The Bookshop (2017)

El filme es una ilustración compuesta por colores primarios que, sin tanta ampulosidad, logra enmarcar su función en un argumento humilde y lleno de sustancia afectiva bombeada por el corazón. Florence (Emily Mortimer) es una mujer amable y tierna, la viudez le vuelve solitaria y melancólica, sin embargo, sus raíces primeras de amor por la vida no le permiten dejarse vencer ante la idea de una derrota crónica.

por Giovanni Romero

(De libros, amores y otros males, Isabel Coixet, 2017)

The Bookshop demuestra cómo una trama en apariencia sencilla logra ponerse al nivel de la expectación. La lentitud del ritmo se vuelve, a la postre, en un derroche conmovedor de afectos que nos toman por sorpresa, en ese instante podemos agradecer la calma narrativa; entregarse a la empresa de poner una librería no es el asunto per se, sino el pequeño mundo ordinario que se construye en la integración de pasiones contrarias.

El filme hace un manejo a la realidad de la manifestación emotiva; no es una realidad más clara que ayude a entendernos en un diálogo armonioso del interior, es una ilustración compuesta por colores primarios que, sin tanta ampulosidad, logra enmarcar su función en un argumento humilde y lleno de sustancia afectiva bombeada por el corazón.

Florence (Emily Mortimer) es una mujer amable y tierna, la viudez le vuelve solitaria y melancólica, sin embargo, sus raíces primeras de amor por la vida no le permiten dejarse vencer ante la idea de una derrota crónica. Lucha con valor en abundancia por inaugurar y permanecer entre los libros, ofrecer letras en el pueblo y nunca sentirse sola; porque uno nunca puede sentirse solo si está en una librería, autores y personajes nos rodean con la impresión de la eternidad.

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Y ese profuso valor es visto como un reflejo vestigial, sin funcionalidad alguna en el progreso de la evolución humana, ensalzada en la pasión por lo decadente y meramente mecánico. Todo el pueblo parece arder en la premura por arruinarle los más inocentes sueños a una mujer amable, simpática y sin ninguna intención por alimentar la campiña de la rivalidad y el rencor. La gente amable es pisoteada, le arrebatan sus sueños en este mundo cruel.

Violet Gamart (Patricia Clarkson) es un personaje que odias intensamente, por lo tanto, funciona como perfecta antagonista con pasiones inmundas, una mujer de sonrisa ensayada y elegancia fabricada por las fabulosas fiestas de la filantropía. Ella se presenta como una posible ayuda para Florence, la chica que se mudó a la antigua casa del pueblo, y termina siendo la sevicia irracional de una persona que su única motivación para levantarse todas las mañanas es joder.

Y un personaje que nos recordará a El Lobo Estepario, es Edmund Brundish (Bill Nighy) que por su intensa capacidad para el anacoretismo y la labranza del intelecto nos resulta una entidad llena de misterio. Es un hombre sensible que no ocupa de la manifestación emotiva hiperbólica para constituirse; no es la efusión pública lo que entra en la categoría, sino las muestras de afecto hacia alguien que lo merezca.

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Y es ahí donde este hombre conoce a Florence, donde el cambio de luz intertextual entre momento narrativo e imagen se vuelve vigente en una toma frente al mar. La luz incide de manera más amplia sobre el cuadro y lo nublado de la estructura sufre un ligero cambio de dirección. Los diálogos y las acciones dramáticas nos hablan de una especie de liberación, todo signo de reclusión es disipado por la pasión por la vida y todo ese coraje vuelve a ser significativo.

Es triste cómo la apoteosis reside en la pasión por la destructividad, la gente decadente pisotea la amabilidad de los más nobles y los repudia irracionalmente. La trama logra hacernos entrar en este mundo ordinario y descubrir cómo toda nuestra vida es en realidad extraordinaria, sólo a través de las pasiones es como cobra sentido; empero, la gente muere de un infarto fulminante, la gente puede ver sus sueños arder en las grandes llamaradas de fuego y aún así tratar de sonreír.

Y uno puede morirse creyendo en sus sueños irrealizados, pero, vicariamente, dejamos nuestra huella en otros. Christine (Honor Kneafsey) es el final culminante, el punto cumbre, la narración de un alma noble que no le gustaba leer.  —GR

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