Apuñaladas en el corazón: Un Couteau Dans Le Cœur (2018)

La segunda película de Yann Gonzalez se suscribe ese pensamiento de forma por encima del fondo. Es posible que para él tenga sentido pero la estructura atmosférica y surreal de La Daga en el Corazón quiere que la evaluemos primero como un sueño que nos sucede despiertos, antes que pincharla con perforaciones de lógica.

por Mickey J. Brijandez

(La Daga en el Corazón, Dir. Yann Gonzalez, 2018)

El cinema psicotrónico es tan difícil de explicar cómo claro. Una vez que tenemos acogida del termino es fácil aplicarlo. Siempre han existido categorías para clasificar al cine bizarro como exploitation, grindhouse o B-movie, pero el autor de Psychotronic Video Michael J. Weldon, en los ochenta, consideró necesario acuñar un término más específico para la tanda inclasificable.

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Caratula de The Psychotronic Video Guide de Michael J. Weldon

Algunos años antes, Jack M. Sell había hecho una pasada-por-alto película llamada The Psychotronic Man, que, a comprensión de su director, lidiaba con la psicotrónica; una rama de la parapsicología que estudia el bioelectromagnetismo o la interacción de la materia con la energía, la psique con el átomo, el cuerpo con la mente.

Todo esto suena a clase de química, esa que se saltaron en la prepa, pero es una especie de identificador para lo que conocemos como psicotrónico en el presente. En referencia al término, originalmente Weldon escribió: […] pretendía sugerir una combinación de películas extrañas de horror y ciencia ficción, llenas de dispositivos electrónicos, pero tras un tiempo, comencé a utilizar el término psicotrónico como adjetivo, para describir todo el tipo de cine extraño que me interesaba. De monstruos y ciencia ficción, desde luego, pero cualquier tipo de explotación también: cine de motorizados, de rocanrol, de luchadores musculosos, hechas en tercera dimensión, cine playero de los 60s, cine mexicano con subtítulos – ya entienden la idea […]

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Para empezar a enfocarnos en Un Couteau Dans Le Cœur, es necesario mencionar que el consenso general, si no especifico, es que la psicotronía abarca todo aquello que rompe el molde, de algún modo, para volverse incomprensible (en un contexto narrativo, no artístico). A mí me gusta añadir que, haciendo alusión a sus orígenes seudo-científicos, también tiene que ver con la inyección de energía intangible que shockea nuestro físico (cuerpo) en relación a las imágenes que saltan de la pantalla (mente). Se me ocurren películas recientes como Mandy o Climax, cuya experiencia resulta más sensorial que informativa. Y eso es limitarme nomás a las críticamente consideradas. Por su parte, movies vilipendiadas como Serenity o Velvet Buzzsaw, tampoco se toman el tiempo en explicar o justificar y simplemente existen en su rareza.

Todo mi #Filmsplaining previo para decir que la segunda película del director Yann Gonzalez se suscribe a dicho pensamiento de una forma por encima del fondo. Es posible que para él tenga un sentido general, pero la estructura atmosférica y surreal de La Daga en el Corazón (también conocida como Knife+Heart) quiere que la evaluemos primero como un sueño que nos sucede despiertos, antes que pincharla con perforaciones de lógica. Es la primera película que he visto en salas de cine — en toda mi vida, casi seguro — que me ha recordado a mi director favorito Jean Rollin, hasta el score fantasmagórico de M83 es evocador a sus colaboraciones con Pierre Raph o Philippe d’Aram.

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La dentadura espacial más bella de la industria (lo siento Madonna) Vanessa Paradis interpreta a Anne Parèze, un tipo análogo ficcionado de la verdadera Anne-Marie Tensi, obscura realizadora de cine porno gay durante los setenta. Se puede decir que Parèze tiene dos amores esenciales en su vida: Sus películas y la persona que se las edita, Loïs McKenna (Kate Moran). La historia comienza cuando el romance entre las dos mujeres está fragmentado y las películas comienzan a ser víctimas de una catástrofe mayor: Un asesino serial enmascarado está matando a toda su tropa de actores con una daga retráctil escondida en un dildo.

Aunque no es un planteamiento para tomarse a la ligera — la violencia no es extrema, pero sugiere bastante — tampoco se puede negar lo humorístico de su concepto. Cada viñeta o escenario se balancea entre hacernos reír y perturbarnos. Es una comedia negra tanto como una película de terror. Pide prestadas influencias de múltiples sub-géneros, aun así, para ser un estreno en carteleras comerciales compitiendo contra John Wick y Detective Pikachu, su transgresión meta-narrativa tiene muchas características que se gustan originales.

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En otros textos he mencionado mi fascinación por el cine que habla sobre los procesos del cine y una de las maneras en que Anne hace frente a sus estrujones emocionales, es realizando una película que recrea la cadena de asesinatos que está azotando a su círculo. Algunos en su equipo de producción se preguntan, incluido su mano derecha diagonal asistente de dirección diagonal actor ocasional Archibald Langevin (Nicolas Maury), si no es insensible utilizar la tragedia para alimentar al entretenimiento. Como todo director de cine, Anne se pierde a través de su mise-en-scène. Tragedia para ella es que posiblemente rodar sea lo único lo que le queda. Sus actores están cayendo como troncos y a su montajista, McKenna, es un suplicio siquiera dirigirle la palabra.

El contenido pornográfico de las películas entorpece cualquier investigación policial que pudiese ser legitima y que el material sea homosexual, en la sociedad de 1979, encumbra negligencia de tiempo completo. No creí volver a citar Detective Pikachu en una película como ésta, pero similar a aquella, descansa en la lupa de Anne Parèze seguir la pista de su propio misterio. Una serie de visiones inexplicables la embarcan en una expedición onírica donde irá descubriendo, quizás, una interrogante todavía más grande; ¿cuándo le clavaron un cuchillo en el corazón y no se dio cuenta?

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Importante también, en el 2019, es mencionar como Gonzalez está comentando sobre dos momentos específicos en la historia del cine.

Primero apropiándose de géneros históricamente heterosexuales; tanto el giallo, como el horror, el cine erótico o el pornográfico, han dejado huellas fílmicas exponiendo a la figura femenina para placer visual del hombre (el male gaze). A Knife+Heart se le ha comparado mucho en lo superficial con el cine de Argento o De Palma, pero aquí hay una clara intención de reemplazar a curvilíneas scream queens semi-desnudas con niños bonitos en trusas. La tesis del director pareciera ser que, cuando la violencia sádica se impone ante la fragilidad de la belleza, el resultado dramático es el mismo.

Por otro lado, al momento de presentar a los personajes de Vanessa Paradis y Kate Moran como nuestras heroínas enamoradas, también se está hablando de figuras obscurecidas por la historia: la directora y la editora de cine. Sus contribuciones artísticas opacadas por la controversia circundante. Uno de los momentos más emotivos (y graciosos; la dicotomía sigue) es cuando, al terminar la proyección de una película de Parèze, un fanático sudoroso se levanta de la butaca, se aproxima a ella y le anuncia que hemos visto su obra maestra. Anne, detrás de lentes oscuros y lágrimas, le asegura Loïs hizo todo. Ese es el instante donde podemos comprender su fascinación por re-crear el horror del mundo e intercambiarlo por deseo y sexo en sus películas.

Las historias, sean dolorosas o placenteras, si no son contadas por la voz popular y la voz marginada, corren riesgos de vivir en el olvido. — MJB

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