Alguien puso algo en mi bebida: Climax (2018)

Que más shockeante que una película de miedo ensamblada como experimento de video-danza. Gran parte de su duración solo hay dos tipos de encuadres, viñetas y long-shots etéreos, principalmente con bailarines veinteañeros, de cuerpos atractivos y personalidad desagradable. Poco a poco se escabulle bajo todos tus sentidos con la más ridícula de las premisas: algún descabezado bañó con LSD la sangría. The Ramones ya tenían una canción sobre el tema.

por Mickey J. Brijandez

(Clímax, Dir. Gaspar Noé, 2018)

No es sorpresa para ninguno de los millones de lectores de ésta revista que mi género de cine favorito es el horror (he ido tan lejos como para incorporarlo en mi biografía debajo), tanto, que es fácil saturarse de monotonía. Solo hay suficientes veces que un fantasma puede saltarte en la cara hasta que se pierda el asombro. No me malinterpreten. En una sala oscura sigo siendo vulnerable al más barato jumpscare, pero a la larga, en el terreno de lo trascendental, siempre queda uno anhelando el shock.

Y que más shockeante que una película de miedo ensamblada como experimento de video-danza. Donde por gran parte de su duración solo hay dos tipos de encuadres, viñetas y long-shots etéreos, principalmente con bailarines veinteañeros de cuerpos atractivos y personalidad desagradable, que poco a poco se escabulle bajo todos tus sentidos con la más ridícula de las premisas: algún descabezado bañó con LSD la sangría. The Ramones ya tenían una canción sobre el tema.

Gaspar Noé a veces es, a veces no, arrojado en la misma conversación del nuevo extremismo francés junto a Pascal Laugier, Alexandre Aja, Julien Maury, Alexandre Bustillo, Xavier Gens, entre muchos otros. Aunque nacido en Argentina, casi la totalidad de su obra ha sido ensamblada en Francia. Desde el principio, con movies como I Stand Alone, Irreversible o Enter the Void, siempre ha sido un director que le gusta bordear el género. Conectarnos con lo desagradable de la condición humana y nuestras capacidades viles cuando somos empujados hacia cualquier extremo. De preferencia uno ultra-violento.

En Climax estoy casi seguro, a sus 55 años de edad, está tratando de de-construir la juventud (ya había intentado hacerlo con el amor y las relaciones en Love), incluso desde una perspectiva ligeramente moralina. Las drogas apendejan y destruyen. Ese parece ser un hilo conductor en su obra; que la gente siempre elige la auto-destrucción aun teniendo opciones entre ella o lo contrario.

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La película abre con un ensayo de baile extendido (después de un montaje docu-ficticio de entrevistas) en el cual es difícil saber dónde fijar nuestra atención. Puede ser desde algo tan craso como la sexualidad desbordante de las participantes (¿Cuánto tiempo hay que esperar para vivir en un mundo donde Souheila Yacoub y Lea Vlamos sean estrellas de cine?) o la fascinación por movimientos corporales inclasificables. Apenas hace falta una inmersión superficial a mi historial de YouTube para ver las incontables horas que he pasado con videos de baile. Noé comparte y entiende las obsesiones por el movimiento, se nota desde su manejo del sonido y la cámara. En ese sentido, no es tan distinto a la aproximación que hizo Luca Guadagnino en su versión de Suspiria, en la idea de encuadrar fabulas de terror bajo el marco de una escuela de danza. La conexión con el clásico de Dario Argento va más allá de mi asunción. Hay un cameo como diez minutos largo de un VHS de la original Suspiria (bien acomodado entre Possession de Zulawski, Inauguration of the Pleasure Dome de Anger y Zombie de Fulci, entre muchas otras).

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La inserción de éstos clásicos de culto telegrafía un descenso al abismo sensorial que Climax pretende orillarnos. Qué la película evite un primer acto y planteamientos tradicionales funciona a su completo beneficio. Hay incertidumbre después de cada corte y disolvencia, a su vez resulta imposible tener expectativas. A nivel personal, no puedo estar a favor de un discurso cinemático que condena las drogas psicodélicas, pero no puedo negarle a Noé que cuando la locura se asienta, estalla como bombas de trinitrotolueno en la cara. Nos balanceamos y rebotamos, de un mal trip a otro, entre aproximadamente veinte personajes (poquitos más, poquitos menos) todos atrapados en la misma autopista al infierno. Un viaje, cabe mencionar, acentuado por un increíble soundtrack de italo disco y Hi-NRG. Selva, interpretada por la siempre espectacular Sofia Boutella, es quien funge como nuestro vehículo a la escalada de demencia y la pérdida de la consciencia.

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La película nunca le voltea la cara al sadismo. Hay tijerazos en la piel, incendios del cuero cabelludo, niños electrocutados, orinoterapia. En un slasher tradicional, el asesino va matando a los consejeros del campamento, uno por uno. Climax tiene más en común con Final Destination que Friday the 13th. Aquí, el lunático que picó el ponche de frutas con ácido lisérgico condenó a todos de un despiadado golpe. O quizás los liberó. La película adquiere un subtexto esotérico si creemos que éstos jóvenes, expertos de la danza, amos de cada coyuntura y tendón, eran libres del cuerpo, pero no de la mente. O el alma. El discurso de la auto-destrucción una vez más se hace presente. ¿Quién está asesinando al otro si no somos nosotros mismos? —MJB

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  1. […] influencias son extraídas de una piscina anómala. Ya sean realizadores como Jordan Peele con Us o Gaspar Noé con su Climax, es de celebrarse que existan estos corsarios del paracinema, aquellos que no pretenden apegarse a […]

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  2. […] a las imágenes que saltan de la pantalla (mente). Se me ocurren películas recientes como Mandy o Climax, cuya experiencia resulta más sensorial que informativa. Y eso es limitarme nomás a las […]

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