Lemonade (2019)

La película es una llena de actos individuales de crueldad, pero el guión de Ioana Uricaru (tambíen directora) está más interesado en las formas en que las instituciones–en particular las migratorias–convierten las malas situaciones en unas peor. Si el título de la película ofrece alguna explicación es en referencia al refrán que dice “Si la vida te arroja limones…”.

(Limonada, Dir. Ioana Uricaru, 2019)

Un error que suelen cometer las películas, y las personas en general, es pensar en el mal como algo sin sentido. Reducirlo a una anomalía, a algo abstracto, puede ser reconfortante, pero no nos trae mayor entendimiento, ni nos ayuda a reconocer nuestra posible e indirecta complicidad con él. Lemonade, la ópera prima de la guionista y directora rumana Ioana Uricaru, gira alrededor de un acto de crueldad, pero no cae en dicha trampa. Por más atroz que sea, hay un razonamiento y método detrás de él.

Mara (Mãlina Manovici), una mujer rumana viviendo temporalmente en Estados Unidos, se encuentra en el asiento co-piloto de la camioneta de lujo de Moji (Steve Bacic), el oficial de migración encargado de procesar su solicitud de residencia permanente. Ella apenas lo alcanzó en el estacionamiento cuando se le hizo tarde para su cita y, después de insistirle un poco, él aceptó que discutieran el asunto en su auto. Antes de que ella se pudiera dar cuenta, él la condujo al frente de un río, debajo de un puente, lejos de ojos ajenos.

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Le empieza a contar la historia de su familia; tanto su padre como su abuelo dedicaron su vida a pesadas labores físicas y murieron jóvenes y en la pobreza. Su relativamente próspera situación actual, él opina, es resultado del trabajo duro de estos dos hombres y las oportunidades ofrecidas por Estados Unidos. ¿Tienes idea de cuántas personas que odian a Estados Unidos quieren vivir aquí? le pregunta retóricamente a Mara, ¿Y sabes por qué? Porque es un gran país.

Mara es una enfermera que llegó gracias a un programa de trabajo temporal y cuya visa estaba a punto de vencerse cuando se casó con Daniel (Dylan Smith), un jardinero paisajista y residente estadounidense. Está haciendo trampa, o por lo menos así lo ve Moji. Su historia en Estados Unidos estuvo llena de sufrimiento; si Mara ha de quedarse, tiene que sufrir también. En la vida real, vemos este razonamiento en la caricatura del migrante que simultáneamente viene a robarse los trabajos y a aprovecharse de los programas de bienestar; en frases casuales como “pueden venir, pero siguiendo la ley” sin saber que las leyes de migración tantas veces están diseñadas para hacer del proceso un verdadero laberinto.

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La vía que Moji utiliza para hacerla sufrir tampoco es directa. Asumiendo el tono que usaría para una entrevista regular, él empieza a indagar en territorio cada vez más personal. ¿Amas a tu esposo? le pregunta con la intención de ponerla incómoda, antes de presionarla por detalles de su vida sexual. Ella, nerviosa por lo privado de las preguntas y su poco dominio del inglés, se empieza a contradecir; él la despista con el dato de que mentirle a un oficial de migración es motivo suficiente para negarle su green card. Ahora puede hacer que ella haga lo que él quiera y lo peor es que lo ha logrado dentro del esquema de una institución oficial.

Lemonade es evidentemente una película sobre la experiencia migrante, pero no necesariamente sobre las historias de terror a gran escala que apantallan en noticieros y documentales. Es sobre esa incertidumbre diaria, la ansiedad de tratar de construir una nueva vida sabiendo que la ley no lo protege a uno; o no tanto como a aquellos que nunca tuvieron que preocuparse por su estatus residencial.

Ocasionalmente, el mayor sufrimiento de Mara es provocado por quienes sólo siguen la ley. Cuando regresa con su hijo Dragos (Milan Hurduc), después de su encuentro con Moji, se da cuenta que la compañera de trabajo con quien lo dejó encargado se acaba de ir y dos policías locales están tocando a la puerta del motel donde el niño se quedó por unos cuantos minutos. A Mara no se le permite hablar con él, salvo para traducir palabras de los oficiales, quienes proceden a levantarle la camisa en busca de moretones u otras señales de abuso. En ellos nunca notamos placer por hacer sufrir a la madre e hijo, sólo un frío rigor de protocolo policiaco. Pero, el miedo plausible de perder a su hijo, de manera repentina y por tiempo indefinido, es difícil de sacudir.

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Hay actos individuales de crueldad a lo largo de la película, pero el guion de Uricaru está más interesado en la forma en que las instituciones, no sólo aquellas encargadas de la migración, convierten una mala situación en una peor. Aquí y allá, la película nos muestra los intentos de Mara y Daniel por pagar cuentas médicas, la hipoteca de una casa y la escuela primaria de Dragos. También están las reuniones con un comprensivo abogado serbio (Goran Radakovic) quién acepta llevar su caso sin cobrar, pero no puede hacer mucho, considerando que es uno muy débil; sin evidencia concreta, es su palabra contra la de ella. Es difícil ignorar las pocas opciones que ella tiene, aun cuando hace lo mejor que puede–si alguna explicación tiene el título de la película, es una referencia al refrán que dice “si la vida te da limones…”.

La película muestra cómo pequeños fallos en la concepción y administración de políticas públicas pueden tener repercusiones desastrosas y duraderas en la vida de personas normales. Es entonces un poco decepcionante que ésta no sea capaz de imaginar a personas normales con la misma complejidad. No hay mucho que caracterice a Moji más que el rencor y nacionalismo que motivan su abuso de poder; sin embargo, él es quizá el personaje más complicado de la historia. Daniel es mostrado como una figura de apoyo y dulzura antes de hacer un inexplicable giro de 180 grados sólo para justificar que las cosas malas que le suceden a Mara, quien enfrenta todos los problemas con la determinación de un mártir. Aunque su actitud debería provocar nuestra simpatía, sólo la hace un personaje poco realista o humano.

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Se repiten errores comunes de otras óperas primas y dramas independientes situados en Estados Unidos: se confunde la miseria con seriedad y la monotonía con realismo. Por otra parte, está hecha con un singular y modesto estilo que se acomoda a las necesidades del material, sirviendo a la imagen del país. Fue filmada en Canadá, una decisión que puede explicarse por razones de logística (es co-producción canadiense), pero que de algún modo complementa el mensaje; su versión de Estados Unidos se siente fría y ligeramente fuera de lugar.

La cámara se mueve poco y, en vez de cortar, la directora opta por colocar a sus personajes en distintos planos para crear dinamismo. Ocasionalmente vemos a Dragos jugando de manera despreocupada en el fondo del cuadro mientras su madre trata de resolver un problema inmediato. Es una decisión de fotografía que nos recuerda todo aquello por lo que Mara se esfuerza en proteger; no sólo la vida del niño, pero también la posibilidad de crecer sin preocupaciones. Y aunque no estoy del todo impresionado con su primera película, sí intrigado por lo que sea que Uricaru haga después, pues se nota que tiene mucho que decir. —AVR

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