cima de sus capacidades. No sólo porque hace gala de sus mayores habilidades y sellos, sino porque es quizá lo mejor que jamás ha llevado a la pantalla en una carrera que abarca más de quince años y cinco largometrajes. Así como su película anterior, Post Tenebras Lux, ésta abre con una fluida toma en steadicam de un niño jugando en medio del campo. A éste lo acompañan otra docena de pre-adolescentes jugando en un lodazal al lado de una pequeña laguna. Es un paraíso poco convencional; no hay nada de glamoroso sobre el lodo pero eso sólo lo hace sentir más puro. Son vacaciones y los niños experimentan el júbilo. La cámara se coloca a la altura de la vista de los pequeños y la mueve como un juguetón espíritu. El lente de gran angular distorsiona surrealmente sus rostros y sus cuerpos. Detalles de sus brazos y piernas hacen que su juventud se sienta más inmediata y vibrante.

Al poco rato, el grupo se separa entre hombres y mujeres. Las niñas se tiran sobre una balsa inflable y empiezan a hablar sobre sus familias y las materias de la escuela. Los niños, por su parte, conspiran emocionados un plan para acabar con su tranquilidad. Uno de ellos exclama, atrapado en su fantasía de la guerra de los sexos, ¡Matemos a las niñas! y arremeten contra la balsa y la voltean. La película corta a un hombre y una mujer, empleados del rancho en que vacacionan los niños. Y después a otro grupo de jóvenes mayores, tomando sombra y cerveza, en otra parte de la laguna. Uno de ellos, Juanito, se acerca a una de sus amigas, Lorena, y le tira un poco de cerveza en el cabello. Ella se molesta, pero en realidad no. Le exige que le lave el cabello, entonces los dos se separan del resto y se sumergen juntos en el agua. Un acertado salto de tiempo nos esconde si algo más sucedió.

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Más que la fotografía, las tomas alargadas o la ambientación, lo que hace de este primer momento de Reygadas puro, es su capacidad de traducir lo mítico a unos pocos momentos cotidianos. Hay diversas formas de interpretar estos primeros minutos. La desconexión entre los jóvenes despreocupados y los empleados del rancho nos sugiere una brecha de desigualdad que en México se suele dar por sentado (y la película mayormente hace lo mismo, o ¿será que el rol secundario de los trabajadores del rancho es un comentario de su situación?). Más importante aún, esta primera parte sienta las bases para lo que la película tratará más adelante: cómo las relaciones entre el hombre y la mujer, incluso aquellas que parecen románticas, están construidas sobre el ejercicio de poder y violencia.

El toro es una imagen que se repite a lo largo de Nuestro Tiempo. Temprano en la película, dos vaqueros entran a un área cercada para alimentar a una torada y dos de ellos se empiezan a pelear. Uno arremete contra el carro de los vaqueros y destripa a la mula que tira de él. Es una escena inquietante, más porque vemos cómo las vísceras de la mula se vuelven de adentro hacia afuera (No es la primera vez que Reygadas invita críticas de crueldad animal, su ópera prima Japón causó controversia por incluir, entre otras cosas, los gritos de un cerdo siendo sacrificado). Tales muestras de violencia pueden ser innecesarias, pero si uno le pregunta al director, éste probablemente dirá que tienen un punto. El acto está diseñado para quedarse en nuestra mente.

¿Es esta agresión inherente a la naturaleza del animal? ¿O un síntoma de su estar encerrado en una pequeña área de tierra? Dado que la escena no se conecta directamente con su protagonista, el reconocido poeta Juan Díaz (interpretado por el mismo Reygadas), quien es agresivo de manera, nos preguntamos si hay una conexión más profunda. ¿Son las acciones de Juan igualmente parte de su naturaleza? ¿O una imposición del lugar y el tiempo en el que vive?

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Hay algo fundamentalmente pretensioso. El hecho que el mismo director interprete a la figura central en una película suya sobre la masculinidad, seguramente lo hará blanco de críticas y acusaciones de egocentrismo, sobre todo considerando lo personal e íntimo de su contenido. La trama gira alrededor de Juan y su esposa Ester (Natalia López), los dueños del rancho. Una vez que termina la multitudinaria reunión que abre la película, ella regresa a la Ciudad de México por motivos de trabajo y le da aventón a Phil (Phil Burgers), uno de los rancheros. Phil es joven, simpático y divertido para ser un estadounidense, dice ella. Una noche, después de tomar mucho, los dos tienen una aventura. Ester le cuenta todo a su esposo a la brevedad, pero éste sospecha que hay algo más todavía. Entre la pareja nacen nuevos rencores y los viejos salen a la luz.

Aunque mucho más dramática, el segundo tercio es el más tedioso, en gran parte por el casting. Reygadas siempre ha preferido usar a no actores en sus películas, pero nunca antes había encontrado uno tan plano y poco interesante como él mismo. No es que no sea convincente en el papel, pero su presencia en pantalla es demasiado arrogante y reservada como para sostener el peso de una película entera. La postura machista del personaje le sale bien, pero le cuesta trabajo mostrar la fragilidad e inseguridad que podrían darle una dimensión más humana.

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Éste segundo acto está construido alrededor de una idea intrigante. En lugar de tratar de reafirmar su dominación sobre su mujer, Juan le alienta que siga viendo a Phil y hasta que tenga relaciones con un amigo de los dos para satisfacer los deseos de ella y para que él pueda exonerarse de sus celos. Pero el esposo no puede en verdad dejarla ser libre; ella y sus amantes todavía tienen que pedirle permiso.

Se juega con el cliché del autor masculino egocéntrico que se coloca al centro de sus historias y que asigna una escala cósmica a sus problemas personales. Es en parte por esto que sus observaciones se sienten íntimas y hasta poderosas, llevadas a cabo con impresionante técnica. Hay un intento de ponerse en el punto de vista de la mujer: una secuencia en un concierto les da imagen y sonido a los nacientes deseos de Ester. Otra, de un avión aterrizando en la Ciudad de México, acompañada de un monólogo, llena de anticipación, nervios y contemplación. Son de las más emocionantes que he visto en una película de este año.

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Al final, es sobre las repercusiones de cierto pensamiento que por generaciones ha estado arraigado a los hombres. ¿Se puede de verdad amar a una mujer cuando la idea del amor tiene tanto de agresión y dominación? Aun cuando éste es el caso, ¿se pueden pasar años con esa persona sin que se vuelva parte de la vida de uno? ¿Y qué cuando esta persona se da cuenta de que no hizo todo por amor, sino porque como mujer eso era lo que se esperaba de ella? Son preguntas difíciles, pero necesarias para llegar a una mejor idea de lo que significa ser hombre.

Más que las preguntas mismas, lo que me cautivó fue la franqueza con la que Reygadas les aborda. Más que cualquier otra película suya, Nuestro Tiempo es explícita y sentimental. Por cada secuencia críptica, poética e inexplicable hay hermosos primeros planos de sus personajes (usados con poca frecuencia, pero gran impacto) y narraciones en la voz de una niña que nos dicen exactamente lo que Juan está pensando. Que lenguaje rebuscado y groserías salgan de la voz de una pequeña se siente como algo de distancia irónica, pero por primera vez sentí que el autor, más que escandalizar o confundir, buscaba ser escuchado. —AVR

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