La Camarista (2018)

Escrita y dirigida por Lila Avilés, es una película detallada y comprensiva; tan atenta y fiel a la vida diaria de un oficio, que cualquier intento de explicarla se siente reductivo.

por Alberto Villaescusa R.

(The Chambermaid, Dir. Lila Avilés, 2018)

La Camarista, escrita y dirigida por Lila Avilés, es una película detallada y comprensiva; tan atenta y fiel a la vida diaria de un oficio, que cualquier intento de explicarla se siente reductivo. A grandes rasgos, es la historia de Eve (Gabriela Cartol), una joven de 24 años que se dedica a la limpieza del piso 21 de un hotel de lujo en Ciudad de México. Distintos episodios de su vida laboral conforman la narrativa de la película.

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Ciertos elementos y personajes aparecen de manera recurrente. Ella visita el departamento de objetos perdidos, esperando que sus superiores le den permiso de quedarse con un bello vestido rojo olvidado en las habitaciones. Una huésped argentina (Agustina Quinci), le pide que vigile a su bebé mientras se baña. Asiste junto con otros empleados del hotel a asesorías para hacer el examen de bachillerato. Una compañera vende cremas y envases de plástico como suplemento a sus ingresos. Otra, Minitoy (Teresa Sánchez) siempre carga juguetes y hasta una máquina de toques. Un compañero más, que trabaja como limpia-vidrios, trata de coquetear con ella, tocándole o trazando un corazón de jabón en la ventana del hotel. De vez en cuando, Eve habla por teléfono con su hijo y la mujer que se encarga de él mientras trabaja.

Ya sea para mostrarnos la soledad de su trabajo, o interactuando con otros empleados o huéspedes, Avilés y el director de fotografía Carlos Rossini colocan la cámara en planos estáticos; la mayoría de las escenas se desarrollan sin cortes y los movimientos de cámara son contados. Con esto, los espacios cobran un protagonismo que abruma a su protagonista; Eve podría salir del cuadro y las imágenes aun conservarían algo. En su uniforme gris debe parecer invisible, a pesar de ser fundamental para el funcionamiento del hotel.

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La actuación de Cartol es cuidadosa y bien estudiada. En las habitaciones, se desplaza con cierta reserva, con tímido reconocimiento de estar interactuando con la privacidad de los otros. Dice poco, pero uno la nota reaccionar a las excentricidades e intimidades de los huéspedes como un acumulador de jabones, o un judío ortodoxo que le pide ayuda para operar el elevador en Shabbat. En su primer encuentro con el personaje de Quinci, se mantiene prácticamente inmóvil mientras la mujer, recién salida de bañarse, se viste con absoluta comodidad.

Cuando se pone a limpiar, sea un teléfono o una lámpara, o tiende la cama con ayuda con el palo de una escoba, sus movimientos son rígidos, casi automáticos, puramente mecánicos reforzados por medio de la repetición. Tal atención, a algo tan simple como sus movimientos, nos dice mucho sobre su personaje. El trabajo de Eve no la define, pero consume tanto de su tiempo que hasta su vida privada se filtra a través de él. El sentido de encierro se amplifica porque la película nunca deja el hotel y tan sólo una de sus escenas ocurre en exteriores. Sabemos que tiene una vida fuera, pero los detalles, como que tiene que bañarse a jicarazos, o que toma una combi para llegar a casa, los deducimos a partir de detalles que escuchamos brevemente. Cuando se toma un momento para apreciar el paisaje de Ciudad de México desde los pasillos del hotel, su supervisora le llama la atención diciéndole que no puede estar aquí.

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Es así que aprendemos a atesorar los pequeños instantes que puede regalarse a sí misma: comiendo palomitas en los baños, echándole vistazos al trabajo de un huésped fotógrafo, sentada leyendo un libro que le regaló su maestro del curso. Cuando acepta jugar con la máquina de toques de su compañera Minitoy y suelta un grito, una risa y cuando finalmente decide corresponder la atención al limpia-vidrios; es enternecedor y liberador.

Palpitando debajo de las cuidadosas observaciones de la vida diaria, se encuentra una frustración con la desigualdad, reforzada por vagas esperanzas y símbolos de prosperidad que se encuentran todos los días. Las clases, el vestido, el prometido ascenso al piso superior, la invitación de la argentina a cuidar a su niño en casa. Todos actúan como un temporal o permanente escape de su repetitiva y poco gratificante labor. Tales ambiciones tantas veces están fuera del control y su solución por personas que figuran de manera importante en su vida es algo no necesariamente mutuo. Son las observaciones astutas que componen tan sólo una pequeña parte del rico universo emocional y cotidiano de La Camarista. —AVR

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