Suspiria (2018)

Ver Suspiria de Luca Guadagnino es sumergirse a un enigmático mundo de pesadilla. Describirla, en la superficie, es relativamente fácil: se trata del remake de un clásico de Dario Argento, pero su negación a apegarse a cualquier lógica narrativa la hacen en iguales partes frustrante como cautivadora. Salí de la película con incertidumbre y confusión, pero sacudido en lo más profundo de mi ser.

por Alberto Villaescusa R.

(Suspiria: El Maligno, Dir. Luca Guadagnino, 2018)

Ver Suspiria de Luca Guadagnino es sumergirse a un enigmático mundo de pesadilla. Describirla, en la superficie, es relativamente fácil: se trata del remake de un clásico de Dario Argento; una película de terror sobre una academia de danza que resulta ser una pantalla para ocurrencias siniestras y sobrenaturales, pero, su negación a apegarse a cualquier lógica narrativa la hacen en iguales partes frustrante como cautivadora. Salí de ésta película con incertidumbre y confusión, pero sacudido en lo más profundo de mi ser.

Vale la pena señalar cómo la película aborda lo que parece una historia simple y simultáneamente nos hace sentir tantas cosas. Abre en Berlín en el año de 1977, cuando la joven Patricia (Chloë Grace Moretz) llega al consultorio de su psicólogo con una canción de Nico atorada en la cabeza y con el temor de que la academia de danza en la que ha estado estudiando y viviendo es controlada por un aquelarre de brujas. El doctor Josef Klemperer (Tilda Swinton bajo una densa capa de maquillaje prostético que la hace parecer como un hombre mayor; apareciendo en los créditos como Lutz Ebersdorf) achaca sus problemas a un mero delirio.

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Es un planteamiento bastante convencional para su género, el indicio de una ocurrencia sobrenatural que se irá aclarando conforme progrese la película. Pero lo que destaca de la escena es cómo Guadagnino la ensambla a partir de desorientadores ángulos de cámara y cortes abruptos; es cómo si se moviera más rápido que sus personajes. Ésta pauta se mantiene a lo largo de su duración. Crudos acercamientos con un lente zoom, barrocos movimientos de cámara, colores más invernales que infernales, largas disolvencias que no sólo emulan la técnica del cine de terror de bajo presupuesto, también crea una atmósfera surreal y de ensueño en la que uno no puede estar seguro qué sucede a cada momento.

Funciona como un rompecabezas; aunque se desarrolla de manera más o menos cronológica, deja en manos del espectador la tarea de encontrar los vínculos que unen cada una de sus escenas. Está dividida en seis actos y un epílogo; el inicio de cada uno anunciado por títulos, pero cualquier estructura es nebulosa e implícita. Después del encuentro entre Patricia y el doctor, la película corta a miles de kilómetros de distancia, a una casa rural en la que una familia se reúne alrededor de una mujer moribunda.

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Después regresa a Berlín, donde Susie Bannion (Dakota Johnson) llega a una estación del metro, perdida. No sabemos de dónde viene o hacia dónde va, pero un sobre que carga en sus manos, con el nombre de una iglesia menonita en Ohio, nos permite suponer que el hogar que acabamos de ver es el suyo y que la mujer moribunda es su madre.

Susie sueña con formar parte de la academia de danza Markos, misma de la que Patricia acaba de escapar. No tienen ninguna preparación formal, pero igualmente se le permite hacer audición ante sus maestras. Su talento natural y dedicación pronto le ganan un lugar como la bailarina principal en Volk, la pieza central de la compañía. Gradualmente se nos revelan los poderes sobrenaturales de los que Patricia sospechaba, manifestados a través del mismo baile. Cuando Susie hace su primer intento de interpretar la danza, sus movimientos se transmiten pisos abajo, deformando el cuerpo de Olga (Elena Fokina), quien se encuentra encerrada en un salón de espejos después de desafiar a las maestras por la misteriosa desaparición de Patricia.

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La trama de Suspiria se desarrolla en medio de un turbulento contexto político. 1977 no sólo fue el año que se estrenó la película original de Argento, fue marcado también por tensiones entre el gobierno de Alemania Occidental y distintos frentes revolucionarios. El secuestro del vuelo Lufthansa 181 por miembros del Frente Popular para la Liberación de Palestina transcurre de principio a fin en los márgenes de la película, mientras que las maestras de la academia tratan de desprestigiar a Patricia vinculándola con la Fracción del Ejército Rojo. También la memoria del nazismo en Alemania está presente en el personaje de Klemperer, quien continúa afligido por la desaparición de su esposa Anke en manos del campo de concentración.

¿Qué hemos de hacer de todos estos elementos? La estructura de la academia de baile es curiosa por su eco a sociedades matriarcales más antiguas que el cristianismo. Contrastando con la comunidad menonita en la que Bannion creció y de donde (según cuentan flashbacks) llevó años soñando escapar. El baile le ofrece una conciencia de su cuerpo y el espacio que era antes impensable, una liberación que ella describe como lo que se imagina que se debe sentir el sexo. Los vínculos que desarrolla con sus compañeras, especialmente con Sara (Mia Goth), se sienten suficientemente sinceros, un apoyo mutuo y verdadera hermandad.

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A su vez, la academia Markos aguarda elementos del totalitarismo que caracterizarían a la Alemania de los treintas y cuarentas. Dentro de ella se mantiene una rígida jerarquía de poder, con las estudiantes abajo, las maestras arriba y una de ellas en particular como la líder. El inicio de la película nos sugiere un juego de poder entre Blanc (Swinton otra vez; ahora vampírica y delicada) y Markos, quien se mantiene fuera de escena por mucho de ella. Las estudiantes viven aisladas del resto del mundo, sometidas a la voluntad de las maestras, quienes las usan como desechable materia prima para su próximo ritual. Son presentadas, en cierta forma, como figuras malvadas, pero el núcleo de su institución no lo es; la película nos presenta sus bailes de una manera seductora, hipnótica y pura.

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¿Pero exactamente qué representan? Quizá la idea misma de una maternidad original, poderosa y viva, pero distorsionada por el tiempo y los juegos de poder egoístas. Sus distintas ideas parecen converger en la escena en que las maestras se enfrentan a Klemperer por ignorar las protestas de su esposa y las señales del ascendente fascismo en Alemania. Una vez más, la idea de la feminidad es distorsionada, ahora por el sentimiento de culpa. La mujer se convierte en la figura que lo castiga por no escuchar.

Suspiria no necesita durar dos horas y media para comunicar lo que sea que quería decir (la película de Argento, por comparación, dura poco más de hora y media), pero hacerlo sería también perderse de aquello que la hace tan especial. Me siento más seguro de mi interpretación habiéndola visto más de una vez y habiéndome tomado el tiempo para repasar su trama. Pero más que lo que sucede en pantalla, lo que me continúa cautivando de ella es el recuerdo de experimentarla en tiempo real, dejando que su estilo accidentado y la etérea partitura de Thom Yorke poco a poco provoquen un sentimiento de susceptibilidad que se siente muy parecido a soñar, para ser entonces confrontado por la vulnerabilidad y la decadencia del cuerpo humano. —AVR

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