FICM ’18: Museo

Museo de Alonso Ruizpalacios cuenta una historia de la juventud con un lenguaje joven y fresco. Es una película tan inquieta, inteligente y desafiante como sus personajes. A la vez emocionante, divertida y contemplativa.

por Alberto Villaescusa R.

(Museo, Dir. Alonso Ruizpalacios, 2018)

Museo de Alonso Ruizpalacios cuenta una historia de la juventud con un lenguaje joven y fresco. Es una película tan inquieta, inteligente y desafiante como sus personajes. A la vez emocionante, divertida y contemplativa. Sus ágiles movimientos de cámara, ocasionales montajes rápidos y su uso dramático de música pop recuerdan a las primeras películas de Paul Thomas Anderson y cumple el propósito similar de capturar la sensación de un tiempo y un lugar en específico.

Ese tiempo y lugar son la Ciudad de México en el año de 1985, apenas unos meses después del temblor. Es una dramatización (o “réplica”, como ésta misma nos dice) de un robo real ocurrido en el Museo Nacional de Antropología cometido por dos jóvenes de clase media. Juan (Gael García Bernal) y Benjamín (Leonardo Ortizgris) son dos estudiantes de veterinaria, muy astutos, pero no muy motivados. Su dinámica nos recuerda mucho la de otros infames dúos criminales: Juan es la carismática mente maestra que se siente rodeado de personas inferiores y Ben el introvertido solitario que se deja manipular fácilmente.

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La película actúa en cierta forma como una crítica al sistema de educación mexicano, aquel en que la disciplina y la memoria toman prioridad sobre la creatividad y la curiosidad; donde las figuras de la historia están hechas para venerarse y no para apreciarse en su verdadera complejidad. Donde aquellos a quienes no los mueve la idea de participar en el engranaje de un México suburbano – que se parece cada vez más a Estados Unidos – eventualmente se vuelven flojos; objetos a la deriva.

Con exactitud, lo que lleva a Juan a concebir y ejecutar tal crimen es, reiterado constantemente, un misterio. Lo que lleva a Benjamín a seguirlo es uno más grande. Museo hubiera perdido algo de su impacto si nos diera una motivación única y clara, pues hay tantas posibilidades. El dinero es quizá la respuesta más aburrida. ¿Serán las constantes burlas de su familia de clase media y el resultante sentimiento de inferioridad? ¿El proteger estas piezas arrancadas de sus sitios de origen?  Vale la pena resaltar que, a diferencia de su contraparte de la vida real, Juan tiene varias hermanas en lugar de un hermano, así como el protagonista de Punch-Drunk Love, del previamente mencionado Paul Thomas Anderson. Uno puede notar cómo las motivaciones cambian a lo largo de la película, una metáfora perfecta para la inquietud y constante re-descubrimiento personal de lo que es la juventud. —AVR

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