¿Por qué tan serio?: Joker (2019)

JOKER, la nueva película de Todd Phillips, no es más desoladora que cualquier historia de terror bien manufacturada. Es sin duda una rareza que el cine basado en historietas—al menos en el panorama presente—se conecte a una energía tan sombría, pero en el gran espectro, no es tan diferente al cinema que se suscribe a otra multiplicidad de géneros dramáticos.

(Guasón, Dir. Todd Phillips, 2019)

La nueva película de Todd Phillips no es más desoladora que cualquier historia de terror bien manufacturada. Es sin duda una rareza que el cine basado en historietas—al menos en el panorama presente—se conecte a una energía tan sombría, pero en el gran espectro, no es tan diferente al cinema que se suscribe a otra multiplicidad de géneros. Dramas; estudios de personaje; horror que te hace empatizar con el perpetrador y no con las víctimas. Lo que quiero argumentar es que para nada se trata de una pieza sin precedentes. Solo quería sacar eso del camino.

Es fácil pensar en otras propiedades, y de otras casas editoriales, como en su tiempo The Crow de Caliber Comics, Spawn de Image, o la ahora marca domestica Marvel, cuando dio unas puñaladas al mundo cinemático con sus variantes de The Punisher (o su serie de Netflix). Seguir al matón es interesante; los tebeos, las novelas y el mismo arte audiovisual lo ha demostrado por años. En ese rubro, y casi desde que Joker se estableció como némesis principal de otra figura cautivante, Batman, su historia de origen ha intrigado a la cultura pop desde siempre.

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¿Qué orilla a un hombre a la locura?’ es un precepto digno de investigar. Alan Moore ya había arrojado su tesis al ruedo con The Killing Joke (1988) al establecer que, tanto Batman, como Joker, son dos caras de una misma moneda. Es fascinante para uno como entusiasta de las historias obscuras (y de los personajes de DC Comics) que se puedan tejer narrativas con complejidad psicológica a partir de dibujitos ochenta años viejos, procedentes de folletines engrapados y semi-desechables de tinta y papel.

La dualidad en particular sobresale en la película protagonizada por Joaquín Phoenix, porque hemos visto la historia de origen de Bruce Wayne, y/o la muerte de sus padres, mínimo tres veces antes—en manos y mente de Burton, Nolan y Snyder—y es curioso que Phillips no se queda con las ganas de presentarla una cuarta. La cosa es que, por primera vez, su Thomas Wayne (no puedo decir lo mismo de Bruce o Martha) es una figura detestable, que sin justificarlo o condenarlo, me hace dudar si se merecía o no su resultado.

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Wayne es el millonario arrogante, one-percenter, que se postula a alcaldías por que tiene la afluencia y el aburrimiento para hacerlo. No tiene mínimo interés en el pueblo que pretende gobernar (Gotham City) y en alguna de esas declaraciones públicas que escupen sin mesura los políticos de su calaña, compara a la sociedad con un montón de payasos. Quizás lo más fantástico de una película que pretende estar empapada de cierto realismo, es que hay una sociedad sumergida en hartazgo, que decide salir a las calles a manifestarse con antorchas y picos, y tiene éxito.

Vinculándolo al canon pre-establecido (en otras películas, comics y series de TV) sobre los entre-manejes de Ciudad Gótica, es bien sabido por todos que se trata de una tierra sin ley. Llena de corrupción policial y crímenes de callejón obscuro. Una ciudad donde los locos no permanecen en el asilo, tanto, que uno de ellos eventualmente decide ponerse una máscara y capuchón de vampiro para impartir su propia versión de brutalidad policial vigilante.

Y me pregunto, si podemos vivir en un mundo que tolera la existencia de un Batman, ¿por qué no somos igual de comprensivos con un Joker?

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La versión interpretada por Phoenix es un retrato claro y profundo de la enfermedad mental, pero no la de un villano, ni más ni menos cansado que el resto de la ciudad de ser invisible. Es una figura que termina siendo líder de un movimiento radical no por iniciativa propia sino porque los marginados están necesitados de alguien que les haga sentir que su vida importa. La moralidad de Joker pretende ser así de complicada porque ninguno de esos tópicos realmente son blancos y negros.

Una de mis escenas favoritas, casi tan emotiva nivel Margot Robbie como Sharon Tate yendo al cine a verse a sí misma en un screening de The Wrecking Crew; es la de Fleck escabulléndose a la mitad de un teatro para interrumpir la proyección de Modern Times de Charlie Chaplin. En dicho clásico, el protagonista es un adorable bufón sofocado por los abusos de la vida moderna, tropezándose en una serie de peripecias que ocasionalmente se salen de su control (y a veces a causa del sistema que lo rodea) pero siempre librándola con optimismo. Llámenme lunático, o quizás estoy en cierta minoría, pero me costó trabajo dejar de empatizar con el descontento social de Arthur y la clase trabajadora rabiosa.

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Cuando Heath Ledger, en paz descanse, lo encarnó en la versión 2008 de The Dark Knight, es icónica su descripción como agente dispersor del caos. Obviamente, y sin ninguna conexión directa con la personificación presente, hay un pequeño instante reminiscente; cuando Phoenix, en el asiento trasero de una patrulla, observa los amotinamientos e incendios a su alrededor, podemos ver los engranajes en su cabeza dar vueltas, plantando las semillas que eventualmente lo interesaran solo en esparcir anarquía. La Ciudad Gótica construida por éste Joker si hubiera presionado los detonadores en los barcos.

Fleck tiene una condición que lo hace carcajearse en los momentos menos apropiados, usualmente ante tragedias o situaciones incomodas, por consecuencia, tiene que falsificar una horrorosa risa chillona en aquellas instancias que el resto del mundo si considera graciosas. Para mi esa es una de las principales pistas que el director arroja (luego lo confirma en una línea donde Fleck dice: ‘solía ​​pensar que mi vida era una tragedia, pero ahora me doy cuenta, es una comedia’) de que estamos ante una muestra del humor más despiadado. Phillips sin duda es conocido con mayor prominencia por sus comedias y es natural pensar que su visión surgió de una necesidad artística de contarnos el chiste más negro posible. Un chiste pagado y distribuido por Warner Brothers, cabe añadir, una de las trasnacionales más importantes de Hollywood.

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Y en ese tema, creo que ultimadamente la pieza funciona por que logra conciliar una de las tendencias más populares y comerciales de nuestros tiempos (el cine basado en comics) con una visión autoral digna de premios y ovaciones. Es importante que exista en paralelo, lanzada el mismo año que Disney entregó una de las películas más significativas de la historia, Avengers: Endgame. Para ser una movie auspiciada por una industria millonaria, tiene fuertes posturas anti-establecimiento, comprobando que el género estará de todo menos obsoleto o caducado. Es fácil asustarnos con la homogenización impuesta por ciertas corporaciones, pero menos gracia haría que no tuviéramos alternativas. —MJB

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