BlacKkKlansman (2018)

Aunque ambientada en la década de 1970, BlackKklansman está diseñada para hacer eco a eventos recientes. Como director, Spike Lee nunca ha sido particularmente sutil; su cine siempre ha sido uno con mensajes abiertamente políticos, expresados con convicción.

por Alberto Villaescusa R.

(El infiltrado del KKKlan, Dir. Spike Lee, 2018)

Más que una ordenada secuencia de hechos, la historia es una narrativa que construimos para darle sentido a lo que sucede a nuestro alrededor. Es difícil inventar acontecimientos de la nada, o asegurar que un evento bien documentado nunca ocurrió en realidad, pero al momento de determinar causas y fuerzas, los agujeros de información nos traicionan y se torna fácil insertar nuestros puntos de vista, aferrarse a lo que se siente correcto y no lo que en verdad sucedió.

Muchas historias se cuentan a lo largo de BlackKklansman. Alec Baldwin, haciendo una caricatura de un erudito racista, inaugura la nueva película de Spike Lee, relatando los esfuerzos de integración racial realizados en Estados Unidos como un artilugio de los “banqueros judíos” para acabar con la sociedad cristiana. Colocada en el contexto apropiado, parecería una diatriba sin sentido. El que salga de la boca de un actor con don para la exageración y la auto-parodia, y que Lee lo muestre trabándose y equivocándose al hablar, hace más difícil tomarlo en serio. Pero su narración ofrece un conflicto simple y un gancho emocional: hay héroes oprimidos, villanos todopoderosos y la imagen de la bandera confederada –el lado sureño que peleó por mantener la esclavitud durante la Guerra de Secesión– como símbolo bajo el cual unirse. Si la película tiene un punto es que, no porque que una idea sea incoherente o estúpida no quiere decir que no tiene seguidores.

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La película está basada la historia real de Ron Stallworth (John David Washington), quien a principios de la década de 1970 se convirtió en el primer oficial negro en ingresar al departamento de policía de Colorado Springs. Ilusionado con modificar el sistema desde adentro, Ron pronto se encuentra con un aburrido trabajo en los archivos y colegas que sutilmente tratan de hacerlo menos. Como pionero de la integración, un gran peso cae sobre su hombro: no sólo se espera que cumpla sin falla las obligaciones típicas de un policía, también debe soportar los insultos racistas de sus colegas sin chistar.

Pide trabajar como agente encubierto, pero sólo se le asigna infiltrarse a reuniones del líder de los derechos civiles, Pantera Negra Kwame Ture y para nada lo que él quisiera estar haciendo. Interpretado por Corey Hawkins con ferocidad y carisma, Ture introduce a Ron a una segunda interpretación de la historia. Habla de su crecimiento como un niño negro, viendo las películas de Tarzán y emocionarse con la muerte de los nativos, aquellos que por su color de piel se parecen más a él, a manos del hombre blanco. Razona que aquello sólo es posible cuando el sentimiento de vergüenza es naturalizado y reforzado por el entorno, al punto de convertirse en un involuntario deseo de auto-destrucción.

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Es una idea que se queda grabada en la mente del policía novato, cuando Ron empieza a frecuentar a Patrice (Laura Harrier), líder de la unión estudiantil negra en la universidad; llevándola a dudar cada vez más de la efectividad de pelear por la “liberación del pueblo negro” adentro de las filas de una institución infame por su racismo y corrupción. En un arrebato, decide llamar a su sección local del Ku Klux Klan, buscando ganarse su confianza y eventualmente exponer las actividades terroristas de su odiosa ideología. No es un plan bien formulado. Ron usa su voz regular y su da su nombre verdadero, lo que por supuesto limita su capacidad para infiltrarse en una organización supremacista blanca. ¿La solución? Su compañero Philip “Flip” Zimmerman (Adam Driver), detective judío, se hace pasar por Ron Stallworth, blanco, mientras el verdadero Ron mantiene contacto con la organización vía el teléfono.

La película camina sobre una delgada línea entre el drama social y la comedia policiaca, con todo y el clásico superior que les grita a Ron y a Philip cada que las cosas se salen de control. Nada es más explícitamente cómico que los mismos miembros locales del Klan: Felix (Jasper Pääkönen), desquiciado y obsesionado con demostrar que Flip es judío; Ivanhoe es un alcohólico despistado que, entre otras cosas, se rasca la cabeza con su pistola. Topher Grace interpreta a David Duke, el pomposo Gran Mago del Klan, quien fácilmente se deja engañar por el original Ron. El chiste es, por supuesto, que éstos patéticos ejemplares presuman ser los protectores de una mítica raza superior de sangre aria pura.

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Menos graciosos es que estos hombres estén armados, llenos de odio y que el departamento de policía los vea como poco menos que traviesos agitadores que no merecen el tiempo de sus agentes. Ron, por supuesto, sabe que las cosas son diferentes. Una pequeña escena, en la que inspecciona el campo de tiro en que Felix y compañía practican, muestra la brecha entre cómo él y sus compañeros ven el mundo. Mientras que Flip se concentra en dos misteriosos hombres con rifles de asalto, Ron se deja llevar por las figuras caricaturizadas de niños negros que usaron para la práctica. Es un simbólico atentado contra su humanidad y sus compañeros ni siquiera lo notan.

Aunque ambientada en la década de 1970, está diseñada para hacer eco a eventos recientes. Como director, Lee nunca fue particularmente sutil; su cine siempre ha sido uno con un mensaje abiertamente político expresado con convicción. No es accidental que Baldwin, recién conocido por caricaturizar al presidente Donald Trump en Saturday Night Live, aquí interprete también al racista del inicio de la película. Tampoco la escena en que, hablando con uno de sus colegas, Ron se burla de la idea de que un político simpático a las ideas de Duke alguna vez pueda llegar a la Casa Blanca. O, que de la boca del Gran Mago salgan eslóganes familiares como Estados Unidos primero o la promesa de hacer al país grande otra vez. El epílogo de la película es un recuento de la manifestación supremacista blanca de Charlottesville en 2017, armado con material de archivo y el Duke de la vida real, celebrando la respuesta del presidente “condenando a ambos lados”. Es obvio, pero no por ello menos devastador.

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Los argumentos más poderosos de la película, sin embargo, son presentados con más elegancia. A lo largo escuchamos fragmentos de los discursos de Duke en la radio, cuidadosamente formulados para presentar cualquier avance en la lucha por los derechos civiles como un ataque contra la civilización “cristiana” y “occidental”; argumentos que, desafortunadamente, no han desaparecido.

La secuencia cumbre de la película destruye la falsa equivalencia que Trump pregona. A primera vista, cortar entre una ceremonia del Klan y una congregación de la unión estudiantil negra sugiere una similitud; hay gritos de “poder blanco” y “poder negro” y llamadas a la hermandad en ambos bandos. Pero el espectador atento notará la diferencia entre las actividades y las historias alrededor de las cuales se reúnen los distintos grupos. En la unión estudiantil, un hombre mayor (Harry Belafonte) recuenta el linchamiento del joven Jesse Washington en el pueblo de Waco, Texas un 15 de mayo de 1916, mientras, el Klan celebra ruidosamente el imaginario racista de la película The Birth of a Nation de D.W. Griffith.

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No quiero concluir mi reseña sin mencionar que, poco después del estreno de la película en Estados Unidos, el cineasta y rapero Boots Riley (Sorry To Bother You) llamó atención a las incongruencias históricas y el mensaje; señalando que el verdadero Ron Stallworth pasó más tiempo saboteando organizaciones negras radicales que lo que la película muestra, además, cuestiona el hecho de que una película sobre la lucha contra la opresión racista fuera protagonizada por un policía, argumentando que la organización sigue atacando al pueblo afroamericano de manera desproporcionada.

BlackKklansman encuentra a Spike Lee operando en la cima de sus capacidades. Es un recordatorio, no sólo del fervor activista motivador de su cine, sino también de su impecable técnica, su capacidad para darle a cada colocación o movimiento de cámara un propósito claro y urgente. Es una muestra más de la energía y humor que puede extraer de sus actores –misma razón por la cual sus películas suelen alargarse un poco, pero abundan en vitalidad– y de su sinergia con el compositor Terence Blanchard, quien aquí entrega una memorablemente tensa partitura musical. Vale la pena señalar sus limitaciones y la forma en que cuenta, no sólo una historia, sino la historia en general. —AVR

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