El día después de Halloween: Asesinatos de Niñeras para la Nueva Era

Cada Halloween, de las 11 que se han hecho, son un reflejo cultural muy de su época. Suena como una obviedad ya que lo mismo se puede argumentar de cualquier película en la historia del cine, pero en éste texto vamos a repasar tres de sus capítulos: La del ‘78 (Halloween), con énfasis en aquella de 1998 (Halloween H20: 20 Years Later) y la más reciente versión 2018 (Halloween… otra vez), todas esotéricamente separadas por exactos veinte años.

por Mickey J. Brijandez

(Halloween, Dir. David Gordon Green, 2018)

Si la palabra Blumhouse todavía no es parte de su léxico, creo que es momento para que comience a serlo. Blumhouse Productions es una compañía fundada por Jason Blum que lleva produciendo cine de horror – más el ocasional drama – desde el año 2009 con la saga Paranormal Activity. Apenas saltaron en la escena, durante casi una década han pavimentado la orientación y rumbo del cine de género con aspiraciones comerciales; sus pelis, por más modestas o indies que parezcan, usualmente son distribuidas por el titán Universal, y lo serán de aquí hasta el 2024.

Han encumbrado talentos como James Wan, Mike Flanagan o Damien Chazelle (les dije que hacían el ocasional drama) así como soportado a veteranos del size de M. Night Shyamalan, Eli Roth y más reciente Spike Lee (a éste último con su BlackKklansman) entre muchos, muchos otros. Incluso tienen ya un pie en la televisión y este año golpearon al mundo con su maravillosa Sharp Objects, además de la readaptación de su propia serie cinemática, The Purge.

Todo esto es apenas una entradita y relevante solo para ayudarnos a entender el contexto y el nivel de influencia con la que opera la casa de Blum. Han sido nominados y ganadores de prestigiosos Oscares con Whiplash y Get Out así como reyes de la taquilla popular con Split o la ya mencionada Paranormal Activity saga. Concluyamos, pues, con que batean arriba de .300 de ambos lados del plato.

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La pesadilla antes de Halloween

Es natural que, al tener la brocha en diferentes tintas, el cine producido por Blumhouse de vez en cuando se va a pasear por repetidos sub-géneros. En ésta ocasión, que nos compete el slasher, la compañía lo ha hecho refrescante e inteligente con Happy Death Day de Christopher Landon así como horripilante (en el peor sentido), convencional y nada inspirado con Truth or Dare. Para bien o para mal, ambas películas fueron propiedades intelectuales originales, con el afán de desatar franquicias – Happy Death Day lo logró; su secuela llega en febrero 2019 – pero al meterse con Halloween, una marca tradicional, estaban osando sacar agua de un pozo delicado.

Muy independiente a la estima que cada quien tenga hacia la serie de películas detonadas por John Carpenter atrás en 1978, no se puede negar su capacidad como hitos en la cultura popular. Si los monstruos de Universal son los iconos de la Edad de Oro en el cine de horror, la transición a la edad moderna la marcaron Freddy Krueger (Nightmare on Elm Street), Jason Voorhees (Friday the 13th) y, de Halloween, Michael Myers.

Las películas arriba mencionadas engendraron secuelas, intentos de cancelación, reboots desesperados, rejuvenecimientos apropiados y disparatados, tanto dentro de sus corridas originales, así como décadas mas tarde. La compañía Platinum Dunes retocó Friday en el 2009 y Nightmare en el 2010, la primera de las dos siendo la mejor lograda en mi opinión. Dimension Films ya había hecho antes, en 2007, un nuevo Halloween con Rob Zombie al timón. Ninguna de ellas trascendió ni engendró secuelas salvo la de Zombie, dando a luz en el 2009 una Halloween II, que, aunque tiene sus momentos de brillante absurdo (como podría esperarse en toda la obra del cineasta) dejó completamente sin pulso el futuro de una probable saga.

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Halloween H20: 20 Years Later (1998)

Veinte años después… veinte años después.

Cada Halloween, de las 11 que se han hecho, son un reflejo muy de su época. Suena como una obviedad ya que lo mismo se puede argumentar de cualquier película en la historia del cine, pero aquí voy a referenciar tres capítulos particulares: Por obligación la del ‘78 (Halloween), con énfasis en aquella de 1998 (Halloween H20: 20 Years Later) y ahora 2018 (Halloweenotra vez), todas esotéricamente separadas por exactos veinte años.

Cuando se nos vendió el concepto de ésta nueva versión, dirigida por David Gordon Green, co-escrita entre él, Jeff Fradley y Danny McBride, la idea era un tanto atrevida: Descalificar casi cuarenta años de historia y hacer una secuela directa de la original. Lo que ha quedado un poco soplado bajo la alfombra es que lo mismo ya se había intentado hace veinte años, con H20. Me queda claro vivimos en extraños tiempos de sentir nostalgia por un pasado idealizado (no por nada propiedades como Stranger Things o It fueron trancazos) aun así, poco espacio hay en la memoria para las cosas que si pasaron.

En 20 Years Later ya se planteaba una Laurie Strode (Jamie Lee Curtis) ruda, sobreviviente al “asesinato de las niñeras” ocurrido a finales de los setentas, eliminando del canon la mayoría de películas existentes hasta la fecha (excepto Halloween III, esa se cataloga como su propio universo aparte). Con traumas mentales y alucinaciones constantes sobre el inevitable retorno de Michael Myers, Strode se muestra sobreprotectora de su hijo y diestra con el manejo de armas de fuego, incluso suficientemente habilidosa para enfrentarse en un conflicto mano-a-mano con La Forma, tal como sucede en el clímax de dicha película. ¿Les suena familiar?

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Es la misma línea narrativa que decide refritear Blumhouse y Gordon Green con ésta “nueva” entrega de Halloween – la tercera en titularse así, por cierto, si incluimos la de Rob Zombie. Confusing much? – hay nuevas decisiones estilísticas y tecnológicas, claro, después de todo estamos a 20 años alejados de los noventas, pero aun así resulta en un producto un tanto incómodo. Y el elemento quizás más disonante es el modo en que ambas películas aproximan los traumas.

Para una generación llena de frágiles copos de nieve, el discurso de Laurie Strode en el 2018 dice que la mejor solución para enfrentar el miedo es esconderse. Retractarse a la locura sin considerar la vida de la gente alrededor, sobre todo la familia inmediata, como su hija y su nieta. Es el egoísmo innato al quest personal, donde nuestros problemas son únicos y los más importantes. La Laurie de 1998 se lanzó al trauma de frente. Se cambió el nombre a Keri Tate, encontró el modo de criar a un hijo de 17 años – y simbólicamente a toda una generación de estudiantes – al establecerse como profesional, directora de un colegio privado. Las dos mujeres fueron víctimas del mismo evento, pero una decidió usarlo como excusa mientras la otra como motivación. No creo que haya un modo oficial de (sobre-)vivir la victimización (de verdad lo dudo), pero sí hay dos maneras claras de llegar a Roma, ya que ambas versiones dibujan la misma conclusión: Laurie extermina a Michael. Se sobrevive al patriarcado del hombre blanco.

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El Legado del Diablo

No es necesario indagar más allá de éste año para tener ejemplos opuestos del cine que explora herencias malvadas. Hereditary es explícitamente sobre un horrible legado que atraviesa tres generaciones de mujeres en la familia Graham: Ellen, Annie y Charlie; abuela, madre e hija. De los elementos más interesantes en la nueva Halloween (si no el más) es la exploración de como “la maldición de Michael Myers” permea sobre el linaje de las Strodes: Laurie, Karen y Allyson. El modo en que le afecta a cada una de ellas tiene paralelos con las películas previas. Allyson (Andi Matichak) es la inocencia adolescente a punto de ser robada de 1978. Karen (Judy Greer) da todo por defender a su hija, siendo la madre defensora y consternada de 1998. Jamie Lee Curtis es la única que establece un propio canon en ésta reiteración, el elemento que quizás trascienda de la edición 2018, cuando la víctima cierra 100% el circulo para convertirse en victimario. Si bien es una idea similar a lo planteado en H20, aquí es elevado a dimensiones épicas.

Para que celebremos esa imposición de Laurie sobre el monstruo primero tenemos que comprar su amenaza. El slasher es un sub-género del terror cuya brújula puede apuntar para muchos lados. Mi cerebro no está cableado para aplaudir cuando el asesino mata, pero muchas veces los parámetros de éste cinema demandan festejar las masacres. Por fortuna aquí se devuelve al miedo básico. Cada que Myers aparece a cuadro, o no aparece, pero sabemos acecha en la proximidad, hay motivos para que cunda el pánico. Gordon Green explota el mismo recurso que en su momento Carpenter; para derrumbar nuestras defensas, hacen que la primera víctima sea una que la mayoría de las veces está a salvo. En la original Michael descuartiza a un perro, en ésta ahorca a un niño. Fue el trigger warning original antes de que existiera un nombre para ello.

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De tantos cumplidos que se le arrojan al creador original John Carpenter, poco crédito se le atribuye por explotar la convención usualmente reservada para el cine acción de la “bomba de tiempo” o “carrera contra el reloj”, donde los héroes tienen una cuenta regresiva o límite de tiempo para detener la amenaza latente. Desde que Michael Myers escapa, en cualquiera de las tres versiones ya mencionadas, los eventos se desenvuelven en lapso de unas cuantas horas, durante el 31 de octubre, la noche de brujas. El bogeyman (a.k.a. el coco o espantajo) ataca justo en Halloween porque es cuando mejor puede pasar desapercibido. Myers se hace de un jumper de mecánico y una máscara blanca (robada de una tienda de disfraces) no por un sentido macabro de la moda sino para despojarse de su bata de hospital y confundirse en el único día donde es aceptado azotar las calles disfrazado.

Gordon Green re-crea la escena en que un grupo de niños deambulando por las calles tropiezan por accidente con el imponente físico de Myers. Contra lo que podría esperarse de un asesino serial, la entidad los ignora por completo, su camino de matanza ya está trazado y sus objetivos también. Una de las grandes ventajas de regresar al mythos establecido en 1978 es que dentro de Michael todavía habitan dejos de alguna humanidad, distanciándose de aquella “maldad pura personificada” que constante se argumenta; concepto extraído de una simple línea de dialogo del Dr. Sam Loomis (Donald Pleasence) cuya cordura mental, en mi opinión, ya era debatible de entrada – su obsesión por Myers siempre dibujó performances intensos bordeando la demencia.

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El legendario Alan Moore, en su fundacional novela gráfica The Killing Joke, alguna vez escribió uno de mis quotes favoritos: Todo lo que se necesita es un mal día para reducir al hombre más sano y vivo a la locura. A veces creo que toda la película Falling Down (1993) de Joel Schumacher con Michael Douglas está basada en esa premisa. En la saga Halloween, Loomis siempre se tambaleó en el lado cuerdo de ese incierto limbo, pero la edición 2018 se propuso personificarlo con su “nuevo Loomis”, el doctor Sartain (Haluk Bilginer). El terror en la película se puede argumentar detona cuando el autobús con los internos psiquiátricos se vuelca (evento que sucede fuera de pantalla, cabe resaltar) y lo inmediato es descalificarlo como un tributo descarado al film original. Si recuerdan, Loomis y la enfermera se topan también a un grupo de locos deambulando tras un accidente de hospital. El hecho de no presenciar el descarrilamiento a cuadro, y basado en el giro de personalidad que invade a Sartain en el último tercio de película, me ofrece motivos para creer es intencional y así podemos deducir que él doctor es el verdadero culpable de la fuga de Michael Myers. Después de heredar la capucha blanca por un par de segundos, vilmente admite perseguir “la motivación nata a la violencia” como objeto de estudio. Ahora sí que estamos hablando de psiquiatría extrema.

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El día después de Halloween

En todo el cine comercial, es difícil saber dónde termina el producto y comienza la artesanía. Recién escuchaba una entrevista con Luca Guadagnino, sobre su también remake/reboot/re-imaginación/refrito de Suspiria (basada en otro hito del cine fantástico los setentas), donde él comentaba que por muchos años Gordon Green estaba ligado a la readaptación del clásico de Dario Argento hasta que terminó cayendo en sus propias manos. Los dos se conocieron y fraternizaron por amor al cine de horror y es casi una coincidencia mágica que ambas películas hayan azotado carteleras en fechas tan cercanas.

Utilizo lo anterior solo para argumentar que, por más individualidad que exista detrás de una visión, es imposible desvincular Halloween a las necesidades de un nuevo mercado que se enaltece para vender nostalgia (no por nada adaptaciones previas de Stephen King están haciendo comeback) incluida la fascinación cultural presente por modernidad que asemeja al pasado. La recién estrenada serie de Netflix The Chilling Adventures of Sabrina vive en ese vacío atemporal que simula muchas estéticas previas (desde los cincuentas hasta los ochenta). La misma Halloween, aunque incluye smartphones (y maneras bobas para deshacerse de ellos), se desenvuelve en la naturaleza rústica de película de asesino-suelto-en-un-pueblo-o-bosque-desolado que pululaba en el grindhouse de los setentas. Cuando ésta termina, con nuestro grupo de sobrevivientes subiéndose a la parte trasera de un vagón de reparto, mientras se aleja en la distancia, es imposible deslindar esa imagen al final de otro clásico de 1974, cuando Marilyn Burns, tras de escapar de una tortuosa odisea pesadillesca en la “mansión” de los Sawyer, es perseguida por un último gran esfuerzo desesperado de Leatherface y su estridente sierra motorizada.

Podemos declarar falta de originalidad todo lo que queramos, pero no estoy seguro si la pasión evidente por el cine de horror de antaño sea una para condenarse. —MJB

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  1. Muy buena reseña, creo que profundiza más allá de lo que se ve en pantalla en Halloween 2018… que aunque no es perfecta, es disfrutable para esta temporada tan cliché de ver películas de terror.

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    1. Gracias por el comentario. ¡Saludos!

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