Hannah – 65° Muestra Internacional de Cine

Hay directores que dejan en manos de su audiencia el final de sus películas. Otros que solo van dando elementos pequeños, pistas, detalles, para que el espectador vaya armando la trama. Las razones pueden ser muchas y Andrea Pallaoro, en su segunda película ‘Hannah’, parece que sufrió de todas.

por Javier Espinoza

(Hannah, Dir. Andrea Palloro, 2017)

Hay directores que dejan en manos de su audiencia el final de sus películas. Otros que solo van dando elementos pequeños, pistas, detalles, para que el espectador vaya armando la trama, como un ejercicio mental. Las razones pueden ser, que el director ponga toda su confianza en el público, que por cobardía no defina un camino para sus personajes, o simplemente no encuentre la forma de hacerlo.

En su segundo largometraje, Hannah (2017), Andrea Pallaoro parece que sufrió de todo lo anterior. Pallaoro escribe el guion en mancuerna con Orlando Tirado y nos presenta al personaje titular, encarnado por la estupenda actriz inglesa Charlotte Rampling, abriendo con una escena de improvisación en un grupo de actores de teatro. Vemos a Hannah interactuando tibiamente con sus compañeros, para después verla preparando la cena a su marido (André Wilms) con quien apenas tiene interacción.

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Al día siguiente la vemos acompañar a su marido, en su ingreso a prisión, para luego regresar a casa, sola. Se arrojan ciertos indicios de que la historia va sobre los familiares de los delincuentes, a los que nadie les tiene consideración y que son juzgados de la misma forma de los culpables, como si hubieran sido cómplices solo por tener alguna relación. Hannah continúa su trabajo normal, haciendo la limpieza de una casa, ensayando sus líneas del grupo teatral, viendo a personajes curiosos en el metro, abrazando a su perro al llegar a casa, en fin, la soledad representada.

El ritmo es pausado, contemplativo, centrado en las reacciones de Rampling, llevando el peso de la película en sus hombros. Hay una escena devastadora en la que es rechazada por su hijo Nicholas (Simon Bisschop), ya que asiste a la fiesta de cumpleaños de su nieto, con regalo y pastel en mano, pidiéndole que se retire. Ella, estoica, da la media vuelta y se va, para finalmente llorar desconsolada lejos de ahí. Éste momento es tan valioso, que te hace entender porque le otorgaron la Copa Volpi como Mejor Actriz en el Festival Internacional de Cine de Venecia en 2017.

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Dicha escena con su hijo también nos arroja otra pista sobre lo que sucedió con el marido, entre otra serie de pistas, pero nunca lo sabemos con exactitud. No vemos ningún procedimiento jurídico, solo reclamos aislados. Se intuye algo muy fuerte ya que a Hannah hasta le cancelan la credencial del centro deportivo del que era miembro. La evolución del personaje va de infeliz a miserable y Rampling cumple cabalmente con ello. Que no se te entreguen todos los detalles de lo sucedido, no está mal, pero los elementos aportados no son suficientes para construir una historia. Poniéndonos muy complacientes, podríamos decir que Hannah funciona como muchas historias de la vida real, en las que solo nos dan detalles, pero nunca todas las versiones del asunto y lo que se podría especular al respecto realmente no es tan interesante para la mayoría. —JE

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