FICM ’18: Las Niñas Bien

Como la segunda mitad de una épica criminal de Martin Scorsese, Las Niñas Bien retrata una espectacular caída de la riqueza. No necesariamente a la pobreza, pero sí a la desesperación de poco a poco perder, por obra propia y por fuerzas fuera del control, lo que uno por mucho tiempo considero indispensable.

por Alberto Villaescusa R.

(The Good Girls, Dir. Alejandra Márquez Abella, 2018)

Una película como Las Niñas Bien plantea un desafío considerable tanto a sus realizadores como a su público. Después de todo, ¿cómo involucrarse de verdad en las vidas excesivamente privilegiadas para quienes una de las mayores crisis económicas en México se tradujo sólo a pequeños inconvenientes? Sin embargo, la película tiene algo compulsivamente atractivo. Como la segunda mitad de una épica criminal de Martin Scorsese, se retrata una espectacular caída de la riqueza. No necesario a la pobreza, pero sí a la desesperación de poco a poco perder, por obra propia y por fuerzas fuera del control, lo que uno por mucho tiempo considero indispensable.

Al centro de ésta mirada a la alta sociedad de la Ciudad Mexico, allá por 1982, desastroso último año del sexenio de José López Portillo, se encuentra Sofía (Ilse Salas), esposa de un banquero cuyo negocio colapsa junto con el valor del peso. A través de sus ojos, los cortes de agua y los pagos retrasados adquieren un sentir casi apocalíptico. Ella y su círculo social –que incluye a su mejor amiga Alejandra (Cassandra Ciangherotti) y la recién llegada Ana Paula (Paulina Gaitán)– se dan cuenta de verdad lo mucho que su lugar en la vida es dictado, no por su estilo o su criterio, sino por el dinero (en especial los dólares) de sus esposos. Hasta el desempeño sexual de su marido Fernando (Flavio Medina) parece estar ligado al estado de su cuenta de banco.

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Aun cuando la crisis demuestra que llegó para quedarse, Sofía y compañía se siguen aferrando a su estilo de vida. No tienen opción. Después de años de resguardar tan celosa y agresivamente las puertas de la alta sociedad, ellas están temerosas de que las mismas reglas del mundo apliquen para ellas. Le tienen menos miedo a morir que a ser pobres, o peor, “nacos”.

Basada en las crónicas de la escritora Guadalupe Loaeza sobre dicho periodo, la película dirigida por Alejandra Márquez Abella toma un enfoque muy diferente. Donde los relatos de Loaeza contaban con un tono ligero y divertido (aunque disfrazaban una atinada y para nada superficial critica a las élites), el tono de la película es casi fúnebre, llena de colores apagados y tomas en cámara lenta que les extraen la vida a opulentas formas de vivir. Apropiado para una película que narra la muerte de una época, pero este recurso se vuelve cansado y repetitivo después de un tiempo. Y es que sólo hay pocas formas de mostrar una tarjeta de crédito declinada antes de que ésta pierda su impacto. —AVR

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