Bohemian Rhapsody (2018)

Labor reduccionista del director Bryan Singer, donde explora la vida de una leyenda demasiado rápido. En su intento elíptico pierde la oportunidad de hacer un mayor énfasis en las emociones y entretelas de los personajes. No se nos ofrece nada nuevo que no hayamos podido leer en cualquier otro sitio sobre su legendaria banda, Queen.

por Giovanni Romero

(Bohemian Rhapsody, Dir. Bryan Singer, 2018)

Bohemian Rhapsody es más una presentación de concierto que una cinta legítima, el tratamiento narrativo parece tomar la biografía de Freddie Mercury y procesarla como datos, absteniéndose de la intensidad dramática que tanto le hace falta.

En una labor reduccionista donde el director Bryan Singer explora la vida de una leyenda, es demasiado rápido en su intento elíptico y pierde la oportunidad de hacer un mayor énfasis en las emociones y entretelas de los personajes. No se nos ofrece nada nuevo que no hayamos podido leer en cualquier otro sitio sobre su legendaria banda, Queen.

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La inmediatez de la cinta raya en lo superficial, sólo se nos avisa de las cosas y cuando más queremos meternos en la trama y en el corazón de nuestro protagonista, se nos limita y nos cambian de dirección. Sin embargo, la música siempre está ahí para salvarnos de la inerte marcha de eventos que parecen ser sólo una escaleta.

La música y las actuaciones son lo que pueden salvar este filme como un biopic decente, el placer visual es también una apología que logra proteger la película de toda crítica severa. La mímesis histriónica es fascinante en virtud de que logra reencarnar la esencia de la banda y no aludir a una traducción mecánica poco apasionada. Podemos apreciar y valorar ampliamente cada gesto de nuestros personajes y ver que hay en ellos una autenticidad sublime, en el decurso del filme creemos intensamente que ellos son Queen y se nos presentan como tal, no como una actuación fingida.

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Y sólo a través de la energía de las actuaciones de Rami Malek (como Freddie Mercury), Ben Hardy (Roger Taylor), Joseph Mazzello (John Deacon) y Gwilym Lee (Brian May) es como podemos salvaguardar el trabajo del director. Si bien Freddie es la focalización narrativa preponderante, no podemos decir que es una intervención selectiva; el signo común de la realidad musical nos lleva a reconocer la voz de la banda, como la voz de la banda. Y sólo así se justifican hasta los más pequeños aspectos de comicidad, porque forman parte de lo que sucede. Que al bajista le hayan dado la habitación más chica no es sólo una coincidencia.

La narrativa deja mucho que desear, no sólo por problemas de dirección sino por un trabajo desde el papel; no falla en revelarnos una fotografía más o menos clara, empero, la falta de génesis en las acciones dramáticas le hace perder fuerza. La terminación del filme apoya la postulación primera, parece que miramos un concierto entre las multitudes en lugar de una charla íntima con los integrantes. Los miramos a lo lejos y nos asomamos por la ventana de vez en cuando, pero nunca los reconocemos en la desnudez de sus emociones. —GR

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