The Girl in the Spider’s Web (2018)

Que el filme tome el camino de la acción de cintas como Mission Impossible, aunque ambas estén dentro de la misma estructura, distan mucho de ser iguales en cuanto su profundidad. Se puede aseverar que le falta salsa o cualquier nimiedad de esas, pero es necesario ponerse al tanto de cómo funciona la violencia en el cine y la función que tiene.

por Giovanni Romero

(La Chica en la Telaraña, Dir. Fede Álvarez, 2018)

The Girl in the Spider’s Web se erige como una trama nuclear que incluye más a la especie que al sujeto; la variedad de personajes criminosos y la anti-héroe de código moral dudoso nos dejan con una plena sensación.

Se vuelve un tema de la especie, no de un sujeto de salvación violenta. La salvación es aquello que protege la carne de la descomposición; la agresión biológicamente adaptativa como método de supervivencia no incluye la crueldad y la destructividad humana, éstas entran dentro de un campo amoroso a los temas de la muerte y la decadencia.

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Lisbeth Salander (Claire Foy) es la resistencia, la justiciera lesbiana con vicios y demás que, en todo su esplendor, sigue siendo un objeto público de representación. Así como no todos pueden ser sus propios héroes, las mujeres sometidas por el androcentrismo agrio se dejan morir en la esclavitud del falo como símbolo de poder. Nuestra anti-heroína sólo consigue desmontar ese fuero de hombres temerosos a la castración y los reduce en una línea donde la mujer es quien los folla.

Si se hubiese permitido entrar con profusión en ese tema, los límites de la carga de nuestro personaje fueran la máxima fuerza de negación a la pasividad. Tenemos a una justiciera que salva a las mujeres de hombres de negocios que gustan de golpearlas; que ella sea gay le agrega más argumento a la representación intraespecífica: La lid de la mujer cansada de la subordinación.

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La moral dudosa es potencialmente un encuentro con el goce de repartir justicia a través de medios violentos, lo cual podrá cundir hasta los más nobles revolucionarios y súper héroes ficticios con el tremendo amor de disfrutar lo que hacen y cómo lo hacen. Aunque levantarse en armas parezca ser el único medio para deshacerse de un derroche de ira, la violencia disfrazada de justicia sigue siendo una agresión que loa lo inorgánico.

La cinta nos da más o menos una introducción que sería de un carácter más personal, sin embargo, pasan unos minutos y estamos imbuidos en una trama nuclear. La mafia rusa llega y lo único que nos queda es la tematización de placeres en el sadismo. Los personajes pueden importarnos poco, o no llegar a vincular fuertemente con ellos, pero lo que aquí se demuestra es el tema. Un centenar de películas podrán tener el mismo discurso; dirigir nuestra atención hacia una densa y compleja trama de crimen, donde los seres humanos se comportan tan viles y dañados. Y podemos tener un personaje que actúe de una forma símil, pero que sus fines cambien hacia la gran generosidad, nobleza briosa y la sustitución del Dios Misericordioso por el Dios Castigador.

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Que el filme esté tomando ese camino no es un síntoma de la acción mecánica de cintas como Mission Impossible, aunque ambas estén dentro de la misma estructura, distan mucho de ser iguales en cuanto su profundidad. Se podrá aseverar que le falta salsa o cualquier nimiedad de esas, pero es necesario ponerse al tanto de cómo funciona la violencia en el cine y qué función tiene.

Lo que hace al asesino es su creatividad y aquí vemos la creatividad para defender y para desatar una ola de sangre por un par bytes. Nos muestra el lado comercial y digerible de la tendencia al desorden y la tortura — no debería ser comercial ni digerible el desorden y la tortura — pero, en nuestra era de consumo de noticieros que hablan de estadísticas y el bajo nivel de paz mundial, nos pone en la extrema necesidad de mostrar el negativo de la sociedad actual y ficcionarlo para hacerlo más claro. Parafraseando uno de los diálogos: Nosotros nunca hemos estado en guerra, Estados Unidos nunca falta a una, ¿qué mejor que ese dispositivo esté en nosotros? La ironía de tomarse de la mano con un criminal y salir con el peto de los sistemas de justicia para hacer negocios, es una profilaxis muy simpática. La racionalización está inhibiendo que la pasión se detenga a valorar sus intereses de conservación y amor por la vida.

El argumento está definido y la esencia puede sentirse, nos deja en una reflexión que debe tomarse en serio. Es una gran entrega que se sostiene en sí misma y no necesita de comparación alguna; tomando otros aspectos, la técnica es digna de un grato reconocimiento. Los movimientos de cámara son arriesgados, pero se entienden claramente y no son sólo un antojo injustificado, las estrategias de aniquilación y defensa también son algo que hace tiempo no se veía: un trabajo de creatividad hasta los últimos detalles. —GR

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