The Nutcracker and the Four Realms (2018)

Es la misma película que hemos visto cientos de veces, la estructura clásica, utilización de tópicos de orfandad, virtudes guerreras y rala relación con el padre que se enuncian como un mantra que no es muy claro hacia dónde nos lleva.

por Giovanni Romero

(El Cascanueces y los Cuatro Reinos; Dir. Lasse Hallström, Joe Johnston; 2018)

The Nutcracker and the Four Realms es la misma película que hemos visto cientos de veces, la estructura clásica, utilización de tópicos de orfandad, virtudes guerreras y rala relación con el padre que se enuncian como un mantra que no es muy claro hacia dónde nos lleva.

El derroche de medios y la saturación de coloridos nos llaman hacia esta construcción de la fantasía y el anhelo; la erguida niña inteligente que sufre la pérdida de su madre y hace padecer poco a los demás en un primer impulso egoísta, se redime en el punto de la reconciliación con el padre en su aventura circular; si el más grande intento de ésta cinta es la prognosis, lo consigue de una manera risible ya que en ciertos momentos tocará el alma de los sensibles, pero nunca con la suficiente fuerza como los clásicos de Disney.

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Y aunque la trama sea una repetición innecesaria, el público objetivo de ésta compañía se ve ciertamente nublado ante la extraña ejecución de su arte; anteriormente se ha expuesto la descontextualización de ciertos caracteres haciéndolos más útiles y briosos en filmes que pudieran no tratar de una trama para niños, el Rey Ratón o la máquina antropomórfica de Madre Ginger (Helen Mirren), en conjunto con esos payasos que pudieran aguzar fobias pueriles, nos da más o menos la idea de algo tenebroso, algo con el justo poder de impresionarnos.

La disposición de búhos convertidos en ratas en el tapiz de las paredes, el hilo conductor a la oscuridad absoluta y la amplitud de ésta apoyan la fuerte transición de un espacio controlado a uno fúnebre y desconocido. Y por el envés, nos encontramos con una tremenda rareza que se siente totalmente dispersa, la uniformidad no le genera ninguna regalía a la construcción de los espacios y a la apropiación de la situación.

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Clara (Mackenzie Foy) entra en la categoría viral y sumamente infecciosa de la guerrera impávida que encuentra su confortación intrínseca; el argumento sostiene un postulado inmanente que reconoce que la misión de uno en la vida no es sino la que se le acomode, no hay nada fuera de la aceptación de sus capacidades que le permita dejarse vencer ante la no-pertenencia. Es un personaje común llevado a una situación repetitiva, misma construcción ideológica que pone las virtudes guerreras como un ideal deseable en la incrustación de una agresión defensiva.

La flecha del argumento siempre está apuntando al lado contrario de una trama navideña que, supongo, habría de esperarse; el hielo, la nieve y los cascanueces son objetos representativos de la época y edifican una atmósfera, empero, el espíritu no se siente vivo. —GR

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